El Dream Team, cuya referencia estricta es para el equipo de Barcelona 92 (Magic Johnson, Larry Bird, Michael Jordan y todo lo demás) pero que en la práctica se extiende a todas las configuraciones en máxima potencia de fuego (NBA, WNBA…) de la selección de Estados Unidos, se aplica mejor, en los últimos años, a la versión femenina del Team USA. Si se quiere sacar brillo a la narrativa del equipo pluscuamperfecto, invencible, hay pocos ejemplos mejores que la selección femenina de baloncesto de Estados Unidos. Desde que se creó la WNBA en 1996, no ha sufrido ni una derrota en Juegos Olímpicos: 61 triunfos seguidos, cada partido desde la semifinal de 1992 contra la versión Equipo Unificado de Rusia, con solo tres de esas victorias por menos de diez puntos. En el mismo tramo, su única derrota en Mundiales llegó (21 de septiembre) en la semifinal de 2006, otra vez contra Rusia. Cuando comience la semifinal contra España, la cuenta en Copas del Mundo irá por 55 victorias seguidas.
En el baloncesto femenino, el mundo no se ha movido tan rápido desde aquel 1992 como en el masculino. El tránsito a ese lado del Atlántico ha empezado a ser masivo solo en los últimos años, primero con la aparición de salarios en el nivel universitario a través de los derechos NIL y desde ahora, también, en una WNBA que ha revolucionado la potencia de sus contratos en su último convenio colectivo. El proceso no es tan global y multiforme como en el nivel masculino, pero también está en marcha, del tono competitivo de un clásico como Australia y la generación única de Bélgica que ahora se agota (parece que sin un relevo claro) a, más sostenible para el futuro, la producción desde las categorías de formación de España y una Francia que rozó el sorpasso en la final olímpica de París.
La fórmula se parece, en esencia, a la que se cocinó antes en el baloncesto masculino: físicos capaces de plantar cara a las estadounidenses, ritmo de juego habituado al de unas WNBA con la que empiezan a compartir equipos y competición de forma mayoritaria y ese factor X fundamental que aportan la mayor cohesión de selecciones más hechas, con bloques que acumulan más kilómetros de viaje, y unos instintos más desarrollados en las normas y las maneras FIBA. Así se ha hecho sufrir el Team USA masculino en los últimos años, incluida su última versión suprema (LeBron James, Stephen Curry, Kevin Durant…). Y así demostró Francia que se puede plantar cara, como mínimo, a la versión femenina del mejor baloncesto del mundo. La última frontera.
Lo ha reconocido, parece ley de vida, la seleccionadora Kara Lawson: “No hay duda de que el resto del mundo está mejorando a un ritmo rapidísimo. Esta va a ser, por eso, la Copa del Mundo más difícil de ganar”. En Berlín, además, se apilan otras razones para pensar que el momento, si es que llega, puede ser ahora. Aunque siempre tiene que ir por delante que Estados Unidos es la favorita, el equipo con más opciones de llevarse el oro mientras no se demuestre lo contrario. Y que es el único del torneo capaz de barrer a cualquier rival si este no hace un partido perfecto o, simplemente, permite que el juego fluya a la americana. Pero es legítimo pensar que este equipo de 2026 tiene un aroma a transición que a priori estará mucho más avanzada en Los Ángeles 2028. Juegos Olímpicos, cuestión de estado para el sistema del USA Basketball, y factor cancha. Palabras mayores.
Italia, síntoma… o solo accidente
Pensar en ganar a Estados Unidos ahora, este fin de semana, también son palabras mayores… pero habrá que ver si no tanto. Porque a ese 55-52 sufridísimo contra Italia, con un tiro al limbo que pudo llevar el partido a la prórroga, le han seguido dos exhibiciones contra República Checa y, ya en los cruces, Hungría (213 puntos en esos dos partidos). Como le había precedido otra contra China. En total, la diferencia media en sus resultados está por encima de los 32 puntos y su anotación en más de 90… contando ese borrón contra Italia.
La cuestión es historia conocida en el baloncesto FIBA: Estados Unidos va a pasar el rodillo contra todas las selecciones menores o las que no lo sean tanto pero no tengan los recursos (físico, profundidad…) para ponerle palos en las ruedas. De lo que se trata, para quienes aspiran a hacerlo, es de ganarle una vez. De crear en 40 minutos el ecosistema idóneo, de embarrar su estilo hasta que dude y tenga que pensar. Que no pueda funcionar por instinto. De operar sin miedo y sin aprensión. Y, desde luego, sin bajar la guardia ni un puñadito de minutos. Eso suele bastar para ir a la lona. Es muy complicado, claro, pero España en la semifinal y Francia (mucho más que Alemania) en una hipotética final pueden sentirse, ahora mismo, capaces de hacerlo.
También es legítimo meter el 55-52 contra Italia en el catálogo de accidentes. Esos 55 puntos fueron la menor anotación estadounidense en un Mundial desde 1971, y solo el segundo partido ganado por menos de diez desde 2010 en este torneo; pero en los dos siguientes ha superado esa cifra… antes del descanso. Desde luego, hace falta que EE UU falle, y contra Italia falló: 29% en tiros, 8% en triples y ocho tiros libres errados. Otra vez, conviene repetirlo unas cuantas veces, se puede hacer todo bien y que sus jugadoras, simplemente, tengan un día iluminado por puro talento individual. En ese caso, tampoco habrá apenas opciones.
Pero Italia, que después perdió sus dos siguientes partidos y no superó la repesca de octavos, enseñó la hoja de ruta de lo que en todo caso tuvo cierto perfil contingente (Estados Unidos ganaba por 15 en el inicio del segundo cuarto): defensa muy física, ritmo bajo control, pelea dura en el rebote, zonas para cambiar el paso de un rival al que, por encima de todo, hay que hacer pensar, tirar por fuera; intentar que contra su roster, con menos experiencia de lo habitual, el partido se resuelva en posesiones a cara o cruz. Será difícil que se repita el 10/35 en la pintura de esa casi derrota, pero equipos como España o Francia tienen envergadura para hacer algo más que incomodar cerca del aro.
Puede que Estados Unidos siga subiendo marchas, como en los dos últimos partidos; que Lawson ajuste sus quintetos sin unas probaturas que a veces parecen aleatorias, como si (seguramente sea así) un equipo que no ha podido hacer preparación previa haya usado la primera semana en Berlín como stage de puesta a punto. La seleccionadora ha apuntado en esa dirección, de hecho: “No vas a ganar el oro si no juegas muy bien, no vale jugar regular. Pero cada día estamos mejor, avanzamos un poco. En cada entrenamiento vamos a más, y así lo estamos planteando: ser el equipo que más crezca entre el principio y el final del torneo”.
Las veteranas todavía no han apretado de verdad los dientes, y no hemos visto el plan de rotación y juego en un partido igualado de trascendencia real, con una medalla en juego. Así que este Team USA puede volver a ser, en el fin de semana decisivo, inaccesible. Sigue teniendo una talla extra en el traje: la selección, no es un tópico, en la que los actores secundarios están acostumbrando a apilar Óscars en papeles protagonistas. Eso hay que darlo por hecho, sacarlo de la ecuación para pensar que el día en el que sean vulnerables puede ser ahora, algo menos que una cuestión de fe, esta vez, también por el excepcional nivel de la actual generación de jugadoras de, sobre todo, España y Francia.
Pero la argumentación tiene más páginas: hay una cuestión que resolver en cuanto a punto competitivo, momento. Estados Unidos tiene seis jugadoras de menos de 25 años (y Rhyne Howard tiene 26), lo que iguala el tope del equipo en cualquier gran torneo desde 1994; y siete de las doce de Berlín nunca habían estado en una cita gorda con la absoluta (la citada Howard estuvo en París 2024, pero en el 3×3). Cinco, eso sí (Caitlin Clark, Paige Bueckers, Angel Reese, Howard y Kiki Iriafen), estuvieron en marzo en el torneo de clasificación para este Mundial, en Puerto Rico. Allí, ganaron a España.
Examen para una nueva generación
El Team USA (y llegarán Olivia Miles, JuJu Watkins, Azzi Fudd…) está completando un salto generacional que comenzó en el Mundial 2022, el primer torneo en veinte años sin Diana Taurasi (sí fue, después y para despedirse, a París) ni Sue Bird. El relevo en cuanto a liderazgos pasó a manos de Breanna Stewart (ahora 32 años, una de las mejores de la historia) y Aj’a Wilson (30 y potencial para retirarse como la mejor de siempre). Las dos interiores (cuatro y cinco) han sido las MVP en los últimos grandes torneos y sumaron el 41% de los puntos del equipo en París.
Pero, un monumental asterisco sin el que quizá ni existiría este artículo, Wilson no ha ido a Berlín, una baja de última hora que se sumó a la de la escolta Kelsey Plum (muchos puntos en los bolsillos) y que resulta trascendental: Wilson es el ancla en defensa y el referente estabilizador en ataque. Sin ella, los quintetos más veteranos no tienen una presencia interior clara: Naphessa Collier y Stewart se reparten ese rol. Y el juego en cinco contra cinco se queda sin boya, sin la jugadora a la que dar la bola en el poste y que resuelva: el cinturón de seguridad. Wilson es, ahora, la mejor del mundo sin discusión y viene de hacer una temporada, la pasada, que no había firmado nadie ni en NBA ni en WNBA: campeona (con Las Vegas Aces), MVP, MVP de la Final, Máxima Anotadora y Mejor Defensora.
La presencia de Wilson, a veces es así de sencillo, podría haber convertido en relativo todo lo demás. O casi todo: la extraordinaria pívot estaba (y menos mal) en la agónica final olímpica de hace dos años, contra Francia. Pero el caso es que no ha ido a Berlín, en parte porque este Mundial obliga a un parón de la temporada WNBA a las puertas de los playoffs. A Wilson, que arrastra problemas de espalda, hay quien la ha acusado de borrarse, de priorizar la defensa del título de las Aces. Su entrenadora en Las Vegas, la también histórica Becky Hammon, no ha hecho tanto por combatir esos argumentos como por defenderlos: “Tiene derecho a hacer lo que crea es que mejor para su salud. Es que es algo que los hombres hacen a todas horas, además. ¿Me podéis decir el roster de la Selección masculina en los últimos Mundiales? Si lo que ha hecho lo hiciera un hombre, nadie vería ningún problema”.
Estados Unidos no fue en la primera fase especialmente eficiente en el tiro (llegó a los cruces como octava en porcentajes totales y undécimas en triples), aunque eso puede tener que ver con un juego menos intencionado, todavía en fase de rodaje. Porque ha sido obvia la crecida contra (rivales francamente ganables) la República Checa y Hungría. Kara Lawson (oro como jugadora en Pekín 2008) tampoco tenía experiencia como principal en Juegos o Mundiales, tampoco nadie de su staff. El proceso de renovación es obvio… y la cuestión es si alguien podrá aprovecharlo o si en este contexto tampoco será posible.
Lawson empieza con las veteranas, eficacia probada: Chelsea Gray, Jackie Young, Howard, Collier y Stewart. En los dos últimos partidos ya ha aparecido la mejor versión de las dos últimas, y todavía no ha tenido que exprimir su genética clutch en momentos decisivos una base carnívora como Gray, una jugadora menos mediática pero excepcional. En cuanto se mueve el banquillo, aparece la nueva generación, el equipo que Bueckers definió como Young and Turnt, jóvenes sobradas de energía.
Un lote de jugadores únicas, ultra mediáticas, que está cambiando el baloncesto en Estados Unidos y que comenzó a hacer cosas importantes en el nivel Sub-17. En el Mundial Sub-19, en el que España fue bronce (con Helena Pueyo, de la Selección actual), estaban Caitlin Clark (la supernova, número 1 del draft de 2024: 24 años), Bueckers (24, uno en 2025), Aliyah Boston (24, uno en 2023) y Howard (uno en 2022). A ellas se suma Angel Reese, otra bomba mediática y una pívot cuya labor defensiva podría ser fundamental en los dos partidos definitivos. Y, por las bajas de Wilson y Plum, Iriafen (23 años) y Sonia Citron (22).
En la actual temporada de la WNBA, por cierto, Clark es líder en asistencias (8,4), Reese en rebotes (12,4) y Howard en robos (2,3) y triples (3,3). En puntos y tapones manda Wilson, la gran ausente. Así que la cuestión no es si son jugadoras extraordinarias: las doce lo son. Es si les puede pesar la inexperiencia, y la presión de un equipo en el que una plata es un fracaso, en un momento de sus carreras en la que la mayoría no tienen todavía ni bagaje en playoffs de la WNBA.
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Del actual roster, solo tres jugadoras han estado al menos en un Mundial: Stewart (busca su cuarto oro y también tiene tres olímpicos), Gray y Kahlea Copper. Eso, la ausencia de Wilson y el aterrizaje en Berlín sin preparación ni partidos amistosos por las apreturas del calendario WNBA, son los rincones en los que se puede hurgar con defensas en zona, mucho físico, acierto en el tiro, atrevimiento, las mínimas pérdidas… jugando un baloncesto perfecto. E, incluso así, puede que no baste. Pero esta vez, al menos, hay una opción. O eso parece, veremos si es solo un espejismo, a las puertas de semifinales.
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