La temporada 2026-27 está a punto de ponerse en marcha y lo hará, en España, con cambios radicales que afectan a un Valencia Basket (el campeón de Liga), profundamente transformado y a Real Madrid y Barcelona, dos equipos que han elegido ser muy diferentes a la última versión que conocimos de ellos, la de un curso pasado en el que ninguno de los dos arañó títulos. Algo insólito, que obligaba a retroceder veinte años para encontrar precedente y que hace que lo vamos a ver en breve, en unas pocas semanas, se va a parecer poco a lo último que pusieron en pista los gigantes del baloncesto español. Uno, el blanco, en una transición que se alarga y el otro, el azulgrana, metido en las profundidades de la búsqueda de una nueva identidad prácticamente integral.
Curiosamente, agosto se asoma a su última semana y a los dos les queda, o eso parece, trabajo. Algo que, en todo caso, no es inhabitual en un baloncesto europeo cuyo mercado está totalmente fuera de control (fichajes, cesiones, jugadores que saltan de equipo más de una vez en cuestión de semanas, proyectos que emergen y otros que se hunden…) y que hace tiempo que se acostumbró, por ejemplo, a esperar con paciencia franciscana a que la NBA ponga su pretemporada en marcha y las franquicias vayan haciendo, un goteo del que todos están muy pendientes en este lado del Atlántico, sus últimos descartes.
Pero sí es interesante que la pieza que falta es, en los dos casos, trascendental. El Real Madrid sigue sin cerrar el fichaje de un escolta anotador, generador de puntos. Un perfil que no sabido cubrir en los últimos años, con pinchazos colosales como Xavier Rathan-Mayes, y para el que en el último mes y medio han vuelto a sonar muchísimos nombres: Armoni Brooks, por ejemplo, saltó de Milán a Lyon pero los problemas económicos del ASVEL lo pusieron de nuevo en el mercado y acabó, cedido (sí, el mercado Euroliga se ha vuelto loco) en el Valencia Basket. Lonnie Walker IV (el número ya es casi una referencia al número de veces que ha estado en el radar blanco) firmó un contrato como meritorio con Denver Nuggets. Así que esa tarea sigue pendiente porque el ucraniano Max Shulga no es exactamente ese perfil, aunque es un exterior con excelente muñeca, y no está contrastado en el baloncesto europeo. Los días pasan, el Real Madrid espera y se abre la puerta a que no haya ninguna contratación, por ahora, y que Timothe Luwawu-Cabarrot acumule minutos swingman (escolta-alero). El francés es un tres más puro, pero puede encajar en ese rol en el sistema de Pedro Martínez.
El Barcelona ha dado la vuelta totalmente a su plantilla pero no tiene, a priori, el pívot titular que buscaba. Uno con galones, de mucho peso específico. Moses Wright, fichado y que encajaba como un guante en ese rol (uno de los mejores en su puesto en la pasada Euroliga, con Zalgiris), pagó su cláusula sin pisar siquiera Barcelona (mercado loco, prácticamente roto) y se marchó a Milán. Así que, otra vez, el equipo mira a Estados Unidos, espera… y deja una puerta abierta a no fichar que haría que su revolución quedara un tanto incompleta, coja en una posición fundamental. Nick Richards es un sueño lejano porque parece a puto de firmar con Miami Heat. Y se habla de opciones NBA variadas, de albañilería y sudor (Drew Eubanks) o de finura y recursos (Skal Labissiere).
Unos banquillos muy calientes
Donde los dos sí coinciden es en una revolución en el banquillo que, en ambos casos, apunta a un baloncesto mucho ágil, veloz y de ritmo alto. Es un cambio drástico porque ese no es el sello de los que han salido, dos entrenadores de pizarra y control con, además, muchísimo peso emocional: Sergio Scariolo en Madrid y Xavi Pascual en Barcelona. A la capital llega Pedro Martínez, la culminación de un viaje maravilloso que no parecía destinado a hacer parada el Movistar Arena; y a Barcelona Aleksander Sekulic, que tiene mucho que demostrar en un puesto de altísima presión y que agota el crédito que ganó, ya ha llovido, con aquella Eslovenia irreverente y arrolladora que maravilló, y se colgó el oro, en el Eurobasket 2017. La de, claro, el mejor Goran Dragic y el primer Luka Doncic. Y Anthony Randolph, un Klemen Prepelic en ebullición…
El banquillo da identidad, es obvio. Y ambos, cada uno a su manera, necesitan recuperarla. En el Real Madrid la inestabilidad ha acabado siendo un hecho, inesperado, después de más de una década de ultra exitosa era Laso. Chus Mateo, una opción continuista porque salió del equipo de trabajo del vitoriano, solo aguantó tres años a pesar de que ganó todo, incluida una Euroliga al primer intento. Pero la apuesta por Sergio Scariolo fue tan descomunal que parecía imposible que en un año llegará otro órdago de tanta magnitud como el aterrizaje de Pedro Martínez tras ganar la Liga con el Valencia. En todo caso, el barcelonés será el tercer técnico en tres años de un Madrid que también ha detonado su transformación organizativa. El nuevo núcleo modernizador que había empezado a definir Sergio Rodríguez con un equipo de trabajo en el que estaba, por ejemplo, Martynas Pocius, fue víctima de un deseo de regresar al pasado con la vuelta de Juan Carlos Sánchez, que llevaba meses de nuevo muy cerca, como asesor, de Florentino Pérez.
En el Barcelona, la vuelta de Xavi Pascual tenía que cerrar la herida que se abrió con la salida de Sarunas Jasikevicius, un asunto trágico que puso en marcha la época de ajuste de cinturones en el Palau. Unas vacas flacas con las que han lidiado Roger Grimau, Joan Peñarroya y, durante unos meses de final terrible, un reinicio dorado que no fue, Pascual. Sekulic será el cuarto entrenador, por lo tanto, en cuatro años.
Las expectativas, que siempre son máximas en ambos lados del puente aéreo, han tomado caminos divergentes en los últimos tiempos: el Real Madrid sigue siendo un obvio aspirante a ganarlo todo, incluso con cantes tan obvios que el del curso pasado. El Barcelona, metido en la gran crisis de la historia moderna de la sección, necesita subir otro escalón antes de volver al de primer rango en Europa porque ha bajado demasiados en tres años terroríficos, sin títulos. Si el Madrid puso sus despachos en manos de Sánchez, eficacia probada en su anterior etapa, el Barça se regenera sin Juan Carlos Navarro, cuya condición de mito del club (y del baloncesto español) ya no tapaba sus errores de planificación. Con, eso sí, las manos atadas por las reducciones de prepuesto y, en general, el abandono institucional de la sección. El nuevo es Xevi Pujol, un directivo de solo 36 años que llega con ideas nuevas y claras, un currículum al que ya puede sacar brillo tras su excelente paso por Manresa y Vitoria e, imaginamos, el mandato de reconstruir al Barcelona… en el medio plazo. Hay, insisto, demasiada zanja que cubrir para hacerlo de una sola palada.
Muchos fichajes en los dos bandos
Con la inestabilidad vienen, claro, los cambios en las plantillas. Para esta nueva temporada, el Real Madrid ha hecho siete contrataciones que serían ocho si llega un escolta. Ese dato da por hecho el fichaje del pívot Damian Jones, que está jugando la final de la Liga de Puerto Rico. Los otros son Jaime Pradilla, los ya citados Luwawu-Cabarrot y Shulga, Mikael Jantunen, Olivier Sarr y un Eli Ndiaye que regresa al equipo del que salió hace un año para probar suerte en Estados Unidos. El Barcelona sube la apuesta: si se da por hecha la llegada del interior Yoan Makoundou, que todavía no se ha hecho oficial, serían diez nuevos… a falta del pívot. Básicamente, una rotación completa: ya están atados Justin Robinson, Umoja Gibson, Agustín Ubal, Tyrese Martin, Stanley Umude, Tosan Evbuomwan, Olek Balcerowski, Olivier Nkamhoua y Josh Nebo. Así que son 17 fichajes que podrían ser 19 entre los dos, Madrid y Barcelona. De nuevo, algo insólito.
La continuidad, eso sí, es mayor en un Real Madrid que apunta a superávit en plantilla: en el Barça la limpia es total y solo continúan Kevin Punter, Darío Brizuela, Joel Parra y Juan Núñez. Se han ido diez jugadores, seis de ellos después de solo una temporada en el equipo: Tornkie Shengelia, Will Clyburn, Nicolas Laprovittola, Youssoupha Fall, Tomas Satoransky, Willy Hernangómez, Jan Vesely, Miles Norris, Myles Cale y Juani Marcos. En el Real Madrid no se mueven Facundo Campazzo, Sergio Llull, Andrés Feliz, Alberto Abalde, Chuma Okeke, Gabriele Procida, Theo Maledon, Usman Garuba, Gabriel Deck y Edy Tavares. Diez del curso pasado, si bien Garuba se perderá la temporada entera (o casi) por la lesión del tendón de Aquiles que sufrió en mayo, en la Final Four de Atenas. Aún así, jugadores como Procida y Ndiaye podrían acabar cedidos.
De los fichajes de la pasada temporada, se han ido Izan Almansa, que tuvo más protagonismo en el equipo de la Liga U22 y que regresa a EE UU para intentarlo otra vez, ahora en la NCAA, y Trey Lyles, que tuvo momentos brillantes (también otros insípidos) pero ha regresado a la NBA (Minnesota Timberwolves) después de su año en Madrid.
El Madrid viene de un año en el que hubo hasta nueve incorporaciones: Procida, Kramer, Maledon, Okeke, Lyles y el carrusel de interiores al que sumó de forma residual Almansa. Cuando se fue Bruno Fernando llegó (a finales de octubre) Alex Len. Cuando se acumularon las lesiones de forma dramática en la rotación de pívots, se contrató de emergencia a Omer Yurtseven (mediados de mayo) y Mady Sissoko, que aterrizó en junio para los playoffs pero solo jugó tres partidos porque el Madrid dio, el último clavo en el ataúd de Scariolo, el gran petardazo contra La Laguna Tenerife, en cuartos.
Así que es un carrusel de 16 jugadores, que podrían ser 17, en una temporada y pico, algo nada habitual en un Real Madrid definido muchos años por la estabilidad y que trata de reconstrucción ese principio del núcleo duro que se rompió con la salida de los Rudy, Sergio Rodríguez, Causeur… De los nuevos referentes, Mario Hezonja ha estado cuatro años en el equipo pero ha optado por probar suerte en la NBA, de donde salió tras una etapa muy frustrante en 2021. En el verano de 2024, ya en pleno cambio de ciclo y con la obligación de buscar suplente de Tavares tras el adiós de uno premium, Vincent Poirier, comenzó el movimiento masivo en un Real Madrid que espera construir ahora, con Pedro Martínez, el armazón de algo, otra vez, verdaderamente sólido.
Un Barcelona que elige el vértigo
El Barcelona hizo seis fichajes hace un año (Tornike Shengelia, Willy Clyburn, Juani Marcos, Myles Cale, Miles Norris y el recuperado Youssoupha Fall) y todos están fuera de un equipo con nueve altas que están a punto de ser diez y que podrían acabar en once si llega un pívot. También, como el Madrid, con la opción de 17 movimientos entre una temporada y la planificación de la siguiente. Una barbaridad para un equipo ya había hecho cinco un año antes (Punter, Núñez, Justin Anderson, Chimezie Metu y la primera llegada de Fall) y en el que solo quedan Brizuela y Parra del equipo que cerró el curso 2023-24, el primero (el de Roger Grimau) de este tramo post Jasikevicius que por ahora ha sido un desastre.
El Barça ha optado por apuestas que traen más juventud (una necesidad terriblemente obvia), físico, músculo… será un equipo totalmente distinto que, a priori, cambiará el control férreo del juego, el ritmo controlado y los ataques masticados por el vértigo y el ritmo que le gusta a Sekulic (insisto, un entrenador con mucho que demostrar) y que, o eso parece, casa de maravilla con una plantilla en la que casi todo son incógnitas por la adaptación, en algunos casos a Europa y en otros al primer rango de la Euroliga.
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Una reconstrucción profunda
Pero en principio, y aunque tendrá difícil estar entre los cuatro o cinco mejores de la gran competición, el Barça será un equipo intenso, que ha perdido materia gris en la dirección pero ha ganado puntos en el juego de bases (Robinson, Gibson), muelles y energía por encima del aro (sin casi recursos en el poste) en la rotación interior para jugar mucho pick and roll central y físico y versatilidad en las alas (Martin, Umude, Evbuomwan…). Caras nuevas, estilo nuevo, virtudes y defectos invertidos en un proyecto que necesitaba un electroshock y que, al menos, nace con ilusión y aire fresco. Con, siempre a priori, menos rango que el nuevo Real Madrid de Pedro Martínez pero también una historia totalmente nueva, por estrenar. Puntos en común, diferencias abismales pero, sobre todo, un Madrid y un Barça totalmente reconfigurados y obligados a funcionar.
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