Una amiga egipcia, súbitamente futbolera, me manda memes que celebran la derrota de la selección argentina porque implica “una victoria de la causa palestina”. Es una bandera política que comparto, claro, pero le explico que, según me cuentan otros amigos, la realidad es distinta: fue el gobierno de Milei, sionista y todo como es, el que apostó a la caída de la scaloneta, con el objetivo módico de esmerilar al Chiqui Tapia. Mi amiga egipcia no tiene idea de quién es el Chiqui Tapia y tampoco logro hacerle entender que, hasta hace una semana, se decía que los que querían hacer perder a la selección eran los kirchneristas resentidos, que odiaban a Messi por libertario y ahora lo aman desde que abrazó, micrófono mediante, a los argentinos que no llegan a fin de mes.
La realidad es cambiante, como el fútbol, y unos días atrás se argumentaba que España no tenía chances, porque Donald Trump jamás permitiría que la Copa quedara en manos de un gobierno socialista, teniendo además del otro lado a un presidente religiosamente de rodillas ante él. Pero, al parecer, a último momento, digamos, en el minuto 105 del partido, un acuerdo geopolítico que le permitiría a los Estados Unidos utilizar bases militares en territorio hispánico habría inclinado la balanza a su favor. Después de todo, el que terminó levantando el trofeo en el Palacio de la Zarzuela no fue Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”, sino Felipe VI, que no será Felipe II pero sigue siendo rey, como Trump.
Lo extraordinario es que –nadie sabe cómo- hayan llegado a tiempo a avisarle al hijo del Cholo Simeone, madridista pero del Aleti, que en el momento clave del partido se detuvo a levantarse las medias para que el goleador español definiera sin marcas. Planificación.
De ArgenFIFA, me aseguran, no quedaron ni las migas. A Infantino se lo comió la UEFA. Es obvio que tenía que ganar un europeo para garantizarle la renovación de su mandato. Porque el de España fue, además, un triunfo del globalismo woke contra la barbarie racista del equipo argentino, que por algo no admite negros en sus filas. La exhibición de la bandera con la inscripción “Las Malvinas son argentinas” habría sido el colmo de los colmos para los progresistas del Atlántico Norte, espantados ante el chauvinismo berreta de los futbolistas multimillonarios de un país pobre que no entienden que “un partido de fútbol es un partido de fútbol y nada más”.
A último momento, mientras estoy cerrando estas líneas, me informan que no, lo de la UEFA no tuvo nada que ver. Tampoco habría influido la mala onda tirada por Patti Smith y Yanis Varoufakis. Parece –lo deslizó el vecino de la prima de un jugador que, injustamente, no tuvo minutos en el Mundial- que hubo un control antidoping sorpresa antes de la final, diez minutos antes para ser más precisos, y para evitar el escándalo ante los resultados de los análisis–positivos, como era de esperar, tratándose de argentinos-, se consensuó una derrota digna. Sumale que había una interna en el plantel, que a Scaloni y al Dibu no les gustó lo de la bandera y todo cierra.
Detalle al margen: cómo puede ser, en tiempos atravesados por las nuevas tecnologías, que todavía no sepamos rigurosamente qué se habló en ese vestuario, desde que entraron hasta que salieron, qué mensajes privados se mandaron el Cuti y Licha después del partido contra los ingleses (qué casualidad, ambos fueron reemplazados en la final, por “lesión”), etc. Es nuestra selección. Infantino y Peter Thiel podrían tomar nota para optimizar la transparencia del próximo Mundial.
También me hablaron de un “drenaje de energía vibracional” que habría operado sobre el estadio en New Jersey, afectando la probada resiliencia de los jugadores argentinos, pero no me lo termino de creer. Dicen cualquier cosa.
Porque la culpa de todo, esto no me lo saca nadie de la cabeza, la tiene el árbitro de la final, ese esloveno de frondoso prontuario que perjudicó a la Argentina al anularle un gol a España en el minuto 95. Un amigo, que vive en México pero llamativamente no odia a los argentinos, me abrió los ojos: de haber cobrado ese gol, Argentina hubiese tenido 25 minutos para activar a sus superhéroes y dar vuelta el resultado, tal como venía haciéndolo sistemáticamente. Cuidar anodinamente el empate, en cambio, mantuvo encapsulada esa energía sobrenatural que se apoderaba de los jugadores en las situaciones límite. Después ya fue demasiado tarde. Y otro amigo más, encima periodista, en el paroxismo de la especulación contrafáctica, hundió más a fondo el dedo en la llaga: de haber llegado antes el gol de España, el que hubiese entrado los últimos minutos (para estar en “ese” momento y en “ese” lugar) habría sido Lautaro y no Senesi. Para qué agregar conclusiones que son obvias. Es creer o reventar.
En definitiva, el mundo entero menos Bangladesh (de Milei a los kirchneristas, pasando por Trump, los progres superados, los colonialistas encubiertos y ¡las casas de apuestas…!) puso su granito de arena para que Argentina no saliera campeón. Por suerte logré convencer a mi amiga egipcia de que eso de los palestinos, nada que ver, basta de mezclar las cosas.

