Dijo Stephen King que aunque toda ficción es mentira, la que es buena esconde dentro la verdad. Así que podemos convenir que ganar a la selección femenina de Estados Unidos, lo más parecido al equipo invencible, sigue siendo una ficción contra la que, por cierto, combatirá ahora la misma Francia que rozó la proeza en la final de París 2024. Pero sí era, al menos para España, una de esas ficciones que escondían la verdad. Porque había motivos para pensar que este es un Team USA más humano y, por lo que toca a la Selección, razones para el optimismo esté quien esté enfrente. Las sigue habiendo: Estados Unidos es un bloque en transición cuya jugadora más joven, Sonia Citron, tiene 22 años. Es de la generación de 2003 y es la que menos minutos ha jugado de ese equipo en el que todas las actrices secundarias han ganado el Óscar como protagonistas: la escolta, de hecho, ya es dos veces all star. Iyana Martín y Awa Fam, el yin y el yan de la nueva España, son jugadoras de 2000, todavía no han cumplido 21 y están siendo, en el Mundial, la dos que más anotan y más valoran del equipo.
¿Dónde estarán cuando tengan los 24 de Caitlin Clark y Paige Bueckers? Nada de lo que se ponga sobre la mesa sonará exagerado. Lo consigan después o no, eso se lo han ganado: licencia para soñar, más allá del requetesobado tópico. El problema (¿o el aliciente?) es que la factoría made in USA tampoco para: en los Juegos de 2026 jugarán en casa, en el Intuit Dome de Inglewood, y esas dos megaestrellas tendrán 26 años y pisarán la madurez con tal vez, detrás, las nuevas sensaciones que vienen, Olivia Miles y JuJu Watkins. Y si no pasa nada raro, es cita olímpica, no faltará Aj’a Wilson, la mejor jugadora del mundo, y una de las mejores de la historia, y la pívot que cambia la aritmética de los quintetos de Estados Unidos. La cadena montañosa en la que acaban los ataques masticados en estático. El antídoto contra la única arma conocida para aburrir a un equipo por lo demás inevitable: hacerle pensar, someter su instinto.
Estados Unidos no tenía a Wilson y estrenaba a una nueva generación sin experiencia en grandes campeonatos con la absoluta. Y España es un equipo insolente que no conoce los complejos que durante años han atenazado, y con razón, a todas las selecciones del mundo. En todo caso, aquella derrota en la final del Mundial Sub-19 de Madrid, en 2023, es más una motivación, una hoja de ruta, que un candado en la puerta de unas jugadoras sin límites. Allí, en aquel ultra comprimido 66-69, estaban Fam y Iyana, también Elena Buenavida y Alicia Flórez. Una generación dorada a la que se les resiste el oro, en formación y con una absoluta con la que arrastran el dolor de aquella increíble final continental perdida en un cierre calamitoso, el año pasado contra Bélgica. Pero si no es cuestión de tiempo con ellas, no es cuestión de tiempo con nadie. Ahora, el último esfuerzo será por un bronce. Que también es mucho.
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El Team USA se enfrentará al que aspira a ser su fantasma particular, la Francia de físico apabullante que firmó el casi en París. Para ellas la plata sería un chasco, claro, pero conviene poner en valor su Mundial, un torneo que se puso en cuarentena cuando casi la lían contra Italia en la primera fase: sin Wilson y sin los puntos de Kelsey Plum, con una seleccionadora de estreno, un bloque de jugadoras renovado y sin preparación, jugando WNBA y sin un solo amistoso hasta poner los pies en Berlín. Tiene mérito; hay que ser mucho mejor que las demás para ganar a pesar de todo eso. Hoy pisan la última frontera, pero han demostrado respeto a la competición con una hoja de ruta que está cumpliendo con lo que pidió Kara Lawson, su entrenadora: ser el equipo que más mejore del primer día e partidos al último. Tal vez eran más humanas, y esa era la verdad de esta ficción, pero siguen siendo el verdadero Dream Team.
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