El canto de sirena de las universidades estadounidenses siempre ha sido irresistible. Hablamos de instalaciones de primer nivel, experiencias vitales inolvidables, la opción de compaginar estudios de calidad con buen baloncesto… Innumerables factores positivos a los que se unió, a partir del 1 de julio de 2025, la explotación directa a los jugadores de los derechos NIL (Name, Image and Likeness), que ha permitido a los jóvenes jugadores obtener unas ganancias económicas inimaginables.
El salto es irrechazable para grandes promesas del baloncesto español como Sara Okeke. La madrileña (18 años y 1,93 m) empezará la próxima temporada su etapa universitaria en Southern California tras un año de aclimatación a la vida americana en las aulas y las canchas del DME Academy, un instituto en Florida orientado a facilitar ese paso hacia la educación superior.
“Ha sido un año muy completo en el que he conocido a mucha gente de otros países, me he clasificado para el campeonato nacional, he estado en el torneo de Nike… Me ha gustado mucho”, confiesa la pívot sobre este último año lejos de España. Un paso más hacia el profesionalismo. Un paso más hacia la madurez que ahora tendrá una nueva prueba en los pupitres y pistas de USC.
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Sara Okeke landed her DME Academy squad a spot in the #ChipotleNationals championship 👀🔥
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— SportsCenter NEXT (@SCNext) April 3, 2026
La universidad angelina fue una de las más de 30 que compitieron por hacerse con la prodigio española dentro de un proceso complejo y enrevesado. Desconocido para el gran público. Por eso, desde AS, hemos pedido a Sara y a sus padres, María y David, que nos expliquen cuáles fueron los pasos que dieron para que la canterana del Movistar Estudiantes recalara en las Trojans, donde coincidirá con JuJu Watkins, una jugadora generacional, probable número uno del draft de la WNBA.
Lo primero que nos revelan es que el proceso fue largo. Muy largo. Porque Estados Unidos ya tentaba a Okeke cuando aún no había ni pensado en mudarse a Florida. Entre 2023 y 2024, durante los veranos con la Sub-16 en el Europeo y la Sub-17 en el Mundial, universidades como Columbia y Arizona se acercaron a ella. “Fueron las dos primeras que me llamaron y cuando llegué a DME, el primer mes, siempre había universidades en los entrenamientos”, narra la internacional española en categorías de formación.
La rueda empezó a girar. El cortejo se puso en marcha y con él un torrente de sentimientos. Para ella: “Me ha hecho mucha ilusión, pero también me he agobiado porque quieres decidir el sitio perfecto. Tenía la temporada, estaba en proceso de adaptación… ha sido estresante”. Pero también para sus padres: “Al principio hay algo de miedo porque es una decisión de vida importante y no es una decisión simplemente de basket. Nos lo tomamos muy en serio”, dice David, que confiesa que el reclutamiento de su hija empezó “muy pronto”. “Quizá demasiado. No sabíamos ni cómo conseguían su teléfono. No estábamos preparados en ese momento, hace dos o tres años”.
Sin embargo, esta temporada el escenario había cambiado. Todos estaban listos. Progenitores e hija. Y el juego les ha gustado. “Ahora hemos disfrutado. Ha sido muy bonito y divertido. Lo hemos llevado familiarmente y nos lo hemos pasado pipa”, continúa David, que recalca la importancia de un agente, un representante para adentrarse en ese mundo. “También hay que estar muy encima y tener un poco control de la situación porque hay intereses de todo tipo y por todas partes”. María es de la misma opinión: “Hemos visto que es muy necesario el acompañamiento a las familias. Sin eso tienes mucho más complicado entender qué es lo que te proponen”.
Educar a una estrella
Sara Okeke empezó a despuntar muy pronto en el baloncesto. La pívot llamaba la atención con sus números, su calidad, su presencia… y esos mates que hacía antes de cada partido. Una chica prodigio que no ha parado de dar saltos enormes en su carrera.
“Yo todavía no soy consciente de la estrella que es. Para mí, Sara sigue siendo la misma de siempre”, dice María cuando le preguntamos cómo es tener una estrella en ciernes en la familia. “Es un orgullo y una satisfacción”, continúa David, que tiene otro hijo becado en Estados Unidos por el fútbol.
“Hablamos con ella mucho de humildad. ‘Tú podrás ser muy buena como jugadora, pero si quieres ser recordada y reconocida tienes que fijarte en figuras como Rafa Nadal’. Gente que ha mantenido ese nivel de humildad que les hace únicos. Estoy convencido de que eso le pasará a Sara porque lo tiene muy integrado”.
José Ignacio Pinilla
Ante la avalancha de ofertas, Sara solo tenía dos cosas claras: se debía acotar la lista de candidatos y no alargar demasiado el proceso. Y, para conseguirlo, la familia ideó una especie de Excel con cuatro variables que la pívot debía rellenar. La primera recogía todo lo relacionado con el baloncesto (ránking del equipo, el entrenador, el estilo, el encaje…) y la segunda, las oportunidades académicas. El tercer criterio se basaba en la vida, el clima (“A Sara no le gusta el frío”), si es una ciudad o un pueblo, si es un sitio seguro… y el cuarto y último, el dinero: “Es un mundo que no existía hasta hace poco”.
De esta forma, los pretendientes pasaron de cuarenta a diez y se cruzó a una nueva pantalla: los viajes. Conocer en persona las instalaciones y las propuestas. Igual de complejo, igual de divertido. “Hicimos solo dos viajes porque no queríamos volvernos locos. En las visitas es donde se ve toda la verdad. Preguntábamos, observábamos, pedíamos cosas para ver cómo reaccionaban…”, narra David.
Entre las visitadas, Kentucky: “Todo era impresionante. El entrenador nos dejó obnubilados”, cuenta María, que se sintió mal por saber que no iban a poder disfrutar todo eso con su hija: “Se me saltaron las lágrimas”. También Texas: “El entrenador es mayor, muy estricto… un poco más antiguo. Era todo muy serio”, señala Sara.
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Y al final del arco iris, California y USC. “¿Qué inclinó la balanza? Eso es lo que quiere saber todo Estados Unidos”, comenta divertida la madre de Sara, que da la solución: la combinación de las cuatro variables mencionadas anteriormente. “Cuando vi entrenar al equipo, al staff… se lo pasaban bien, no había rigidez. Se reían. Había una gran conexión con la entrenadora (Lindsay Gottlieb). Además, me veo más en la ciudad…”.
Una decisión personal respetada por sus progenitores. “Tratábamos de no condicionarla. Hicimos un esfuerzo para que ella no supiera cuál era nuestra opción preferida”, relata el padre. “Yo no lo escondía tanto, pero era una opinión de madre y yo le decía a Sara que debía encontrar su sitio. Cuando tomó la decisión y nos la explicó, dijimos, claro: ‘Sé que en este sitio voy a estar bien, pero en este otro creo que voy a estar igual y, además, puedo competir, que es lo que quiero”. “Ellos tenían su opinión y me fío de ellos porque ellos tienen más experiencia. Lo hablamos, intercambiamos opiniones y, al final, llegamos a un acuerdo”, subraya Sara.
El gran elefante en la habitación cuando se habla del deporte universitario estadounidense es el dinero. Tras la explosión de los derechos NIL, muchos jugadores (baloncesto, fútbol americano, gimnasia, natación…) están cobrando cantidades muy elevadas, imposibles de igualar en muchos casos por clubes profesionales, independientemente de su categoría.
“Es abrumador y peligroso. Se puede engañar a muchas jugadoras. Empujan a tomar decisiones que nosotros no hemos permitido. Sara no ha ido a la oferta mayor. Tampoco a la menor. Ha ido al conjunto y pensábamos que era lo justo. Esto no le da para sentarse a dormir, sino que tiene que estudiar, luchar…”, asegura David, que empezará a vibrar y disfrutar con el nuevo capítulo en la carrera meteórica de la brillante Sara.
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