Diego Poncelet (27 años) es el ‘hombre bala’. El hombre que, el 22 de septiembre en la Route du Port, en Les Éboulements, Canadá, puso su monopatín a 151,83 km/h para batir el Récord Guinness de velocidad sobre una tabla de skate. El vídeo del reto de Red Bull da escalofríos verlo. Pero el nerviosismo se aplaca cuando el protagonista, calmado, filosófico y con un discurso fuera de lo común, cuenta, ya en Madrid, lo que sintió. Nacido circunstancialmente en México, criado en Mallorca, ciudadano del mundo en busca de carreteras locas y doble campeón mundial de downhill (descenso), elegiría a Giuseppe Verdi como banda sonora de su hazaña. Poncelet, un loco muy cuerdo.
-¿Qué sintió al circular a 151,83 km/h?
-Es muy difícil de describir con palabras. Es una sensación de presencia contigo y tu entorno que es imposible de encontrar en otros lugares. Es algo que tienes que dejar que ocurra. Si estás demasiado consciente, pueden cometer errores. Hay que confiar en el sabio que tienes en la cabeza, que es tu inconsciente porque él lo puede conseguir. Cuando bajaba muy bien, el aire fluía perfectamente alrededor mío y había cierta tranquilidad. Cuando me levantaba al final es cuando sentía la violencia del viento y parecía que iba a salir volando.
-¿Con qué lo compararía?
-Me di cuenta de que cuando la bajada era perfecta me convertía en algo así como un capullo de flor, con el viento perfecto pasándome por encima. Como una gota de agua cayendo, que es la forma más aerodinámica del mundo, porque la esculpe el viento. Yo sentía eso. Cuando me venía el viento de frente o de costado, sí que tenía miedo porque no me permitía moverme.
-¿Llevaba mucho tiempo con el récord en la cabeza? ¿Era una obsesión?
-¡Unos 14 años! Desde que comencé a patinar tenía el sueño de ser el patinador más rápido del mundo. Y desde hace varios trabajaba específicamente en este proyecto, que era muy difícil por dos cuestiones: cuando se batió el récord anterior (Peter Connolly en 2017 con 146,93 km/h) el viento era muy favorable y, dos, el asfalto se había ido deteriorando y no sabía si se podría patinar en esa carretera. Además, tuvimos que desarrollar muchísimos apéndices aerodinámicos en mi cuerpo y en mi tabla para poder llegar ahí.
-¿Cómo fue esa búsqueda del escenario?
-Como me habían dicho que esa carretera ya no se podía patinar, fui buscando por todo el mundo. Pero no encontraba ninguna con ese nivel. Es que esa carretera no tiene sentido, con esa pendiente tan prolongada durante tanto tiempo es peligrosa hasta para los coches. De hecho, ha habido muchos accidentes. Hubo un momento en el que ya fui consciente de que no encontraría algo así, porque nadie construye eso. Hubo que buscar una solución para luchar contra los baches, pero lo conseguimos.
-¿Dónde está el límite?
-¿Qué pasaría si pudiésemos construir una carretera? Es lo que me pregunto… Igual así podríamos alcanzar los 180 km/h. Ahora, el límite está en el momento en el que no te puedes mantener en posición y saldrías volando. Y creo que está en esos 180.
-¿Y se plantea averiguarlo?
-¡Me encantaría! Pero tendría que encontrar una carretera muy ancha y perfectamente recta. Por eso, es poco probable.
-¿Cómo se entrena el downhill?
-Cuando entrenamos en una carretera abierta, hay alguien por delante de mí conectado con un walkie y me va cantando si está libre. ¡En Mallorca también hay que tener cuidado con las cabras! Siempre muy temprano y en momentos de muy poco tráfico. El sistema siempre ha tenido éxito. En eventos como estos, se cierra la carretera, claro.
-Para mejorar, casi hay que ser un ingeniero también, ¿no?
-Sí, a mí me gusta mucho este deporte porque lo comparo con la Fórmula 1 de los años cuarenta o cincuenta cuando quedaba todo por descubrir y el deportista se convierte también en el ingeniero. Así, por ejemplo, hemos probado un carenado de fibra de carbono en la tabla.
-¿Cómo puede aguantar un monopatín esa velocidad?
-¡Tengo una obsesión que es siempre comprobar que las ruedas están bien apretadas! Me ha pasado de perder alguna en un descenso… y en el intento de récord no era una opción. Al final, un monopatín es bastante prehistórico: una tabla de madera con cuatro ruedas de plástico, bastante accesible. Lo único que nosotros lo llevamos a un nivel muy extremo.
-Uno no se deja caer por esa pendiente y a esa velocidad por dinero. ¿Qué le impulsa?
-La pasión. Yo no he elegido esto, sino que tengo la necesidad de comprobar mis límites. Tenía una curiosidad enorme por sentir algo que nadie había sentido.
-¿De qué otros deporte ha bebido?
-De un lado, estaba el sueño de un niño de ser campeón de Fórmula 1 y de otro, el amor al deporte rebelde del skate. Y junté todo en el downhill skate (descenso) pero con la búsqueda de la perfección que conlleva la Fórmula 1. Con la familia Red Bull he podido probar otras cosas y conocer a deportistas tan locos como yo.
-¿Cuando calcula el riesgo y algo no le cuadra, para y no se lanza?
-(Piensa) Siempre he creído en que hay que buscar también los límites cuando uno no se siente bien. Por ejemplo, entrenaba enfermo porque el día de la competición también me podía pasar. Pero a la vez sí que tienes que tener claro algunos límites. Por ejemplo, en este récord encontré rachas de viento de lado que podía facilitarlo, pero era tan loco, la tabla me hacía cosas tan raras, que decidimos esperar. Tuve esa madurez.
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-¿Qué es para usted el peligro?
-En el peligro encuentro algo positivo. El miedo para mí es algo que hay que transformar en un aspecto positivo, no dejar que nos pese y entender que es algo con lo que hay que relacionarse toda la vida. Me gusta mucho a nivel filosófico la idea de pensar y vivir peligrosamente, unir esas dos cosas.
-¿Qué recuerdos hay en su cuerpo de los descensos?
-Muchos. Yo digo que las cicatrices son mis tatuajes. Puedo verlas y pensar ¡qué buen recuerdo! Es como un mapa. También las ha habido difíciles, pero es parte del juego. Cuando me pasa algo, aunque haya sido durísima la caída, intento estar agradecido de que me haya pasado porque dentro de diez años quiero mirar atrás y pensar que fue la raíz de algo nuevo. Tengo un amigo en una silla de ruedas por un accidente patinando y cuando despertó del coma dijo: ‘¡Ahora soy mi versión 2.0!’. Eso es lo que a mí me interesa más.
-Le gusta mucho la música. ¿Qué sintonía le pondría al récord?
-Música clásica. Mi favorito es Bach, pero elegiría Verdi, la Messa (da Requiem), que es preciosa. Es muy grandioso Verdi, metiéndolo con patines es algo muy épico. Ya hice un cortometraje con un amigo patinando en el que utilicé esa música, porque transmite muy bien lo que somos nosotros.
-¿Ha sentido la sensación de vacío, como ocurre con los deportistas cuando logran el oro, cuando hizo el récord?
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-¡A los diez segundos! Me dije, ¿y ahora qué? Porque se acababa una obsesión muy grande, de mucho tiempo, e iba a tocar reenfocar y pensar en lo próximo. Ahora intento recordar esa sensación increíble. Ya habrá más.
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