Nadie quiere a Russell Westbrook. La NBA ya ha superado la primera oleada del mercado de agentes libres y el base de 37 años sigue sin equipo. Ni siquiera ha despertado un interés real entre las franquicias y todo apunta a que tendrá que esperar hasta el final del verano para resolver su futuro.
Sin embargo, en una liga que vive del relato y la polarización, quizá lo más llamativo es que su situación apenas genera conversación. Los aficionados no esperan con interés conocer su próximo destino y las gerencias tampoco parecen pendientes de su caso.
Es la cruda realidad de un jugador que encadena dos contratos por el salario mínimo, que ha pasado por siete equipos en los últimos siete años y que la temporada pasada terminó perdiendo su sitio en la rotación de los Sacramento Kings. Ya en el verano de 2025 tuvo que esperar hasta el 15 de octubre para encontrar equipo, una fecha muy poco habitual para un agente libre de su trayectoria. En 2026, todo indica que volverá a recorrer el mismo camino.
Los rumores sobre su futuro son escasos, otro síntoma de la pérdida de relevancia que ha sufrido. Aun así, Westbrook tiene clara una cosa: solo quiere seguir jugando en la NBA. Según Marc Stein, el MVP de 2017 ni siquiera contempla ofertas del extranjero y mantiene como única prioridad continuar en la liga estadounidense. Si lo consigue, Washington y Miami aparecen como el destino más probable.
¿Por qué nadie lo quiere?
A primera vista resulta difícil de entender. La temporada pasada disputó 64 partidos, fue titular en 58 y promedió más de 15 puntos y seis asistencias con los Kings. Un año antes, con Denver Nuggets, recibió votos para el premio al Mejor Sexto Hombre de la temporada. Lo mismo ocurrió tres años atrás con los Clippers, cuando volvió a aparecer entre los jugadores de banquillo más destacados de la NBA. Si solo se observan sus números, cuesta explicar por qué sigue sin equipo.
La respuesta está en su estilo de juego. Westbrook necesita el balón para ser productivo y, hoy por hoy, casi ningún equipo está dispuesto a dárselo. Las franquicias quieren que la posesión pase por las manos de sus estrellas y rodearlas de jugadores que complementen su juego, ya sea creando espacios o castigando las ayudas defensivas. El veterano base ya no encaja en ninguno de esos perfiles.
Por un lado, sigue necesitando una cuota muy alta de protagonismo. En las tres últimas temporadas ha mantenido un porcentaje de uso superior al 24%, una cifra propia de una segunda espada. De hecho, el curso pasado lideró a los Kings en este apartado con un 25,2%. El problema es que su producción ya no corresponde al volumen de juego que demanda.
No genera ventajas como una estrella y, por eso, 421 jugadores fueron más eficientes que él la pasada temporada. Además, sigue siendo un jugador propenso al error: terminó como el sexto jugador de la NBA con mayor porcentaje de pérdidas (18,5%). Tampoco destacó por su eficiencia anotadora. Fue el 120.º en porcentaje de acierto y el 189.º en true shooting, una estadística que mide la eficiencia teniendo en cuenta tiros de dos, triples y tiros libres.
Pero el problema no termina ahí. Westbrook tampoco ha demostrado ser capaz de rendir sin balón. En parte porque nunca ha tenido que hacerlo y, en parte, porque sus cualidades no encajan con ese rol. No es un anotador de pocas posesiones: la temporada pasada necesitó 13 toques de balón para convertir cada canasta. Tampoco ofrece el espaciado que buscan los ataques modernos. En 18 años en la NBA nunca ha alcanzado el 35% de acierto en triples, una limitación importante para un jugador que pasa tanto tiempo lejos del balón cuando no dirige la ofensiva.
A todo ello hay que sumar dos factores más: la edad y la reputación. A sus 37 años ya no posee el físico que durante tanto tiempo compensó sus limitaciones técnicas. Además, su personalidad siempre ha generado división.
Cuando los Los Angeles Lakers lo traspasaron en 2023, el periodista Dave McMenamin, de ESPN, reveló que una fuente interna del vestuario describió su salida con una frase demoledora: habían “eliminado a un vampiro del vestuario”, insinuando que Westbrook absorbía la energía y afectaba a la química del equipo.
Dos años después, durante los Playoffs de 2025 con los Denver Nuggets, ESPN informó de una fuerte discusión a gritos entre Westbrook y Aaron Gordon tras la derrota en el segundo partido de una serie. Aunque un enfrentamiento puntual no define necesariamente a un jugador, el episodio alimentó una narrativa que lleva años persiguiéndolo: la de un jugador difícil de encajar dentro de un vestuario.
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Y en una NBA en la que cada vez se valora más a los jugadores capaces de adaptarse, aceptar un papel secundario y potenciar a las estrellas, Westbrook representa justo lo contrario. Quizá ese sea el verdadero motivo por el que, a estas alturas del verano, sigue esperando una llamada.
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