Entre julio y agosto de 2016, Jorge Valdano, delantero y campeón del mundo con el seleccionado argentino en México 1986, imprimió 8.000 ejemplares físicos de su libro Fútbol: el juego infinito en Buenos Aires. Entre todas las temáticas abordadas, hay una que hace hincapié en cómo un club gobierna desde dos polos: lo nuevo (el dinero) y lo primigenio (el manejo de lo sociodeportivo); tiempos donde una institución convive con una divergencia: administrar desde el sostén económico (superávit financiero, intercambio e inversión material, margen de maniobra en mercado de fichajes o construcción de infraestructuras) y también desde el sostén tradicional (lo que se reproduce en actividades societarias, la prosperidad deportiva, la tradición de juego histórica del club desplegada en cancha, competir y obtener resultados).
“Hay dos órbitas que se diferencian con claridad. Entre los dos hay tensiones porque son dos mundos distintos. Siempre los he diferenciado como si se tratara del juego y el negocio”, sostiene Valdano en uno de los fragmentos de Fútbol: el juego infinito. Ese estado de pugna presenta dos escenarios que se disocian: el negocio desde los fichajes, el marketing y los números fríos, por un lado, y el juego desde lo azaroso, lo incierto, lo primitivo y la destreza humana y colectiva, por otro.
En el seno del fútbol argentino existe un equipo que se desplaza entre estos dos mundos. El equipo en cuestión es River. Un club que tiene un universo empresarial que se espeja en su caudalosa billetera, en la inversión de casi 70 millones de dólares durante el mercado de fichaje invernal, en compras de impacto y jerarquía como Ángel Correa, Otamendi y Thiago Almada, en la venta de camisetas con sus nombres estampados por detrás, en la venta de juveniles con una trayectoria prematura en Primera (Echeverri, Mastantuono o Freitas) o en la continuidad de la remodelación del estadio Monumental, a través de la ampliación del techo circular.
Frente a este mundo empresarial, Valdano asegura que “si toma el mando la parte financiera, los jugadores terminan siendo instrumento de marketing”. Yo le sumo a esa frase el concepto instrumento mediático. En River, representado en los jugadores que fueron apartados del plantel de Primera y que entrenaron en el Predio Cantilo, hasta encontrarles un nuevo club como destino. Jugadores que pasaron a ser un bien de cambio y, como recalca el autor de Fútbol: el juego infinito: “deportistas apartados de su equipo y de su tarea”.
De esta manera, Valdano explica un rasgo que debe mantenerse en equilibrio con el mundo financiero: “Siendo ejecutivo del Real Madrid, alguna vez me he sentido como el cuidador del Parque Jurásico, tratando de defender la esencia del fútbol y que la economía no desplace fatalmente al juego. Hasta que las dos miradas no confluyan, será difícil salir de esa dinámica malsana”. Asimismo, el juego tiene sus reglas que conforman el acontecimiento futbolístico durante un partido, y que debe tramitarse con el área de gestión dirigencial de un club: conocer el plantel, qué concepción de juego se busca desplegar, qué roles y posiciones están cubiertas y aún faltan, qué perfil y características tiene cada jugador, cómo actúan ante determinados contextos, qué jugadores son propensos a lesionarse y cómo compensarlo, qué proyección tienen los juveniles, etc.
En esa idea de que el fútbol tiene sus propias pautas, pensamos que es un péndulo que se mueve de un lado hacia el otro; es previsible y genera consecuencias imaginadas, y al mismo tiempo no comparte la lógica “dos más dos es cuatro”. Es infinito. River compró, pero eso no tejió, como acto inherente, una avanzada deportiva espontánea. El fútbol tiene esa quinta esencia, a la que no llega el dinero. Es eso que pasa cuando tu juego se torna rígido y no lográs crearle amenazas al rival; cuando el contrario te ofrece espacios y no los capitalizás por falta de flexibilidad creativa; cuando lográs imponerte al otro y aun salís del campo frustrado por la derrota; cuando jugás partidos que por merecimiento no tendrías que haber perdido, pero perdés igual, como contra Central y Tigre; cuando superás a Vélez 2 a 0 por la fecha seis del Torneo Clausura y terminás empatando; cuando obtenés la victoria ante Banfield por la fecha siete, ganando 2 a 0 en el primer tiempo y finalizando el encuentro 3 a 2, sosteniendo esa carga del sufrimiento; o cuando tu arquero, Santiago Beltran, tapa tres remates en una tanda de penales para intentar clasificar a los cuartos de final de la Copa Sudamericana y en el momento que llega su turno de rematar lo falla por arriba del travesaño.
El fútbol tiene caminos sinuosos, que hay que estabilizar. Comprar talento nos puede acercar al éxito, pero lo que se termina revelando en la superficie es que este deporte tiene más de un factor que se debe compensar para incrementar la fiabilidad de un equipo: técnica individual y colectiva, fundamentos de juego, versatilidad, reducción del margen de error, concentración, fortuna, etc.
El universo futbolístico de River merodea entre vaivenes. Es un equipo que alterna alegrías momentáneas cuando se enciende el sistema de recuperación rápida de la pelota o la fabricación de juego desde los pies de sus jugadores más creativos, con desatinos, pérdida de control, inminente llegada del hecho trágico o el tropiezo que se manifiesta. Hoy por hoy, su transición se basa en conciliar su fase de juego y dotarlo de persistencia.
Un camino donde el polo financiero y deportivo de River sean lo más consecuentes posible el uno con el otro.

