A la hora de homenajear a nuestros héroes, los dirigentes del fútbol argentino tienen una sensibilidad única. Para la despedida definitiva de Lionel Messi con la camiseta albiceleste en el Monumental, la AFA no escatimó en gastos y gestionó un rival a la altura de las circunstancias, de esos que hacen temblar los cimientos de la historia grande: la temible selección de Benín.
Escuché a algunos desinformados preguntar si Benín es un país o la segunda persona del imperativo del verbo venir en cordobés. “¿Benín al Monumental o te quedai en el hotel, culiau?”. Tras una minuciosa investigación que me demandó cerca de 40 segundos navegando entre Wikipedia y Google Maps, estoy en condiciones de confirmar que Benín existe, queda en África Occidental y no, no es el nombre de un remedio para la tos.
Anteriormente conocido como el Reino de Dahomey, este país limita con Togo, Nigeria, Níger y Burkina Faso. O sea, un vecindario donde si tirás una pelota a la calle, vuelve en forma de expediente diplomático. Ubicados en el prestigioso puesto 93° del ranking FIFA —justo entre un equipo de veteranos de La Paternal y los empleados de un supermercado chino—, los benineses vienen de arañar la clasificación al Mundial, un sueño que se les desintegró tras comerse un modesto 4 a 0 contra Nigeria.
Pero atención, Scaloneta: ¡a no confiarse! Benín no será un cuco de la Champions ni competirá por la Copa Tarzán de África, pero tiene un arma secreta insuperable: es oficialmente la cuna del Vudú. Sí, leyeron bien. El 50% de sus 15 millones de habitantes practica esta religión oficial. Se juegan el Torneo Apertura San La Muerte y la Copa de Leche Vudú: si el rival no se lesiona por una patada, se dobla el tobillo porque desde la tribuna le clavaron un alfiler al muñequito de goma espuma con la camiseta argentina.
Acá la gran diferencia es táctica. Igual que el Bilardo del Estudiantes de los ’60, que juraba que lo de las agujas era puro mito porque “si pinchás a uno en la cancha te meten un piñón y te matan”, los benineses también desmienten la fábula… pero con una ventaja: en Benín no necesitan llevar los alfileres escondidos en las medias. Al rival lo pinchan a diez mil kilómetros de distancia y el tipo termina clavando un gol en contra sin entender qué le pasó.
En cuanto al nivel deportivo, su máxima figura es Steve Mounié, un muchacho que juega en el Augsburgo de Alemania. El resto del plantel se completa con jóvenes promesas de la liga local y algunos batalladores que alternan el fútbol con la producción de algodón. Su hinchada canta en idioma fon y yoruba.
No sabemos bien qué dicen las letras, pero estimo que deben ser algo así como “¡Y ya lo ve, y ya lo ve, si te hago vudú, te mando a la B!”.
Con un PBI per cápita que los ubica en el puesto 162 del mundo, está claro que los muchachos no vienen por los premios en dólares, sino a llevarse la camiseta del 10 antes de que se extinga. El martes 6 de octubre, día del partido despedida de Messi, mientras el país entero despide con lágrimas en los ojos al tipo que nos dio la gloria eterna, los hinchas benineses descubrirán lo que es enfrentar a un Dios de carne y hueso que no necesita muñecos de trapo para hacer magia.
No hay que subestimarlos, pero tratándose de la despedida del más grande de todos los tiempos ante los reyes de la magia negra, de mínima esperamos que el Lionel se retire metiendo 5 goles… y que el Chiqui Tapia revise que no nos dejen a ningún jugador contracturado por un hechizo a distancia.

