La tarde del 26 de junio de 2005, Alberto Herreros (Madrid, 1969) podría haber fallado el triple esquinado en Vitoria en los últimos segundos del quinto partido y el Madrid haber perdido el título de Liga, una sequía de éxitos en el club que se hubiera alargado, al menos, hasta los seis o siete años. Si ese hubiera sido el destino, la carrera del alero de Fuencarral se recordaría igual de magnífica, pero sin el colofón perfecto de aquel acierto. En la cancha no temblaba, en el escenario de La Línea le embargó la emoción: “Agradezco al jurado que se haya acordado de mí, porque estoy muy contento y orgulloso por esta elección. Siempre intenté ser el mejor compañero posible. Gracias a mis amigos, a mi familia y a mis hijos. Y a mi mujer: ‘Por los veranos que has pasado con los niños cuando yo estaba en la Selección”. Concluyó con un “no tengo palabras” mientras se le escapaban las lágrimas.
Todavía hoy, 21 años después de su adiós, se mantiene como el máximo anotador histórico de la Liga Endesa (9.759 puntos) y el mejor triplista (1.233, más que nadie con un formidable 43,3% de acierto en 17 temporadas). Una figura clave en la década de los noventa y en el inicio de este siglo, a caballo entre los héroes de Los Ángeles 84, con los que coincidió en la cancha, y la explosión definitiva de los júniors de oro, con los que se colgó la plata en el Eurobasket de 2003.
Un lustro antes, sin Herreros no había España. Máximo anotador de un Mundial, el de 1998, y del Eurobasket 99 (19,2 puntos de media) en el que la Selección se cargó a la Lituania de Sabonis en cuartos con 28 tantos del alero y a la anfitriona Francia en semifinales con otros 29 puntos. Una demostración descomunal del madrileño, que hipervigilado por los italianos y exhausto por un sistema de competición incomprensible (tres partidos en tres días) hincó la rodilla en la final. Esa plata, pese a todo, fue una de las mayores gestas nacionales hasta el oro de Japón 2006. La primera alegría tras una etapa muy dura, después del fracaso de Barcelona 92 y la decepción del Europeo 97, también en casa.
Herreros venía de protagonizar en 1996 uno de los traspasos más sonados de nuestra Liga. Adiós a ocho enormes temporadas en el Estudiante, donde ganó la Copa del 92 y se coló en la Final Four, para fichar por el Real Madrid, donde estuvo nueve campañas hasta aquel triple que, por si alguien aún no lo sabía, entró. Una Recopa y dos Ligas, y una retirada a lo grande “servida en bandeja”. Porque ese triplazo no cambió su carrera, sino su futuro, le abrió las puertas de los despachos del club blanco con el que ha conquistado como director deportivo 31 títulos.
Un ejecutivo sin corbata, un chaval que tenía un don innato para el tiro, que no jugó federado hasta los 17 años, cuando una bendita prueba en el colegio Menesianos le cambió la vida: “Entré al baloncesto por casualidad y a los dos años estaba en la ACB (en el Estudiantes tras pasar por el Canoe) y en tres en la Selección, que siempre fue muy especial”. Un grande de la canasta española en tiempos no tan boyantes.
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