Borges decía que la conversación es uno de los mejores hábitos del hombre, inventado por los griegos, claro, y que, de ahí en más, nos hemos dedicado a continuar con la actividad. Si se piensa en sobremesas futboleras con la atmósfera de los cuentos de Fontanarrosa o en los mejores goles que, vaya a saber si alguna vez, hizo Osvaldo Soriano en sus relatos, se puede caer rendido ante la cita del autor de El Aleph y otorgarle el Balón de Oro a la palabra que tantas veces engalanó partidos aburridos, reuniones donde no pasaba nada o simplemente, se encargó de mejorar una acción con una anécdota donde se floreó más el portavoz que el delantero que la protagonizó.
Con el espíritu de sostener ese poder de la palabra y rendirse ante el silencio de escuchar al otro, es que surgió la idea de Por una copa, un evento teatral en el que hay dos sillones enfrentados, una mesita, dos copas de vino y la charla es la reina. Más de una hora de silencio -aunque, a veces el público hace sus acotaciones- para ver como dos personas conversan. Su conductor es Carlos Borsa, o Borsa a secas, periodista de larga trayectoria, oído afilado y preguntas que van derecho a desempolvar lo que ha quedado en el fondo del sótano.
Se lo puede ver relucir su arte de entrevistar en La cocina del fútbol, el programa de televisión y Youtube en el que cocinan los protagonistas de la pelota y responden sin premeditar las consecuencias de lo que se dice. Su currículum dice que también comenta partidos en la radio y polemiza por streaming. Pero en el espectáculo que se hace en el Muy Teatro, en el barrio de Almagro, Borsa deja el delantal para esa noche convertirse en una especie de Ed Sullivan, traficante de emociones y charlatán curioso.
A la primera cita fue el Ruso Verea y “la prueba de fuego salió dentro de lo esperado”, dice Borsa. Según cuentan, el exfutbolista fan del heavy metal, la dejó chiquita. Desplegó su amplio diccionario de definiciones e intercambió experiencias de su vida y el fútbol con una sala desbordada y atenta a todos los centros que el conductor le ponía en la cabeza. Alguna vez, alguien dijo –o quizás lo leí– que con el Ruso de invitado son todos goles. La idea es que los encuentros sean quincenales y los invitados sean del universo de la música y el fútbol, y si se incluye todo, mejor, precisa su conductor desde un camarín en el que se percibe la adrenalina antes de salir a escena.
La consigna es fútbol, conversación, comida y vino. En la recepción, la espera se contiene con un bandejeo para picar y si te ven con la copa vacía, sin dejar que la sed se apodere de tus dudas existenciales, corren a ofrecerte nuevamente el tinto que te hace chasquear la lengua. Al final, todos a la recepción para degustar un menú libre nutrido de hamburguesas, sándwiches de bondiola braseada, pizzas y una barra de bebidas a merced de cada uno.
A la segunda velada, hace pocos días, jueves pasado para mayor exactitud, el que se acercó fue Hernán “Cucuza” Castiello, el cantante de tango que antes era el jugador de fútbol que cantaba y por circunstancias de la vida, lesiones precisamente, terminó por convertirse en una de las voces referentes del arrabal porteño. El pibe de Villa Ortúzar abrió su corazón con una remera de Maradona como principal atuendo y una medallita colgando de su cuello con la cara del 10, cantó para un publico que no paraba de pedirle cosas de Rubén Juarez y tirar nombres de clasicazos como Los Mareados.
Cucuza dejó entrever sus dos pasiones: tango y fútbol. Y su cara de a poco empieza a estar en todas las remeras, gracias a haber cantado el himno nacional en la cancha de River, en uno de los últimos amistosos de la Selección Argentina ante Burkina Faso, o subirse al escenario de Lali Espósito a traspasarle los sonidos del 2×4 a las nuevas generaciones. Esa misma persona, en el espectáculo también contó su paso por Parque y sus inferiores en Argentinos Juniors al lado de Fernando Redondo, Fernando Cáceres o Leonel Gancedo, y su vínculo con Maradona, a partir de haber jugado con su hermano Hugo, conocido como “El Turco”.
La sala cayó otra vez en las garras de la simpleza, olvidándose por un rato de las amenazas de las IAs, las carreras por enriquecerse y se dejó seducir por atorrantes en busca de mostrar la conexión entre el fútbol, la música y la vida. “El ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu es, a mi juicio, la conversación”, decía Montaigne. Aliados de algunos principios analógicos, la obra invita a respirar el aire de un invento griego, al calor de una fogata de recuerdos, fotos disparadoras y una copa levantada para el unísono “salud”.

