En el mundo del deporte la fidelidad, ya se sabe, es una carretera de dos direcciones, y también un concepto que muchas veces se estruja de forma vaga o, directamente, ventajista. Hipócrita. Se le suele exigir más, sobre todo desde el balcón de los aficionados, a los jugadores que a los equipos, un asunto delicado si se aterriza en una NBA en la que, ya se sabe, las franquicias pueden hacer y deshacer con los contratos. Y en los últimos años, con los cacareados aprons y un convenio ultra restrictivo, draconiano, que espanta los proyectos a largo plazo y crea arrepentimientos exprés con los contratos a veces recién firmados , las franquicias hacen y deshacen todo el tiempo.
Los jugadores cada vez son más conscientes de su poder en el mercado. Es la lanza de su capacidad para, mientras dure el viaje, exprimir sus ingresos y, por qué no, jugar donde más les conviene según los criterios que consideren oportunos. Sin ni siquiera un repaso al contexto histórico, que cuenta mucho y define el marco de pensamiento (y acción) de cada época, cargan con la cruz de que son comparados con los de antes. Los de unos tiempos de inmovilismo en los que ni siquiera existía la agencia libre tal y como la conocemos ahora, un mercado digno de ser considerado así. Como además las carreras duraban mucho menos y, seguramente, la identificación era mayor a todos los niveles, las grandes estrellas se movían poco. Era muy raro que cambiaran de equipo. Y el one club man era una figura menos excepcional que ahora, un presente en el que está en vías de extinción. En los últimos tiempos han cambiado de equipo, por ejemplo, Damian Lillard y Gianni Antetokounmpo. Será, es, cada vez más y más difícil encontrar esa figura, romantizada casi siempre con toda la razón, del one club man, el jugador que hace todo se recorrido profesional con una sola camiseta.
Kobe, Duncan, Nowitzki… ¿y Curry?
Material de leyenda que va de Bill Russell y John Havlicek en los viejos Celtics a Jerry West en los Lakers y en la siguiente generación, y por citar solo a algunos, Magic Johnson, Larry Bird, Isiah Thomas… Reggie Miller y John Stockton fueron dos de los primeros casos de longevidad excepcional y en gran parte por eso son iconos sin anillo en Pacers y Jazz. Donde jugaron, respectivamente, 18 y 19 años. Udonis Haslem personificó durante 20 años la Heat culture aunque nunca fue uno de los mejores del equipo, y se las supo apañar para ser alguien en South Florida. Y empieza a parecer improbable, no imposible pero casi, casi, llegar a los 21 años de Dirk Nowitzki en los Mavs, santo y seña de la franquicia y campeón en 2011. No digamos apilar esa cantidad de temporadas con, además, muchos más éxitos: Kobe Bryant ganó cinco en 20 años en los Lakers y Tim Duncan, otros cinco en 19 con los Spurs. Territorio sagrado.
Así que parece obvio, solo hay que tener en la cabeza los últimos lustros de NBA para despejar cualquier duda, que Stephen Curry Golden State Warriors tuvieron suerte de encontrarse. Y los demás, todos los que miramos, tuvimos suerte de que se encontraran. Con un matiz: seguramente no se puede dividir esa fortuna en dos pedazos iguales: los Warriors se hicieron con Curry en el pick 7 del draft de 2009, en el que el mejor tirador de la historia fue el quinto guard seleccionado. Por delante James Harden, Tyreke Evans… y dos elecciones de los Wolves, Ricky Rubio y Jonny Flynn. Más: brillante en todo caso, Curry no fue en sus primeros años lo que sí ha sido después, durante la mayor parte de su carrera. Por esa entrada en marchas más cortas, y por unos problemas de tobillo que llegaron a parecer perennes, e hicieron que hasta buscara ayuda en la religión el (devoto) entrenador Mark Jackson, la extensión de su contrato rookie fue de cuatro años y 44 millones de dólares. Y aún había quien creía que era un riesgo dársela. De hecho, lo que se contó después es que los Warriors, que tampoco lo veían claro por esos malditos problemas de tobillo, le ofrecieron a Curry dos planes: la extensión que firmó o agotar su contrato rookie sin nada más firmado y llevarse entonces un contrato máximo como agente libre, entonces cinco años y unos 79 millones… si y solo si se mantiene sano durante toda esa siguiente temporada.
Eran, sin duda, otros tiempos y otras circunstancias. Tanto que Kenny Smith, excampeón con los Rockets y aclamado analista televisivo, rompe una lanza en favor del rígido Jackson, señalado en el trazo grueso de la historia porque su salida facilitó la llegada de Steve Kerr y la explosión definitiva de una nueva forma de jugar al baloncesto, la dinastía Warriors, los Splash Brothers y todo lo demás. Pero Smith también recuerda que las cosas llegaron a estar muy poco claras con Curry en (entonces) Oakland: “”Antes de que llegara Mark Jackson, Curry no jugaba en los últimos cuartos de los partidos. Era Monta Ellis al que ponían. Se decía que no se podía confiar en su defensa en esos minutos decisivos… iba a ser traspasado, pero llegó Jackson. Lo que vino no solo salvó a la franquicia, salvó también a la NBA. Si te fijas en Curry… ese entrenador le convirtió en lo que fue, y así salvó el baloncesto. Jackson le permitió ser lo que después fue, cambió la cultura y la forma en la que se jugaba para adpatarse a cómo era Curry en pista. Él fue el que tuvo esa visión».
El ascenso a los altares de los Warriors
Curry optó por la extensión de 44 millones, por si acaso. Cuando le quedaba un último año para completarla, en 2016, era sin duda uno de los mayores chollos de la historia de la NBA. En una liga en la que LeBron James marcaba el tope con 30,9 millones, él no estaba (temporada 2016-17) entre los 80 mejor pagados. Iba a cobrar 12,1 millones como doble MVP (el segundo, unánime), campeón en 2015 y líder del equipo de las 73 victorias (y el 3-1 que voló en las Finales…) en 2016. El que pudo, entre otras cosas (la subida artificial del salary cap…) porque Curry tenía ese contrato, llevarse a Kevin Durant. Después de ese curso con LeBron como mejor pagado, Curry se actualizó en la 2017-18 y saltó con su nuevo contrato (cinco años, 201,2 millones) a 34,6. El mejor pagado de esa temporada… y todos los que ha habido después, sin excepción. El pasado se llevó 59,6 y ahora, en el que cerrará su última extensión, percibirá 62,5 millones.
Pero todo ese dinero de los Warriors, una montaña que superará este año los 500 millones de dólares, las extensiones de récord y todo lo demás, han sido -siempre- una ganga para unos Warriors que se vendieron por 450 millones en 2010 y están valorados en unos 12.000 ahora; que eran un equipo divertido y contracultural pero una organización poco avanzada en Oakland y ahora son una máquina de imprimir billetes y el faro que guía las nuevas formas de monetizar y explotar una franquicia desde el downtown de San Francisco. Del lado duro al pijo de la Bahía. La trascendencia de Curry es tan grande (en lo deportivo y en todo lo demás: todos los caminos llevan a Curry) que Kevin Durant, el forajido que lideró con él la que seguramente es el mejor equipo de la historia (el campeón pluscuamperfecto de 2017 y 2018), acaba de decir que el base debería recibir su bocado de la franquicia, entrar en el grupo de propietarios. Según KD, los que mandan seguirían en deuda con él, pero al menos sería un detalle.
Pero no es solo eso. Los Warriors también han tenido la suerte, mucha y sobre todo en los últimos años, de que Curry sea una de las pocas megaestrellas que no airea los problemas ni exterioriza sus quejas; que no usa la prensa para ganar pulsos al equipo y que, genuinamente, aspira a ser un one man club. Ahora mismo, y aunque las cosas no vayan como tendrían que ser, sigue siendo muy difícil imaginar escenarios en los que no acabe siéndolo. Podemos, eso sí, estar a punto de verlo básicamente ratificado por escrito: desde ayer sábado, y con margen para hacerlo hasta el próximo 30 de junio, Curry puede firmar una extensión que tiene como techo 136,7 millones de dólares por (no puede ir más allá por la over 38 rule) dos temporadas. Así que sí, los Warriors tienen suerte: Curry no se queja, y en los últimos tiempos ha tenido razones para airear obvias frustraciones (como mínimo, deportivas), quiere seguir en la Bahía, por lo que sabemos incluso a costa de no tener nunca más demasiado cerca un quinto anillo; y, con su presencia, lo legitima todo. Por mal que vayan las cosas, por mucho que estos Warriors se hayan convertido o estén en proceso de convertirse en una sombra de lo que fueron, la figura de Curry es tan monumental que parece que mientras él esté allí, todo sigue en pie. En los peores momentos, se diría que, de hecho, solo porque él está allí.
Las rodillas… y lo que tiene alrededor
El próximo marzo, Stephen Curry cumplirá 39 años. La pasada temporada solo pudo jugar 43 partidos (la tercera cifra más baja de su carrera) por, sobre todo, un problema degenerativo en su rodilla derecha con el que, en este momento de su vida deportiva, tiene que, sencillamente, lidiar. El llamado síndrome de la rodilla del corredor tiene mala solución, no es habitual en jugadores de baloncesto y es, además, un problema traicionero que cuesta detectar, tratar y controlar. Lo que lo hace todo mucho más difícil es que no es tan sencillo como reducir sus partidos, gestionar sus noches de descanso con mimo y calculadora. Porque el asunto central tiene que ver con cómo juega Curry cuando juega. Cómo consigue sus posiciones de tiro y cómo se siente más cómodo él… haciendo que no estén nada cómodos los rivales. Actividad constante, cortes, cambios de dirección y ritmo… Así que no se trata de cuántos partidos se quita de los 82 de regular season: el verdadero problema es qué versión de él saltará a la pista en los que sí juegue. La temporada pasada, fue all star por duodécima vez, promedió 26,6 puntos y casi cinco asistencias por encima del 39% en triples. Lo que él hace.
Porque Curry es como es y juega como juega. Y por eso es buenísimo. Carga con el juego del equipo por jerarquía y porque es como desata su versión mortífera: nunca se ausenta de una jugada porque cuando no tiene la bola, se está moviendo para tenerla. Es un arma gravitacional, por la atracción que ejerce sobre la defensa, como no ha habido otra en la NBA por su rango de tiro… y porque no para quieto. Y desde luego monopoliza los minutos trascendentales porque ningún entrenador en su sano juicio decidiría otra cosa y, en los últimos tiempos, también porque si no lo hace él, no lo hará nadie. ¿Se puede desescalar su estilo sin que el resultado sea un Curry mucho menos Curry? Es una pregunta peliaguda, y más a estas alturas de su carrera y cuando el acompañamiento invita a pensar en lo contrario. En que todo pase por sus manos. Para variar.
Los Warriors no parecen, ahora mismo, capaces de construir un equipo que pueda ser solvente sin él; que pueda navegar sus ausencias si le toca descansar (gestión o dolor) y ahorrarle responsabilidades cuando juega. Su usage, la participación y presencia protagonista en el juego, estuvo la temporada pasada en la ratio más alta en un lustro y en el top 10 de la liga entre los jugadores con al menos 1.000 minutos acumulados. Ahora, camino de los 39 años y con 17 ya de NBA a cuestas, la sensación es que los Warriors volverán a ser lo que pueda hacer Stephen Curry que sean, y prácticamente nada más. Mala señal si se mira su cuentakilómetros y las necesidades que ya son obvias en un equipo que, desde que perdió las Finales de 2019 contra los Raptors y justo después al confuso Kevin Durant, no lo olvidemos, acumula en siete temporadas cuatro ausencias de playoffs y dos eliminaciones en segunda ronda. Eso son seis: la séptima es el anillo de 2022, un maravilloso accidente. El (extraordinario) coletazo de una dinastía en el ocaso y, por eso, mucho más una excepción que celebrar, paladas de gloria a lomos de un Curry sublime, que la legitimación de unos planes que ya habían empezado a virar, con las historias del doble timeline y todo lo demás, hacia la mediocridad.
Pero aquel título de 2022 sí esconde una lección fundamental si la preparación de aquella temporada se compara con la de la que han seguido después: la actividad en los despachos era entonces todavía alta, bulliciosa, con el objetivo de, como mínimo (y como finalmente se hizo), poner un buen lote de secundarios que acompañaran lo mejor posible (físico, defensa, rebote, tiros liberados…) a un Curry que, con 34 años, todavía era capaz de mover montañas si le daba un simple punto de apoyo. Los partidos cuarto y sexto de aquellas Finales, en el histórico Garden y mientras los Celtics viraban de cazador a presa, son una de las grandes demostraciones de siempre, de esas sobre las que construyen sus legados los jugadores únicos.
Todo salió de cara en el momento decisivo: Klay Thompson, que había regresado 941 días después y tras el trance de dos lesiones catastróficas, ya no era Klay Thompson pero lo fue lo justo, para echar una mano; Draymond Green enseñó señales de agotamiento que abrieron debates pero supo, pasta de campeón, estar a la altura en un par de momentos trascendentales. Andrew Wiggins transformó su carrera y se elevó como gregario de lujo, un obrero que después no ha vuelto a jugar nunca tan bien como en aquella temporada, y en aquellas Finales en las que fue un martirio para Jayson Tatum y los Celtics. Jordan Poole metió sus puñaditos de puntos, Otto Porter y Gary Payton II estuvieron lo suficientemente sanos, al menos, y Kevon Looney recordó cuánto valen en primavera unos rebotes de ataque que la NBA ha recuperado como pilar del juego después de que parecieran a punto de ser borrados de su libro de estilo para que los jugadores zumbaran en transición por la pista. Todo salió bien… pero en los despachos se había hecho, como mínimo, el esfuerzo de lanzar los dados. De intentarlo.
Todavía entonces, Stephen Curry solo necesitaba una pequeña excusa para ser campeón. Los Warriors, desde la lluvia de confeti en Garden, no han sabido dárselas mientras él, ley de vida, rebajaba esa capacidad de impacto, aunque solo sea por el efecto de los problemas físicos, y obligaba, ahora más cerca de los 40 que de los 35, a recalcular su ecuación: cuánta ayuda necesita ahora, aunque no haya dejado de ser un jugador extraordinario; cómo de posible es que gobierne el presente y, un pensamiento siempre lleva al otro, cuántos recursos hay que poner en esa cesta si es a costa (traspasar jóvenes por veteranos, fundir el saco de rondas de draft…) de reventar las del futuro. Un poco más al sur y sin salir de la soleada California, se vivió un proceso no muy distinto en los Lakers de LeBron James, entre el título de 2020 y la llegada, ya en 2025, de Luka Doncic. Los equipos, con la boca pequeña, lo intentan y lo intentan… hasta que dejan de intentarlo.
La gestión (casi) imposible del ocaso
Sucede: los equipos se agotan después de apilar años en playoffs, primaveras de máxima exigencia física y mental, con pocos recursos en los despachos porque se ha exprimido lo que había a mano, herencias costosas de unos órdagos inevitables (no se puede andar con tiento cuando los anillos son una opción real), cargas contractuales que entran en sus tramos tóxicos y una necesidad de fregar suelos y abrir ventanas que no se puede compaginar con acompañar en ritmo competitivo a unas megaestrellas que ya no son lo que eran pero todavía son mucho mejores que la mayoría y a las que, desde luego, conviene retener y cuidar. Los factores son múltiples, de los emocional a (no lo olvidemos) lo económico. Son situaciones a las que se llega sin saber muy bien cómo, sin haber visto en qué punto exacto se cruzó la línea de no retorno, qué día sonaron los despertadores y todo había cambiado.
Los Warriors, con menos ruido del que generaron los Lakers y LeBron, ya están ahí mientras las noticias señalan a una irrupción exagerada del propietario Joe Lacob en las cuestiones deportivas, un terreno del que Bob Myers, el ejecutivo de los anillos, sabía mantenerle lo suficientemente al margen pero por el que su relevo, un Mike Dunleavy de mucha menos jerarquía, le deja campar a sus anchas. Y Lacob, por lo que se dice, ya ha llegado a ese punto en el que ha interiorizado que hay que conservar rondas de draft, assets, para que la era post Curry no sea una glaciación de un millón de años. Que el efecto rebote del imperio, la dinastía, no mande a la franquicia a la prehistoria de sus malos tiempos. Lo malo de ese razonamiento es que, muchas veces, se escapa el presente mientras se agoniza pensando en el futuro. Y no se tiene ni una cosa ni la otra.
Se empieza a echar de menos las rondas de draft, hay que tratar con jugadores a los que les cuesta entender en qué punto de su carrera se han metido y con los que los aficionados suelen tener unas conexiones emocionales fortísimas; mientras la estrella observa y, con excepciones como Curry, presiona con su aparato mediático para que el cambio de ciclo no le meta el agua en el salón, los jóvenes parecen demasiado jóvenes y los veteranos, pasados de rosca. Si se paga demasiado, se teme por lo que vendrá y si se invierte poco, se ven las costuras en despachos que poco antes parecieron infalibles. Durante años, los Warriors se sintieron por encima de los demás también en los despachos, pero lo cierto es que en cuanto pasó aquel trance único, las circunstancias que elevaron a Curry y lo reunieron después con Kevin Durant, han hecho poco por demostrar que están entre los más listos de la clase. Sobre todo, desde que está al frente Dunleavy, el relevo en un momento crítico, cuando iba a empezar a llamar a la puerta el cobrador del frac, de un Myers que, o eso ha parecido desde entonces, supo cuando había que saltar del barco para, con el aura intacta, hacer carrera como gurú. Su expertís, tal y como se lo ha montado, es ganar, más que organizar o planificar. Y por eso su teléfono no para de sonar.
Tener que remar desde demasiado lejos
La pasada temporada, los Warriors solo ganaron 37 partidos (37-45). Acabaron décimos del Oeste y perdieron en el segundo play in contra Phoenix Suns. Acabaron desfondados y más descuadernados que magullados. Once días antes de que irrumpieran definitivamente los problemas de rodilla de Curry, Jimmy Butler (en unos días 37 años) se rompió (19 de enero) el ligamento. Una dentellada amarga del padre tiempo, o de la simple mala suerte, porque el equipo, que no había iluminado precisamente los cielos hasta el cambio de año (16-15), enlazó nueve victorias en doce partidos, lo suficiente para que se algunos empezaran a montar uno de esos casos de y si cuando lleguen los playoffs, justo antes del desastre de Butler, la estrella que sí acabó en San Francisco después de años de manos vacías en la caza mayor. Cuando el equipo ya simplemente avanzaba hacia la meta como podía, en las últimas semanas con uno de los peores rosters del Oeste, Moses Moody también cayó fulminado por una lesión cuya recuperación se meterá de lleno en la próxima temporada. Fue un final triste, un worst case scenario (el peor escenario posible) para una estrategia que da muchos más disgustos que alegrías: las plantillas no muy profundas y con las estrellas muy veteranas mezclan, casi siempre, tan mal como se puede imaginar con el agotador recorrido de las regular season.
En mayo, y mientras veían los playoffs por la tele, Dunleavy y los Warriors hablaron (qué otra cosa podían decir) de lecciones aprendidas y propósito de enmienda, pero también dejaron mensajes que, de forma muchas veces poco directa, advertían de que podía no ser sensato esperar fuegos artíficiales, operaciones de esas que lo cambian todo. Por el camino, renovaron a un Steve Kerr que por momentos pareció extenuado durante la pasada temporada, más cerca que nunca de la puerta salida, del año sabático y todo lo demás. Y, desde ahí, el verano fue pasando casi sin noticias. El traspaso por Butler va quedando definitivamente como excepción porque ninguna hoja de ruta parece cuadrar con lo que se pone (más o menos) a tiro: antes de terminar la temporada, se supone, los Warriors preguntaron por Jaylen Brown y, se sabe, intentaron el regreso de un Kevin Durant que les dijo personalmente que no, que para qué. Después, ya en verano, Giannis Antetokounmpo no fue una nunca una opción demasiado tangible, solo un placebo que condujo a la espera por LeBron James, que acabó en los Sixers porque los Warriors ya no parecen el mejor sitio donde buscar un anillo.
El antiguo enemigo, el gran rival de las cuatro Finales seguidas, era una opción peligrosa en lo deportivo (él y Curry habrían compartido pista con 81 años entre los dos en los playoffs 2027) pero intoxicante en todo lo demás. La trascendencia, como mínimo, estaría a salvo. Muy a salvo. Lo que hace una década habría sonado a anatema, parecía posible porque el tiempo lo cambia todo y porque la conexión entre ambos, Curry y LeBron, había sido obvia en los Juegos Olímpicos de París. Se habló incluso de llevarse a Anthony Davis para seducir definitivamente a LeBron y facilitar el ensamblaje de esa guardia old school, un Last Dance generacional, mientras Draymond Green renunciaba, para hacer hueco a esos sueños, a su player option de casi 28 millones de dólares. Cuando LeBron firmó por los Sixers y remató un sarao que a estas alturas también se podría (con su agente Rich Paul dando actualizaciones casi diarias y alimentando especulaciones de todo pelaje) haber ahorrado, Green firmó por un año y 27,6 millones, lo mismo que la player option que había rechazado. Una metáfora de la recogida general de cable, aquí no hay nada que ver, frustrante para una masa social que vivió durante años en ese columpio en el que todo parece posible y del que es muy difícil bajarse.
Brown, Giannis y LeBron se escaparon, o no llegaron a estar a tiro nunca. Igual que antes Kawhi Leonard, OG Anunoby, Pascal Siakam, Paul George, Lauri Markkanen o esa citada reunión estrambótica con Durant. Se han sucedido años en los que no ha habido forma de que el siguiente proyecto con Stephen Curry al frente haya sido, como mínimo, muy distinto al anterior. En ese despertar, no ilusiona el nuevo contrato de Green (36 años) ni la continuidad de un Kristaps Porzingis cuya salud es un quebradero de cabeza constante (dos años, 40 millones), un Al Horford (40 años) al que la temporada pasada la cayó ya la edad como un martillo (dos años, 13,9 millones) o la de viejos conocidos como De’Anthony Melton y Gary Payton II, otros dos que tienen una relación torcida con las lesiones. Tampoco la llegada de Charles Bassey, Georges Niang y Brandon Williams. Bastante más, si se quiere y por el valor de lo nuevo, la elección de Yaxel Lendeborg con el número 11 del draft. El forward, campeón con Michigan, es un proyecto de, como mínimo, titular muy útil; un chico con la cabeza bien amueblada y que mezcla capacidad de trabajo y talento anotador. Es, además, un perfil hecho (23 años) que rompe con una estrategia, la de draftear por upside, que estropeó algunas vías obvias para la regeneración: James Wiseman fue un pick 2 y Jonathan Kuminga, un 7.
Y ahora, a vueltas con la flexibilidad
Los aficionados, cómo no, esperaban un golpe de efecto, un último truco de magia: así será mientras Stephen Curry siga allí, mientras verle jugar invite a pensar que todo es posible y que solo hace falta que otros cuatro tipos le acompañen un poquito en una pista de baloncesto. Seguramente, camino de 2027, ni eso es exactamente así ya. Así que ahora, también es historia conocida, la narrativa se centra en la flexibilidad y el futuro: las cuentas limpias para acomodar grandes contratos, los millones a mano con los que se puede maniobrar (los 20 de Porzingis, los 56,8 de Butler como expiring si aparece una opción vertiginosa…). A ver qué pasa en el mercado de invierno; y si no, el próximo verano. Y si no pasa nada, vuelta a empezar. Lo dicho: que pregunten por los Lakers de LeBron en pista y Rob Pelinka en los despachos. ESPN, por si acaso, sitúa en una encuesta de insiders a los Warriors como el equipo con más opciones de hacer algo muy sonado antes del próximo cierre de mercado invernal. Es un ciclo que entretiene pero casi nunca alimenta.
Mientras, y en esos laberintos de los proyectos pasados de vueltas, los Warriors tienen, por ahora, la plantilla más cara de la NBA para la próxima temporada, 307 millones de dólares con más de 220 en salarios y 86 de multas como repetidores en el pago de impuesto de lujo. Y, en el cortísimo plazo, tienen menos de medio millón de margen con respecto a un segundo apron que no pueden superar, por normativa, después de firmar a Melton (poco más de 6 millones) dentro de la midlevel exception de pagador de impuesto. Así que por ahora esto es lo que hay. Con un Curry obligado a cuidar su rodilla y un Butler que no sabe cuándo y cómo estará lista la suya. Con Moody también apartado y un quinteto titular que, en la primera noche de la temporada, podría estar formado por Curry, Brandin Podziemski, Gui Santos, Draymond Green y Kristaps Porzingis. A años luz de los Spurs y los Thunder, el patrón oro del Oeste. Pero también lejos de Timberwolves, Nuggets, Rockets, Lakers…
Habrá que ver cómo empieza la temporada, si la cosa promete (más de lo que parece ahora mismo que lo hará) y aparece el cosquilleo por hacer algo en el mercado. No vaya a ser. O si se avanza a duras penas, o no digamos si la cosa se atranca, y el sentido común invita a una demolición que resultará muy difícil de gestionar con Curry a bordo por mucho que lo que sabemos de él invite a pensar que será, como siempre, colaboracionista. Un empleado perfecto. Su rodilla también darán pistas fundamentales: cuánta gasolina le queda, seguirá siendo Curry o volverá a pasar un vía crucis. Las decisiones que se tomen estarán profunda e inevitablemente ligadas, en un sentido u otro, a lo que pase con la extensión, si se firma o queda pendiente. Y en el primer caso, si es por el máximo o si hay gesto, un descuento que meta una presión extrema a Dunleavy: Curry lo haría para que la franquicia pueda idear algo, no para que Lacob gaste menos dinero.
Y si Curry, como seria lógico, quiere el máximo, ¿en qué situación quedarían los Warriors si la rodilla no da tregua o simplemente el cuentakilómetros dice basta? Probablemente, relegados a dejar pasar el tiempo, a caminar junto al jugador más importante de la franquicia, y uno de los más grandes de la historia de la NBA, sin más plan que, sencillamente, alargar el adiós. Mejor tenerse así que no tenerse. Curry, como figura, merecería mucho más que esos 62,5 millones que va a cobrar. Lo ha generado durante lustros. Pero, en pista, quizá deje de rendir (sería ley de vida) como un jugador que acumula en su contrato el 35% del salary cap. Es una situación muy difícil de gestionar que se ha llevado por delante a ejecutivos con más trayectoria, y probablemente mejores ideas, que Mike Dunleavy. ¿Y si, otro caso, complejo, Curry baja visiblemente su nivel, o no puede jugar con continuidad, pero deja la extensión sin firmar y pide un contrato máximo (sería por tres años como tope) el próximo verano? Se abren vías de las que parece imposible escapar sin nada que no sea un buen trago de melancolía.
Los Warriors de Stephen Curry (y Steve Kerr, Klay Thompson, Draymond Green…) fueron una disrupción que transformó la NBA para siempre. Pero, como suele suceder con las revoluciones, la fórmula se copia y destila hasta convertir lo excepcional en libro de estilo. Entonces, cuando se pierden las ventajas por diseño, solo queda (Finales de 2022…) el talento diferencial. Pero no existen los imperios de los mil años, no desde luego en esta NBA voraz. Cuando las cosas se ponen difíciles, hace falta una mezcla de visión, audacia y (no lo olvidemos) suerte para conseguir vidas extra. Y los Warriors de este verano, y en general de los últimos tiempos, parecen incapaces de conjurar un nuevo futuro, de cambiar lo que parece cada vez más, simplemente, el paseo hacia el ocaso de una historia dorada escrita por un jugador único.
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No hay fuelle para atrapar otra estrella que revolucione el concepto, tampoco pericia para inyectar músculo y piernas jóvenes, o para captar a un lote de secundarios que no parezca, en el mejor caso, intercambiable por casi cualquier otro que se pueda sugerir. Demasiado anónimo. Curry ya no tendría que estar obligado a ser Curry durante casi 40 minutos todas las noches, y la temporada pasada fue solo la segunda, en toda su carrera, en la que Draymond Green empeoró los números defensivos del equipo cuando estaba en pista. Kerr dio demasiadas ruedas de prensa con tono abatido, resignado. Y toda esa mala energía con la que acabó la primavera no se ha transformado, ni siquiera filtrado un poco, durante el verano y mientras se flirteaba, para nada, con LeBron James. Así que, sobre todo, las miradas tienen que centrarse ahora en Mike Dunleavy, al que no le debería sobrar crédito, y en un Joe Lacob que hace no mucho habría aceptado cualquier cosa… menos la intrascendencia. Pero que tal vez esté comprobando, por fin, que hay cosas que ni todo el dinero del mundo puede comprar. Y que su imperio, aunque tenía mil caras, estaba en realidad construido sobre un solo pilar: Stephen Curry. Un jugador trascendental que, por desgracia para cualquier persona a la que le guste sentarse en el sofá y ver un partido de baloncesto, no es eterno.
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