Antes que cualquiera de sus grandes conquistas en el tenis, y bastante antes que cualquier Grand Slam o victoria memorable, hubo un chico de apenas 13 años que juntaba pelotas en el ATP de Basilea y que jamás olvidó cómo se sentía ver el juego desde ese lugar.
Más de tres décadas después, ese mismo chico fue traído al presente por Roger Federer, el hombre que vive en su propio tiempo, en un conmovedor discurso de inducción al Salón de la Fama del Tenis Internacional, en Newport, ante mitos vivientes de este deporte como Gabriela Sabatini, ingresada en 2006, una de las dos personas de Argentina con lugar en la inmortalidad –Guillermo Vilas entró en 1991-.
Federer trajo a aquel chico como punto de partida para toda su historia. Lo narró en presente, con alguna pausa para beber agua y secarse las lágrimas: “Cierro los ojos y sueño con el deporte que amo. Y esto es lo que veo: estoy en Basilea. Tengo 13 años y se juega el torneo indoor de Suiza. No compito: soy ballboy. Estoy de pie contra una pared del fondo de la cancha, con las manos detrás y la mirada en la pelota. Nunca olvidaré cómo se veía el juego desde allí ni la emoción de estar cerca de los jugadores, de darles las pelotas, las toallas, verlos luchar para encontrar soluciones, la adversidad y la intensidad”.
El suizo eligió a aquel pequeño Federer como pieza angular de su discurso por un motivo: pervive en su propio espacio temporal. Cinco años después de su último partido como tenista profesional -Wimbledon 2021- y cuatro luego del anuncio de su retiro, bastaron dos sucesos con cuatro días de diferencia para volver a ocupar la centralidad: volvió a jugar en el US Open, en una exhibición con su exrival Andy Roddick, y se robó la totalidad de la escena en Newport. El chico de 13 años que subsiste en el espíritu de Federer está en su propia secuencia: al margen del tenis actual, ni adelante ni por detrás.
Ese margen se filtró en cómo Federer describió el transitar de su carrera: se autopercibió como un puente generacional. “El Salón de la Fama exhibe la evolución del tenis y me siento honrado de pertenecer a ella. Estoy feliz de haber pasado por diferentes camadas: desde Sampras y Agassi hasta las rivalidades épicas con Murray, Djokovic y Nadal”, mencionó para reconstruir su línea de vida: debutó en el circuito en 1998 y lo dejó en 2021. En esos 23 años el tenis mutó -cambiaron las raquetas, “desaparecieron” los especialistas de superficies, se homogeneizaron las velocidades y cambió hasta la fisonomía de los jugadores- y él permaneció.
Por eso escogió otra unidad de medición: por encima de los títulos están los objetos. Los 20 Grand Slams, los 103 títulos totales, los 1251 triunfos y las 310 semanas como número uno sucumbieron frente a su propio parámetro: “Usé más de cinco mil vinchas durante mi carrera, más que (Björn) Borg y (John) McEnroe juntos. Por alguna razón el circuito no lleva la cuenta de esas cosas, pero yo sí. Igual que las medias: usé más de siete mil pares, el doble que mis rivales, porque las usaba de a dos”.
La extenista Mirka Vavrinec, su esposa y la madre de sus cuatro hijos -los mellizos Charlene Riva y Myla Rose, de 2009, y Leo y Lenny, de 2014-, le puso fecha a la historia, en la presentación que antecedió la palabra de Federer: Sidney 2000, los Juegos Olímpicos, el flechazo. “Cuando nos conocimos tenía exactamente cero títulos de ATP. Cero. Si miro hacia atrás supongo que estuve ahí para los 103 que vinieron después”.
Pero Federer se resiste a ser fechado. En el monólogo de 27 minutos, que se sintió como una cápsula sin reloj, avisó: “Lo llaman el Salón de la Fama, pero la fama nunca fue el objetivo: yo quería pasar mi vida haciendo algo que amo. Esto sirve para mirar hacia atrás y también para adelante: sigo escribiendo mi carta de amor al tenis. Esto no es un adiós”.

