La jugada del encuentro ante los ingleses hubiese transcurrido más o menos así: Maradona salta frente a Shilton, estira el brazo, da un puñetazo y la pelota entra al arco. Diego sale corriendo hacia la línea lateral para festejar mientras el árbitro convalida el gol. Argentina grita. Pero por unos pocos segundos. El VAR llama al árbitro y la jugada se repite desde distintos ángulos.
Si todavía quedaran dudas, ahí estarían el sensor de la pelota, la cámara subjetiva del árbitro y toda la artillería tecnológica disponible para reconstruir la acción hasta volverla indiscutible. El árbitro comunica al estadio Azteca y al mundo entero la mano del “genio del fútbol mundial”. Gol anulado. Argentina 0– Inglaterra 0. No habría “mano de Dios” ni tampoco una de las mayores épicas futboleras argentinas.
Cuarenta años después de México’86, es evidente que la cada vez mayor intervención tecnológica en el fútbol genera nuevas formas de juego y expectación deportiva.
Lo dijo ya Marshall McLuhan en su libro de 1964 Understanding Media: The Extensions of Man, “el medio es el mensaje”. Muchos años después de esa publicación, podría decirse que el modo en que se está transmitiendo el fútbol hoy termina siendo más importante que los propios partidos, alterando la percepción, el pensamiento e incluso la estructura social misma. Por momentos, el mensaje es la tecnología narrándose a sí misma. Lo novedoso es que estos nuevos dispositivos no intervienen solamente para impartir justicia u optimizar el rendimiento, sino para crear nuevas formas de consumo en un público nativo digital, que pivotea entre el gamming, las utilizaciones verticales y la vida real.
La intervención tecnológica en el deporte no es nueva. Durante la Guerra Fría, la ciencia aplicada al campo deportivo fue la prolongación de la carrera armamentística: laboratorios, biomecánica y dopaje de Estado para fabricar mejores deportistas y demostrar supremacía ideológica. La obsesión era moldear el cuerpo que competía.
Esa carrera se transformó y se descentralizó. Ya no responde a bloques político-ideológicos, sino a una industria global -clubes, plataformas, broadcasters y redes sociales- que busca sistemáticamente intervenir sobre un nuevo sujeto: el espectador.
El ejemplo de la Messi Cam
A partir del ecosistema de transmisiones de la MLS y Apple, algunos partidos ofrecieron una cámara destinada a seguir a Lionel Messi prácticamente durante todo el encuentro, con experiencias pensadas además para plataformas como TikTok.
Esta especie de “Gran Hermano” que recae sobre Messi inaugura nuevas formas de narrar el fútbol y atraer audiencias. A la televisación intermitente del ídolo, se le impone un relato constante de sus gesticulaciones, pausas, explosiones, genialidades y cansancios. La idea parece apenas una curiosidad tecnológica, pero supone un cambio bastante más profundo.
Durante décadas se miró fútbol de una manera relativamente sencilla: una única transmisión elegía qué mostrar mientras millones de personas veían el mismo partido. Sin embargo, la Messi Cam rompe ese pacto. Ya no hace falta mirar el partido para ver a Lionel. Se puede mirar al “GOAT” los 90 minutos de juego y, alrededor suyo, dejar que transcurra el partido. La diferencia no es nada menor: el fútbol empieza a adoptar la lógica de las plataformas y redes sociales: contenidos individualizados, fragmentados, verticales, breves y potencialmente viralizables. Para cada público, un producto perfectamente diseñado.
La tecnología que, durante décadas, buscó intervenir sobre el cuerpo que competía ahora reconfigura también el ojo que mira. La hiperconectividad llegó al deporte con la misma promesa que a casi todo lo demás: darnos exactamente lo que “queremos”, “cuando queremos” y de la forma “en que queremos consumirlo”. Del VAR a las cámaras subjetivas de los árbitros, de la Messi Cam a los sensores en las pelotas, alrededor del partido empieza a construirse otro encuentro. Una microhistoria dentro de la historia mayor. Y así, los deportistas, al igual que los jueces, se convierten en algo más que protagonistas: son también una interfaz, sujeto y medio a la vez, redefiniendo la forma de ver fútbol en una virtualidad saturada de estímulos, y en la que toda innovación está condenada a ser reemplazada.
En este marco de búsqueda sistemática de contenidos individualizables por medio de la tecnología, la cancha, en tanto espacio de comunión popular, termina siendo un bastión de resistencia, de vivencia social real, menos mediada, un lugar donde la experiencia sigue siendo inevitablemente colectiva, imperfecta… humana.
Con estas irrupciones tecnológicas, la célebre frase de Maradona: “Lo hice un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios”, no hubiera existido. Ese era otro fútbol; ese era otro mundo.

