La muerte no suele rondar a los deportistas profesionales: jóvenes, sanos y con -también aquellos a los que no les va especialmente bien en un tramo determinado- un grado sobresaliente de éxito vital. En la NBA, por ejemplo, hay menos de 600 jugadores en activo en una temporada cuando solo en la primera división universitaria hay casi 6.000 en cada curso. Llegan muy pocos, un puñado de elegidos de entre otros puñados de elegidos: los mejores de sus institutos, tan buenos que llaman la atención de esas grandes universidades desde cualquier rincón de Estados Unidos; las principales promesas de cada generación del baloncesto europeo… Así que cuando habla de esos jugadores, de los de la cima en sus años de plenitud, la muerte no anda por ahí mordisqueando talones. Y es una de las cosas que hacen que casi todo, aunque en estos tiempos sea legítimo cuestionárselo, en el periodismo deportivo tenga que ver, de una forma u otra, con lo esencialmente feliz.
La muerte no suele ronda a la NBA y por eso nos parecen especialmente terribles casos como el de Brandon Clarke el pasado mayo. El interior de los Grizzlies falleció enredado en sus adicciones, aguijoneado finalmente por esa mezcla peligrosísima de cocaína y heroína que ha sido bautizada como speedball. En las bases de datos de la liga aparecen, en toda su historia, 21 muertes de jugadores en activo. Las últimas la de Clarke y, diez años antes, la ridícula tragedia que se llevó por delante a Bryce Dejean-Jones, que no había cumplido 24 años cuando fue abatido por un arma de fuego tras colarse en un apartamento de Dallas que confundió con el de su novia, con la que tenía problemas, el día del primer cumpleaños de su hija. Cuando encontró la puerta cerrada, pensó que su pareja no quería que entrara y se abrió paso a la fuerza. Antes de darse cuenta de su error, recibió un disparo letal en el abdomen. Estaba empezando a construir una carrera sólida: después de dos contratos de diez días, había firmado uno de tres años con los Pelicans y había coqueteado con el puesto de escolta titular antes de sufrir una lesión de muñeca.
Los accidentes, en realidad, ocupan buena parte de esa lista terrible: seis de coche, entre ellos el de Drazen Petrovic, dos de avión. También los problemas cardiacos, a veces relacionados con el consumo de drogas. El caso más recordado el de Len Bias, ese jugador que iba a comerse el mundo y a revitalizar a los Celtics en la segunda mitad de los ochenta pero que, en una de las historias más tristes de la historia de la NBA, murió dos días después de ser elegido con el número 2 del draft de 1986. Tres años antes que Ricky Berry, cuatro más tarde que Bill Robinzine. Los dos únicos casos de suicidios de jugadores en activo.
El chico que no tenía por qué suicidarse
El chiste fácil con Rick Alan Berry era, claro, el parecido de su nombre con el de uno de los mejores jugadores de la historia, Rick Barry: un genio difícil que también quedó como, para muchos, el jugador más insoportable de la historia. Pero Ricky Berry nunca fue tan buen jugador, desde luego, ni tampoco tan irritante. De hecho, decían que era sensible, cuidadoso en las formas y en la forma de expresarse, incluso angelical. Al menos fuera de las pistas. En ellas era un competidor feroz que se convirtió en una celebridad en su universidad, San Jose State, en la que jugó a las órdenes de su padre y desde la que, como activo brillante del baloncesto californiano, fue drafteado en primera ronda por Sacramento Kings (número 18 en 1988). En su último año de college, como senior, había promediado 24,2 puntos y 7,2 rebotes con un 44,5% en triples. Así que los Kings le dieron un contrato de tres años, el primero de ellos por 300.000 dólares. Y se frotaron las manos con su progresión como rookie: 11 puntos y 3,1 rebotes, pero 18,2 en los últimos once partidos del curso y un aldabonazo de 34 contra los Warriors, en febrero. Medio años después, el 14 de agosto de 1989, apareció muerto por un disparo de bala en el salón de casa, con una nota de suicido a su lado. Tenía 24 años y 312 días.
Como jugador, muchos creían que evolucionaría hacia el primerísimo nivel, tal vez hasta ser all star. Era un alero two way, intenso en defensa y con talento en ataque, difícil de parar porque metía a los escoltas en la zona y sacaba a los aleros grandes al perímetro. Era completo, hacía de todo, y Henry Turner, su compañero en los Kings, lo definió como “Peja Stojakovic antes de Peja Stojakovic”. Entonces, los especialistas en el tiro de tres se contaban con los dedos de las manos. El también king Kenny Smith, después campeón con los Rockets y después figura ultra mediática de la cobertura televisiva de la NBA, dijo que era “Reggie Miller con manejo de la bola”.
Berry había vivido por y para el baloncesto. Nació en Lansing (Michigan), como un Magic Johnson al que trató porque su padre era asistente en Michigan State y él (con 14 años) recogepelotas en el equipo que ganó el mítico título universitario de 1979, el de la final contra los Sycamores de Larry Bird. Entonces, el partido más grande de siempre. Las cosas iban bien, y quienes le trataron decían que incluso cuidaba su futuro, una vida después del baloncesto que ya tenía presente. Pero aquel 14 de agosto se suicidó en su casa porque, aunque casi nadie lo veía, la presión que le rodeaba le estaba consumiendo. O eso es lo que creen quienes estuvieron más cerca de un caso extraño: sus amigos no pudieron ni despedirse de él porque sus padres se esfumaron, camino de Michigan sin que se hubiera celebrado ni siquiera un funeral mientras la prensa de California especulaba con las motivaciones de semejante desgracia.
La noche anterior había discutido con su mujer, Valerie, que a su vez no tenía buena relación con sus padres. Estos vivían demasiado cerca, a unas dos horas en coche, para el bienestar de una pareja en la que ya habían aparecido las infidelidades. Su mujer pasó la noche en casa de una amiga y regresó al día siguiente para encontrar una nota que, en una versión de la prensa local que luego desmintieron sus allegados, decía que ella no le quería y que estaba intentando aprovecharse de él. Sus amigos, sin embargo, creían que sus problemas matrimoniales no eran tan dramáticos, y que lo que le afectaba mucho era jugar en California, donde había sido una estrella de universidad, los pagos de una casa que le había costado 360.000 dólares en un barrio residencial de Sacramento, la relación cada vez más estropeada con su padre… cosas que nadie consideró tan graves hasta que fue demasiado tarde.
Estrés fue la palabra que más usaron tanto los médicos que analizaron sus últimos días como sus conocidos más cercanos. Uno de ellos, Ed Pinckney, también compañero en los Kings, contó que el día antes había estado bañándose en la piscina, jugando a videojuegos y cenando pizza con sus amigos antes de la bronca con su mujer. Y el citado Turner explicó que, horas antes de la tragedia, Berry le había llamado para ver si iba a ir a entrenar, pero que no pudieron quedar porque él estaba en Los Ángeles. No notó nada extraño aunque esa acabó siendo su última conversación. Lo siguiente que supo fue, a través de un miembro del staff de los Kings, que a Ricky Berry le había pasado algo terrible y que más le valía ir cuanto antes a su casa, que todavía tenía en el jardín el cartel de recién vendida.
Sí se confirmó que en la carta de suicidio Berry aseguraba, lo más cruel de todo, que aquel desenlace “se podría haber evitado” pero que le habían superado “las frustraciones por las pequeñas cosas” y los problemas de su matrimonio. Sus amigos siempre pensaron que había algo más, o quisieron pensarlo para intentar asimilar un desenlace impensable. Digerir lo que nunca pudieron hablar con esos padres que huyeron a Michigan sin dar explicaciones. Lo contó Turner: “Todo el mundo quería que hubiera habido un funeral, queríamos decirle adiós, expresar nuestras condolencias. Era nuestro compañero, nuestro amigo. Pero hicieron las maletas y desaparecieron. Ni una llamada, nada. No hubo manera de decir adiós”.
El tipo que salía en el nombre de un mate
Darryl Dawkins quedó para la historia como uno de los jugadores más divertidos de siempre en la NBA. No en vano, Stevie Wonder le dio su apodo, Chocolate Thunder, y él, en tiempos de explosión de la MoTown, decía que había llegado a la tierra desde su planeta Lovetron junto a su novia, Juicy Lucy. No ganó anillos ni fue all star, pero era una montaña de 2,11 y casi 120 kilos que exudaba carisma y ponía apodos a sus tremendos mates.
Tenía más apodos: Baby Gorilla, Sir Slam, Dr. Dunkenstein… y sus mates que reventaban tableros obligaron a la NBA a cambiar los materiales tanto de estos como de los aros. El 13 de noviembre de 1979, en el Municipal Auditorium de Kansas City, reventó un tablero mientras lanzaba muy lejos en su trayecto hacia el aro a Bill Robinzine. Tres semanas después, ya fuera de Missouri, destrozó otro tablero en su pabellón, en un Sixers-Spurs. La NBA, espantada mientras el público celebraba, no solo adaptó su tecnología sino que introdujo una norma que aplicaba sanciones y suspensiones a los jugadores que destrozaran tableros.
El primer mate, el de Kansas City, fue bautizado así por su autor: The Chocolate-Thunder-Flying, Robinzine-Crying, Teeth-Shaking, Glass-Breaking, Rump-Roasting, Bun-Toasting, Wham-Bam, Glass-Breaker-I-Am-Jam. ¿Más nombres que puso a sus mates? Aquí van: the Rim Wrecker, the Go-Rilla, the Look Out Below, the In-Your-Face Disgrace, the Cover Your Head, the Yo-Mama, the Spine-Chiller Supreme, y el Greyhound Special, nombre reservado a los que hacía coast to coast (pocos), tras cruzar la pista de lado a lado después de coger un rebote o robar un balón. ¿Otros mates especiales con nombre? Sí: Dunk You Very Much, Sexophonic Turbo Deligth…
El primero de esos apodos, el más famoso y también el más largo, recordaba con ese Robinzine Crying a Bill Robinzine, el pívot que se apartó de forma aparatosa para que no le cayeron encima los pedazos del tablero reventado. Un jugador que tres años después, un 16 de septiembre de 1982, se quitó la vida en el garaje de su casa, en Kansas City, con el monóxido de carbono de su coche. Tenía 29 años y 239 días y había pasado siete temporadas en la NBA. Los Kings (como en el caso de Berry pero todavía en Kansas City) fueron el equipo que lo drafteó, nada menos que en el pick 10, y donde pasó sus mejores años (1975-80). Después, ya con muchos problemas físicos, pasó por Cavaliers, Mavericks y Jazz en un trance de dos años que le dejó fuera de la liga. Un final que no soportó y por eso, se cree, se suicidó. No había tenido otros problemas graves conocidos. Ni alcohol, ni drogas ni juego. Nada.
Su camino hacia esa NBA que luego le abandonó demasiado pronto fue curioso. Robinzine tocaba la trompeta desde niño, esa era su pasión y por ella se hizo un tipo duro (en las pistas fue un 2,01 de malas pulgas) porque en su barrio de Chicago tenía que hacerse respetar si se iba a pasear por las calles con una trompeta. De hecho no tocó un balón hasta los 17 años, cuando sus amigos le insistían viendo su constitución física. Acabó accediendo, en parte porque un año antes el dentista había arreglado un diente que le faltaba y eso estropeó su trayectoria musical: se había acostumbrado a tocar la trompeta a través del hueco del diente roto.
Su padre había sido el primer jugador negro en DePaul, aristocracia del ilustre baloncesto de Illinois. Él, en una familia en la que salían deportistas de debajo de las piedras, siguió sus pasos y jugó tres años en la misma universidad. Desde ahí, y de forma increíble viendo su cortísimo recorrido como jugador, saltó al top 10 del draft de 1975 de la NBA. Su primer contrato, con los Kings, fue por cuatro años y por algo más de medio millón de dólares. No había sido un gran draft, pero fue en todo caso el de David Thompson, el ídolo de Michael Jordan, Alvin Adams, World B. Free, Gus Williams o Jellybean Bryant, el padre de Kobe.
En unos Kings liderados por Tiny Archibald y Scott Wedman se hizo hueco como cuatro duro, reboteador y que se cargaba rápido de faltas. Un tipo muy agresivo en una época muy agresiva de la NBA. De hecho, no solía superar los 25 minutos en pista porque se quedaba sin faltas que apilar. Después de unos comienzos movidos, y poco a poco, mejoraron tanto él como unos Kings que, con jugadores como Ron Boone y Brian Taylor, llegaron dos veces a playoffs. En sus tres últimos años en el equipo, jugó 245 de 246 posibles y se ganó un nombre como defensor y reboteador de ataque…. Hasta que, casi al final de la temporada 1979-80, se lesionó por, precisamente, lanzarse sin ningún cuidado a por un rechace en el aro rival. Acabó la temporada y jugó los playoffs sin saber que la lesión, en una pierna, era mucho más grave de lo que parecía. Así que los Kings, que además querían apostar por Reggie King en su puesto, lo traspasaron a los Cavs, donde solo jugó ocho partidos antes de ser enviado, un mes después, a unos Mavericks recién llegados a la NBA. El siguiente verano, y ya limitado de forma crónica por esa lesión en la pierna que no cuidó bien, fue traspasado de nuevo, esta vez a los Jazz. En el verano de 1982 la franquicia mormona no quiso extender su contrato y se vio, sencillamente y sin más pompa, fuera de la liga. El teléfono no sonó con ofertas serias, y él no quería tener que ir a un training camp a probarse como un recién llegado.
Consumido por esa ansiedad, decidió quitarse la vida en su garaje, donde le encontró su padre metido en su Oldsmobile Toronado. Nadie, esta vez tampoco, vio venir nada. Tom Jones, su compañero en los buenos tiempos de Kansas City, no daba crédito días después: “No se le notaba nada, le gustaba parecer un tipo fuerte. Pero sin baloncesto no podía seguir viviendo como quería vivir. Le preocupaba muchísimo que no le llamara ningún equipo, se estaba convirtiendo en un problema tremendo y entonces, además, empezó a tener también problemas económicos”. La única que realmente conocía su sufrimiento era su mujer, Claudia; la que encontró una nota de dos páginas, escrita con un tono muy depresivo, en la casa y, sin rastro de él, llamó a la policía. Ray Meyer, una leyenda de DePaul que entrenó allí entre 1942 y 1984, seguía en contacto con su antiguo pupilo y definió así su final: “Estaba siempre sonriendo, nunca hablaba de sus problemas. Pero cuando llamé a su mujer después de la desgracia, me contó que no podía asimilar haberse quedado sin sitio en la NBA”.
Los problemas económicos que luego se conocieron no eran dramáticos, todavía, pero influyeron: tenía una casa de 140.000 dólares en Kansas City y había invertido mal en una propiedad en Dallas a pesar de que los directivos de los Mavericks le habían recomendado evitar esa operación, que tenía detrás a listillos que querían aprovecharse de unos deportistas profesionales cada vez más pudientes. Acababa de ganar 200.000 dólares en su última temporada, y se le presentó alguna oportunidad que no supo valorar en el baloncesto italiano. Nunca entendió que salir de su país podía ser una opción óptima en ese momento de su carrera y, para colmo, quería cobrar en Europa lo mismo que en la NBA. Así que, finalmente, se cansó de esperar y acabó con su vida solo meses después de su último partido como profesional. No aparecían más en el horizonte y, sencillamente, no lo pudo soportar.
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