Delos D. Herriman, el hombre que vendió la luna en el relato de Robert A. Heinlein, visto hoy con perspectiva un obvio hijo de su tiempo (1950, en pleno espasmo de todo lo estadounidense, sistema económico referencial incluido, tras la Segunda Guerra Mundial), ha acabado siendo una buena metáfora de mucho de lo peor del híper capitalismo salvaje que muta hacia feudalismo tecnológico en unos tiempos que Heinlein, cuya oda se puede invertir hacia la crítica de un régimen cada vez más cruel, dibujó con las trazas más reconocibles de la ciencia-ficción de su época, la clásica, pero con metáforas perfectamente válidas y que permiten el citado asterisco. Lo que él aplaudía, y sobre lo que construía un personaje (más bien plano) que le resultaba apasionante, ahora se puede usar como advertencia de algo sobre lo que ya no hace falta avisar: ya está aquí. La cuestión es quién sobrevivirá, y cómo: Herriman era un multimillonario hecho a sí mismo, eufemismo que retrata a un perfil que por desgracia ya conocemos bien. Más allá de romanticismos cogidos con alfileres, y casi siempre absurdos, nos sabemos de memoria casi todos los puntos en común que comparten las historias de gente muy rica y muy (muuuy) hecha a sí misma.
Recuerdo que en mi imaginación, el hombre que vendió la luna, o el mundo (una imagen muy poderosa también para los que no sabemos nada, o casi nada, de la carrera de David Bowie), era una especie de Milburn Pennybags, el personaje clásico del Monopoly, con su bigotón, su chaqué y su sombrero de copa. Que caminaba a saltitos y era capaz de convencer a quien fuera de lo que fuera; una versión sofisticada y bondadosa del vendedor de crecepelo del Far West. El Monopoly nació como crítica al sistema capitalista, o eso he creído siempre. Pero los personajes que son capaces de vender el mundo son más herederos de Delos D. Herriman que de Milburn Pennybags. Tal vez, de hecho, ya lo han vendido. Con nosotros dentro.
Y también, o eso parece, se están metiendo de lleno en la NBA. Algo lógico en cuanto la competición empezó a ser rentable de verdad, un asset. A partir de ahí, la cuestión suele ser si el círculo vicioso que se pone en marcha (entra gente muy rica, se mueve mucho dinero, entra gente todavía más rica, se mueve todavía más dinero) acaba o no en burbuja, y la actual inflación galopante del valor de las franquicias parece un síntoma obvio. Y, en caso de que sea así, si la explosión de esta, porque siem-pre-ex-plo-tan, se lleva por delante muchos pedazos de lo que todavía sigue siendo una competición de baloncesto, la mejor del mundo. Esto obliga a preguntarse también si a quienes empiezan a controlarla por mayoría cada vez más aplastante lo tienen igual de claro. O si, como mínimo, les importa. Y con cuánta habilidad bailará Adam Silver sobre un alambre que siempre genera una barbaridad de beneficios para todos en el corto plazo y, simplemente por eso (los hombres que venden la luna), hace que sus protagonistas parezcan mucho más listos de lo que a veces (no pocas) se acaba demostrando que son.
Parece que Silver ha abrazado una idea en la que fondos de inversión y grandes fortunas circulan por la NBA con una libertad que empieza a resultar pasmosa: hay fuego en los Lakers, humo en unos Blazers que podrían salir de Portland, cositas en los Suns desde que Mat Ishbia los compró después de intentarlo con otras franquicias, rumores de toda clase con la puja por la chincheta de Las Vegas… Veremos. Se puede, sin esfuerzo, observar cómo se está normalizando, por desgracia, el hacer negocio con el mundo de las apuestas y cómo se avanza hacia un marco mucho más desregularizado para esos fondos. El proyecto en Europa, en ese sentido, ofrece un vistazo -miguitas de pan- de lo que podrían facilitar próximas versiones del convenio colectivo con respecto a las grandes riquezas con un foco obvio del mundo árabe.
Y es imposible no meter en la ecuación el papelón en el que está metiendo a Silver su relación con Steve Ballmer (una fortuna estimada de más de 100.000 millones) y el (aparente) deseo del comisionado de no alejar de la liga, pase lo que pase, a semejante gallina de los huevos de oro. Y parece que ha pasado, aunque todavía no sabemos como saldrá la NBA de ese follón, el de los supuestos pagos por debajo de la mesa de los Clippers de Ballmer a Kawhi Leonard, que huele tan mal y que pone en cuestión la misma estructura de la competición, el reglamento de límites salariales del que parten todas las demás reglas del juego. Si se van uniendo puntos se obtiene un mosaico complejo, señales peligrosas en la autopista por la que acelera sin parar una NBA en permanente edad de oro… que esperemos que no acabe como tantos otros sectores que, en este sistema, de tanto acelerar y acelerar, se acabaron estrellando. O se dejaron el alma en el trayecto. Y que quede claro que no se trata de romantizar los tiempos en los que empresarios locales, a veces de poca monta, entraban a regañadientes en franquicias en bancarrota para evitar traslados o bajadas de persiana. Se puede poner en perspectiva lo bueno y lo malo de tiempos pasados y, a la vez, fruncir el ceño con unas cuantas de las cosas que están pasando ahora.
La farsa gigantesca de Mark Walter
La (vivir para ver) segunda venta en menos de un año de los Lakers, un alboroto, ha puesto sobre la mesa este tipo de cuestiones mientras las autoridades estadounidenses estrechan el cerco en torno a Mark Walter, el que compró hace menos de un año y vende ahora. Uno de esos triunfadores que parecía mucho más listo que nosotros pero que finalmente podría ser solo (a la espera de la resolución jurídica de unos asuntos que apestan) un delincuente. La clase de tipo al que admira este mundo que suele maltratar a los que roban muy poco, y por necesidad, con la boca abierta de par en par delante de los hombres que venden la luna en Wall Street, ese lugar que se convirtió en idea y en cuyos rincones oscuros casi nadie mira. Porque la mayoría no entendemos absolutamente nada o porque muchas veces ni siquiera conviene. O, en última instancia, porque el dinero no muerde al dinero.
Walter, en una explicación básica, ha construido un imperio al que ahora se le están viendo costuras en forma de movimientos de dinero sucio entre las propias empresas de su tinglado. Es legal, las leyes las hacen los que las hacen, operar de esa manera siempre y cuando, en mínimos, se haga de forma pública y dentro de unos límites que se consideran razonables. Pero lo que ingenió Walter entre las empresas y las aseguradoras, con la ayuda de inevitables intermediarios, de su buque insignia Guggenheim Partners (firma de servicios financieros global y todo lo demás) no es razonable: oficialmente se hablaba de 1.400 millones cuando en realidad eran más de 20.000. Atrapado en una investigación de altísimo rango, su móvil y su portátil fueron requisados a pie de pista de aterrizaje cuando salió de su avión privado en Chicago, que puede incluir penas de cárcel, el dueño de unos Dodgers (MLB) imperiales (campeones en 2020, 2024 y 2025) que se permitió el capricho de comprarse también los Lakers, está vendiendo activos a toda prisa en busca de liquidez que le permita tapar los principales agujeros, al menos los que pueden acabar con sus huesos en prisión.
Ese es un resumen extremadamente simplificado de un tinglado (hay artículos en la prensa económica estadounidense que lo explican muchísimo mejor de lo que podría explicarlo yo por mucho que lo intentara) que desnuda a un tipo que nos metió por el gaznate la historia del hombre hecho a sí mismo desde una familia pobre de Iowa y que no olvida sus orígenes aunque, porque la vanidad siempre se acaba abriendo paso en estos casos, acabó comprando, además de muchas empresas, caprichitos como la mansión de David Geffen, multimillonario de la generación anterior que basó su fortuna en la industria musical (eso: de la generación anterior), en Malibú (en 2017, por 85 millones de dólares). En lo que nos toca y mucho antes de hacerse con los Lakers, Walter salió del entorno Wall Street y dejó de ser una cara anónima para el gran público cuando compró los Dodgers en 2012 por 2.150 millones, una cifra que ahora parece ridícula pero que entonces resultó disparatada (por lo alta) para otros interesados, uno de ellos Mark Cuban.
Con Walter al mando, los Dodgers se convirtieron en el patrón oro de las dinastías de nueva era, combando las normas (u operando en las zonas más grises de ellas) para extraer ventajas de cualquier parte (¿genialidad o tongo? Ahora estamos resolviendo esa duda) y construir un equipo de Playstation que por cierto tiene, para los que lleguen a continuación, más de 1.000 millones invertidos en plantilla hasta 2047.
Esa impronta de ganador, un aroma irresistible en este mundo que no se parecen en nada pero se parece muchísimo al que pensaban Heinlein y sus coetáneos el siglo pasado, es la que en teoría iba a trasladar a los Lakers, cuya venta se acordó en junio de 2025 y fue aprobada por la liga, el board of governors, en octubre. Meses antes, se habían vendido los Celtics, con el anillo 18 recién ganado, por una valoración de más de 6.000 millones que reseteó totalmente ese mercado/burbuja que ha atronado con los Lakers: más de 10.000 millones de valoración en la primera venta, 12.500 en la segunda, menos de un año después y a la espera de confirmación y aprobación de una NBA que hasta ahora ha vigilado solo con el rabillo del ojo mientras se frota las manos (la inflación…) con lo que sacará, si el precio de un equipo anda en semejantes cifras, por los dos nuevos que acabarán llegando a Las Vegas y Seattle. El primero, por cierto, está generando mucho más interés (ofertas más fuertes, en esencia) que el segundo. La tradición importa, pero hasta cierto punto.
Ahora Walter vende corriendo para tapar con dinero (dinero, dinero, dinero) unas miserias que son, seguramente, delitos. Pero se lleva, el dios con forma de signo de dólar aprieta pero por ahora no ahoga, 2.500 millones por el camino. Ese es un mensaje desalentador, si se le da una vuelta, aunque no es exacto porque solo traza el dato grueso, el que parte de la valoración completa de una franquicia que Walter ni compró ni vende ahora en su totalidad. Y uno que no considera unos impuestos que, en esta transacción rebotada de la anterior, serán mucho más altos si la venta no se hace al menos un año después de la compra. Pero Walter tiene tanta prisa que, de pronto, todo eso no le importa.
La cuestión es, y cada día se conocen nuevos detalles escandalosos, que usó métodos que los especialistas comparan con los de Bernie Madoff, sanctasanctórum de las estafas piramidales y los esquemas ponzi. Sus prácticas, que por ejemplo incluyeron manejos para extraer inyecciones extra de los acuerdos televisivos locales de sus franquicias (los Dodgers firmaron por 25 años y 8.350 millones, 334 al año: una barbaridad), permiten cuestionar, si todo se acaba firmando, la validez deportiva de esa era de poder absoluto de su equipo en la MLB. Y, desde luego, enturbian su entrada y salida exprés de unos Lakers que, a última hora, quiso usar como garantía para sacar dinero a Apollo Global Management cuando le entraron las prisas por obtener cash. Esto, que un push de poder y gloria se convierta ante un mundo pasmado en una trama de trazas condenadamente delictivas, permite cuestionar los controles que aplica la propia NBA ahora que sus franquicias cambian a toda velocidad de manos. Y ayuda a entender la “vergüenza” que algunos de los cercanos a Jeanie Buss aseguran que siente por haber puesto los Lakers, sus Lakers, en en semejantes manos cuando a priori había orquestado una transición impoluta hacia tiempos mejores. Así que tiene un efecto obvio en la otra parte, con la que iré en seguida: la del (patético) culebrón de la familia Buss.
Iger y Kushner entran en escena
¿Veremos a los Lakers, la joya de la corona de la NBA, vendidos otra vez en los próximos 24 meses por una valoración de 14.000 o 15.000 millones? Ahora mismo, y aquí entra en juego la citada lucha por el alma de la liga, nada es descartable. Hace un año nadie habría anticipado que ahora estaríamos como estamos. Jack Kent Cooke compró los Lakers por 5 millones en 1965, y Jerry Buss se quedó la franquicia en 1979 dentro de un paquete por el que pagó 67,5. En sesenta años, dos ventas; en once meses, otras dos. Todo apunta a que en los próximos años, en un plazo más corto que largo, vamos a comprobar qué son de verdad las franquicias ahora, como assets. Qué significan para ese nuevo y a veces difuso tipo de propietario que llega disparado por los cañones de Wall Street y Silicon Valley.
En el presente, sin mirar más allá, este asunto de los Lakers abre interrogantes gigantescas como la que ha planteado Henry Abbot a partir de una premisa fácil de entender pero de ramificaciones extraordinariamente importantes: ni Walter parecía tener en su momento 10.000 millones para comprar los Lakers ni los nuevos, Bob Iger y Josh Kushner, tienen 12.500 a mano para afrontar la operación actual. La fortuna del primero se estima en 600 millones y la del segundo, en unos 5.000. Así que Abott pide que se siga, por si las respuestas están ahí, el rastro del que puso dinero en el plato de Walter justo antes de su operación para quedarse, de forma fugaz, con los Lakers: Mubadala Capital, brazo de la Mubadala Investment Company, fondo soberano de Abu Dabi. De ahí salieron en dirección al emporio de Walter 10.000 millones poco antes de que este sacudiera al mundo del deporte con una operación histórica… por 10.000 millones. Detrás de esa montaña de dinero e influencias de Mubadala está, como CEO, Khaldoon Khalifa Al Mubarak. Que estudió en Boston, vivió en Los Ángeles y ha sido siempre un gran aficionado a la NBA que ha cultivado contactos y relaciones en el primer rango del entorno de la Liga.
Así que tenemos un movimiento extrañísimo, como mínimo, en unos números que aunque son los que acaparan titulares no son del todo reales porque, insisto, se basan en la valoración del total de los Lakers. Walter y su socio, Todd Boehly (que también podrían deshacerse de otros activos de su imperio deportivo: el Chelsea, el equipo Cadillac de Fórmula 1…) ya tenían el 27% de la franquicia desde que pagaron, por ese pedazo de la tarta, sobre una valoración de 5.500 millones en 2021. La familia Buss, además, se quedó un 17,8% del equipo, así que lo que finalmente compró de verdad Walter el año pasado obligaba a una inversión de unos 6.000 millones en los números gruesos, sin entrar en minucias financieras que, en estos casos mastodónticos, mueven cientos de millones en un sentido u otro. Así que lo que Iger y Kushner van a comprar dependerá de qué pasa finalmente con la parte de los Buss (el culebrón) y cómo se materializa la inversión en una NBA que tiene su límite de deuda en 475 millones y en la que los fondos pueden aportar un máximo de un 20% de la inversión. Ahí actuaría el monumental imperio de Kushner, Thrive. La forma en la que finalmente se afilen los números aportará explicaciones que acerquen o alejen la sombra del dinero de Oriente Medio.
Josh Kushner (41 años), es, para colmo, hermano de Jared, marido de Ivanka Trump, la hijísima. Así que la sospecha surgió al momento: el presidente Trump, lo más alejado de un símbolo de limpieza en los negocios, podría haber forzado la mano de Walter una vez que la investigación federal estaba abierta. O, por qué no, podría incluso haber ordenado que se esta se pusiera en marcha para empujar hacia una venta que acabaría en el saco de su familia (política). Walter, que (el guion es de película) acaba de visitar la Casa Blanca con sus Dodgers campeones, podría vender a un miembro del clan Kushner para ganarse el favor de Trump, que desde luego no tiene problema en torcer leyes o mover decisiones en función de su conveniencia. Ni en airearlo. En todo caso, otra palada de suciedad sobre un asunto delicado y cada vez más complejo. Josh Kushner, sonrisa de triunfador, y su mujer top model (Karlie Kloss) son reconocidos demócratas que se alejan del Partido Republicano y de las tesis de Trump. Pero el vínculo está ahí, evidentemente, y el empresario habla de su hermano como su mejor amigo y de Ivanka como una hermana, sin más matices.
Kushner, por lo tanto, es un personaje curioso al que el foco gigantesco de los Lakers empuja al primer plano. Se adscribe al lado progresista de Estados Unidos pero su conexión con el imperio Trump es de profundidad familiar, y ya ha tenido problemas por el pisoteo (hay cosas que la ideología no asegura, por desgracia) de alguna de sus empresas a los derechos de los ciudadanos. Hace unas semanas, habló de las incongruencias de la IA como elemento transformador que obliga a mirar hacia lo real, lo propio de las personas y sus emociones atávicas. Ahí los magnates de esta era empiezan a vislumbrar un nuevo foco crucial de negocio: en Silicon Valley creen, aunque conviene aclarar que muchas de las cosas que creen no suceden si no fuerzan que así sea, que los niños que ahora tienen cinco años vivirán en un mundo en el que no necesitarán trabajar. Así que (bingo) tendrán más tiempo para ver deporte y querrán gastar más dinero en esa pasión, además una de las pocas que, parece, sobrevivirán al empacho y la distorsión de los artificial. En parte por eso las franquicias deportivas, al margen de factores obvios como su valor en permanente crecimiento y su capacidad para servir como factores de reducción de impuestos de primer rango, multiplican su valía mientras Kushner mezcla ese discurso con (hay que tocar todos los palos) inversiones de miles de millones en las propias empresas de IA. Además, por cierto, de otras vinculadas a la industria militar y a los conflictos militares en Ucrania e Israel.
Kushner, donante de causas demócratas, es hijo de un estafador que ya intentó comprar los Nets (en 2004) al que Trump concedió el perdón y el puesto de embajador en Francia. Empezó a construir su imperio, Thrive Capital, en 2010 y cuando todavía estudiaba en Harvard. Juntó (familiares, contactos…) cinco millones de dólares e invirtió en Instagram sobre una valoración de 500 millones días antes (curioso) de la venta por más de 1.000 a Facebook. Un año después, recibió 40 millones más en otra inyección de contactos de primer rango y desde entonces ha ido ampliando un conglomerado imponente que extiende sus tentáculos sobre Spotity, Stripe, SpaceX, ahora también Amazon… Lo más de lo más. En 2026 creó Thrive Eternal, división para deporte y cultura de su nave nodriza, y ya ha entrado en San Francisco Giants (MLB) del mismo modo que antes se hizo con participaciones en Miami Heat y Memphis Grizzlies que tendrá que vender porque la NBA no permite, por ahora, ser propietario principal de una franquicia y tener las zarpas metidas en otras. Una de esas cosas que todavía, por suerte y por lógica, no se puede hacer.
Su nuevo socio en los Lakers, Bob Iger, fue durante 21 años (2005-26) CEO de Disney y, entre otras cosas, trabajó mano a mano con Adam Silver (además de las obvias relaciones a través de ESPN) en el reinicio de la Burbuja, en plena pandemia (2020). Antes de que se presentara la oportunidad de comprar los Lakers, imposible de obviar aunque en su día se reconoció aficionado de los Clippers, había tanteado opciones de entrar en la NFL y se había unido a Kushner para formar una candidatura solvente para llevarse la franquicia de Las Vegas, que entrará en juego en la inminente (si no se tuerce) expansión de la NBA. Kushner viene, por cierto y en un verano muy movido para sus intereses, de ser uno de los brazos fuertes en ese intento de golpe al Mundial de fútbol que se preparó bajo supervisión de Infantino y acabó frenado por el puño de hierro de la UEFA. Pero si se hubiera vendido el Mundial, Kushner es uno de los que habría hecho negocio ahí. A lo bestia.
Para colmo, un culebrón gigante
Todo esto ya dibujaría un panorama incierto en unos Lakers que no han rematado (se supone) su plantilla, que le dan vueltas a si fichar o no a Jonathan Kuminga y que andan en la pre-pretemporada en medio de un jaleo que, como mínimo, paraliza los cambios en unos despachos en los que Walter, en cuyo infausto legado quedarán apenas un puñado de despidos y la subida radical de precios de entradas y abonos, estaba metiendo personal de su confianza, vinculado en casi todos los casos a esos Dodgers que han sido una historia (ya no incuestionable, claro) de enorme éxito deportivo. Todo es más fácil, claro, si se manipula el dinero, se redirige por debajo de la mesa y se infla artificialmente. El equipo, el cogollo del asunto, queda en un complejo limbo que ya veremos cómo y cuándo se resuelve en mal momento, cuando todos los esfuerzos deberían estar puestos en darle vueltas a cómo acercarse en el Oeste a (glups) Thunder y Spurs.
Además, y ya que el tiempo vuela y nada está tan lejos como parece, conviene recordar que Luka Doncic tiene la opción de convertirse en agente libre en el verano de 2028, así que el próximo (2027) podría ejercer, de facto, de estrella a un año de salir libre al mercado. La forma de evitar todo eso, ahora mismo el peor escenario posible, es que la franquicia escape de zozobras y escándalos, establezca un nuevo régimen serio y con ganas de invertir y acometer los cambios que iba a traer ese farsante llamado Walter. Recuerdo: ampliación de cargos y personal en los despachos, expansión de las áreas estratégicas y, algo muy necesario, ventilación para que saliera por las ventanas el aroma rancio a antiguo régimen y endogamia. Eso ayudará a que los Lakers estén más cerca que lejos de ser aspirantes y les ahorraría sustos en el ya casi corto plazo con su jugador franquicia.
Pero aquí entra en juego el otro factor, el culebrón. La familia Buss y su guerra interna, un desastre a nivel de imagen que está a años luz de lo que habría querido el patriarca, un Jerry Buss que se hizo con los Lakers en 1979 y se convirtió en el propietario mas importante, e influyente, de la historia de la NBA. Tal vez, de todo el deporte estadounidense. 17 Finales, 11 títulos y todo lo demás en 47 años. Los herederos de Buss, sus seis hijos, tenían el 82,8% de la franquicia y retuvieron el 17,8 después de una venta a Walter impulsada por Jeanie, que se aseguró seguir cinco años como gobernadora a pesar del cambio de régimen. Señalada por su padre como sucesora, en 2017 ya tuvo que frenar un intento de revolución en el trust de la familia, en la propiedad de los Lakers. No solo afianzó su posición de poder sino que lo amplió y fue descabezando al resto, a cinco hermanos que primero fueron minimizados y, después, apartados definitivamente.
Ahora, los cinco hermanos de Jeanie quieren subirse a la operación Iger/Kushner aferrándose a una cláusula de la ejecutada con Walter que permitía unir su 17,8% de la franquicia a una futura venta en las condiciones de la valoración global de esta. El bocado económico es obviamente importante, y más cuando los movimientos de Jeanie (64 años) y habían dejado sin opciones de heredar el imperio a los más ambiciosos, no por casualidad los más jóvenes (que solo comparten padre con el resto de hermanos), Joey (41) y Jesse (37). Pero Jeanie, que por normativa necesita tener al menos el 15% de la franquicia para no perder el puesto de gobernadora que tiene asegurado hasta 2030 si no se vende la parte de los Buss, se opone y restriega por la cara de sus hermanos/enemigos un documento que expresa de manera legal, según su abogado (primo de Barbra Streisand, por cierto), que los demás no pueden operar de forma que abiertamente conduzca a que ella pierda esa su posición de privilegio en la franquicia.
Ese documento, si acaba siendo el que impone su letra, anularía el principio motriz de los otros cinco hermanos Buss: que con el voto a favor de cuatro basta para tomar decisiones como ejecutar una venta que ellos insisten en que, se ponga Jeanie como se ponga, se llevará a cabo. Así que lo más probable es que el asunto se alargue, se ensucie (todavía más) y acapare titulares como lo que es, una hoguera de vanidades en formato culebrón de ricos. La cuestión es si, por ese camino enfangado, estropea la agilidad con la que, llegado este punto, se debería realizar la venta a Iger y Kushner para sacar a Walter, cuanto antes, de cualquier asunto que tenga que ver con los Lakers. Es, ante todo, una bronca profundamente decadente que afea de forma obvia el final, que de una forma u otra parece inevitable, del histórico vínculo de la familia Buss con los Lakers. Sus Lakers.
Jeanie parece absorbida por esa guerra interna con los de su sangre, capaz de todo. Y estos también están demostrando que, además del dinero, el golpe a su hermanísima es otro objetivo obvio de una operación en la que ya ha habido comunicados muy duros, amenazas explícitas y acusaciones muy feas. Un desastre porque esa parte de los Lakers, en lo práctico apenas un 17,8% que no debería bloquear la operación principal pero en realidad un pedazo esencial de lo que siempre han sido, puede pudrirse y, en ese descenso a los infiernos, estropear el presente y el futuro de la franquicia. Parece un delirio, pero es posible.
Secretos que siguen saliendo a la luz
Jeanie, seguramente porque se enteró de lo que se movía con Walter y el frente Iger/Kushner, propició una reunión de los hermanos con unos asesores financieros que, sin decir palabra de la posible venta, propusieron cambiar el régimen del trust familiar para reordenar su formato y asegurar durante cuatro años su vigencia: sí, el tiempo justo para que (2030) se cumpliera el lustro que Walker concedió a Jeanie como gobernadora tras la venta del verano pasado. Es el tipo de movimientos arteros que invitan a pensar con pesimismo y a prepararse para un trance amargo, largo, feo, poco edificante y veremos si perjudicial para lo deportivo y, obviamente, ultra mediático. Salvo que, por ejemplo, los que quieren ser nuevos propietarios, que ya han dejado caer que todo seguirá el plan previsto, aparezcan en escena y logren un acuerdo que (cielosanto) convenza a todos. O que alguien piense, y parece imposible no volver la vista hacia Jeanie, en lo mejor para los Lakers. Todavía, y para siempre, sus Lakers. Por ahora, ya ha filtrado que podría aceptar la venta… si sigue como gobernadora. En sus trece.
A principios de año, cuando las tensiones entre LeBron James y los Lakers anunciaban ya el divorcio que llegó, por pura inercia, este verano, un artículo de Baxter Holmes en ESPN puso otra vez un foco horrendo en la cruenta guerra entre los hermanos Buss. Una minuciosa travesía por una mezcla de tragedia y culebrón a la americana; un Falcon Crest (los menos jóvenes captarán la referencia) que se había inyectado los esteroides del mundo del deporte y aplicado la brillantina de Hollywood: la quiebra absoluta de las relaciones entre los hermanos tras la muerte del patriarca, el histórico Doctor Jerry Buss que compró los Lakers en 1979, drafteó a Magic Johnson poco después y construyó el imperio del Showtime.
Jerry Buss falleció en 2013, con 80 años. Dedicó el final de su vida a intentar que los Lakers, sus Lakers, fueran para siempre de los Buss y cosieran las relaciones entre esos hijos, todos con la letra J: Jeanie, Jesse, Joey, Jim, Johnny y Janie. El spoiler es obvio: la franquicia ha sido todo lo contrario, veneno que ha llevado hasta los extremos más descarnados y sucios la guerra en la familia hasta, algo inimaginable hace unos años, una primera venta que, tampoco nos engañemos, tenía otras razones de peso aplastante: esa valoración de más de 10.000 millones es la más obvia. Muchísimo dinero. Jeanie, y en eso seguramente no se equivocó, fue la que acabó entendiendo que una empresa familiar en la que los Lakers eran el negocio, la fuente de ingresos y no el juguete de los propietarios, estaba dejando de ser competitiva (por mucho que sean-los-Lakers) en una NBA cada vez más poblada de multimillonarios jóvenes, nuevos tipos de fortunas, grupos de inversión…
La venta, de hecho, se había barruntado durante años. Alguno de los Buss se abrió las carnes cuando oyó hablar, y ya ha llovido, de una valoración de 1.000 millones. Los hermanos, con 31 años de diferencia entre el mayor y el menor (otro asunto que no es baladí), empezaron a chocar: qué hacer, cómo y cuándo hacerlo, cómo manejar el 66% que poseía la familia y que le permitía controlar una franquicia que el Doctor Buss había comprado por 67,5 millones junto a los Kings (NHL), el (ahora) mítico Forum de Inglewood y un rancho de 1.300 acres del anterior propietario, Jack Kent Cooke. Cuando Johnny le hablaba a su padre de ofertas de mil millones, esta le contestaba divertido: “¿Que qué me gustaría hacer si me dieran mil millones? Comprar los Lakers…”. Y repetía a todos sus hijos que solo tendrían que plantearse vender para hacer algo como comprar Disney World, pero que estar al frente de los Lakers era mucho más divertido.
Seguramente, Jeanie fue la que mejor entendió qué quería su padre (aunque falló muchas veces en el cómo). No en vano, y pase lo que pase ahora, ella también es pura historia de los Lakers. Antes de su presentación ante los medios como nuevo jugador de la franquicia y recién llegado a L.A., Magic Johnson pasó por la mansión de Jerry Buss para recoger al que ya era su nuevo jefe y pronto sería también su amigo íntimo. Mientras el propietario se terminaba de arreglar, una Jeanie de 17 años recibió a Magic, que le dijo que su idea era jugar allí tres años y después marcharse a los Pistons de su Michigan natal. Jeanie subió las escaleras corriendo y le gritó a su padre: “¡Quiere irse a los Pistons, papá!”. Mientras se peinaba, el Doctor Buss le dijo a su hija que no se preocupara: “En cuanto se ponga la camiseta de los Lakers y salga a jugar al Forum por primera vez, no querrá irse jamás”.
Parte del enredo, según aquel artículo de ESPN, era puro culebrón televisivo. El Doctor Buss, en su deseo de que los Lakers no escaparan de su sangre, dejó establecido un sistema en el que la parte de cada hermano, cuando fueran muriendo, se iría dividida para el resto. Eso disparó la ambición de los (mucho) más jóvenes, Jesse y Joey, que siempre han caminado por su propia orilla y que, de hecho, no eran hijos de la misma madre que los otros cuatro. Esta, JoAnn, la primera mujer de Jerry Buss, le había hecho prometer a su todavía marido que no tendría hijos con nadie más. Fue después de que, muy jóvenes y casi sin recursos, dieran en adopción al primero, una mujer que después acabó irrumpiendo en la vida del resto de la familia. Pero el Doctor Buss sí tuvo (Joey y Jesse) dos hijos más con otra mujer. Y eso provocó un recelo, cuando se descubrió aquel acuerdo entre padres, del resto. Y, según el artículo de Holmes, una frase de Jeanie Buss que realmente, aunque el contexto tenga su intríngulis, es muy sonora. Y no en el buen sentido: “Vosotros dos no teníais ni que haber nacido”. Para pintar a Jeanie como una dictadora sin escrúpulos, era perfecta.
Esta, que incluso tuvo que poner una orden de alejamiento contra sus hermanos, ya le arrebató en 2017 el control de los Lakers a Jim, al que apartó en un feroz movimiento legal y puso de patitas en la calle junto a Mitch Kupchak, general manager de larguísimo recorrido. Entonces, conviene recordarlo, Kobe Bryant aplaudió el movimiento y llamó a Jeanie “madre de dragones”. Llegaron a la franquicia Magic Johnson, que no duró, y Rob Pelinka, antiguo agente de Kobe que sigue ahí. Un año y pico después, llegó LeBron. Y después un Anthony Davis que compartía agencia con él (Klutch). Y los Lakers fueron campeones.
Pero la realidad es que Jeanie no ha sido una buena gestora. Jim, que no puede irse de rositas, había llevado al equipo a uno de los peores tramos de su historia. Ella lo intentó regenerar pero su push, con pasos acertados, atravesó demasiadas zozobras. Encastillada y azotada por acusaciones y críticas (los Lakers ya no tienen tanto dinero como otros, su gestión es tacaña, sus despachos tienen el sello endémico de su guardia pretoriana, no se crean roles esenciales en las organizaciones deportivas modernas…) acabó viviendo bajo una máxima cruel: los amigos son la familia; la familia son los enemigos.
Cuando Jeanie hizo su purga en 2017, Joey y Jesse estuvieron de su lado, hablaron maravillas de ella, juraron fidelidad eterna y siguieron trabajando en la franquicia, muy queridos por la opinión pública porque se encargaban de algunas de las pocas parcelas deportivas que funcionaban: draft, desarrollo del talento joven… Pero fueron despedidos en el inicio de la pasada temporada, el portazo a su ambición de, algún día, hacerse con el control de los Lakers. Habían sido, antes, los más críticos con la venta, que acabaron aprobando (fue 6-0 entre los hermanos) porque sabían que, con los otros cuatro en la misma postura, no podían ganar: un 4-2 bastaba según lo establecido por su padre. Antes, habían tanteado la opción de que la familia vendiera solo una parte de su parte, como mucho un 15% de ese 66%. Después, se quejaron de que Jeanie ni siquiera abrió una puja por los Lakers porque, sobre todo, creían que podían haber convencido a un grupo inversor de que se uniera a ellos. Tampoco: otro movimiento en el tablero de Jeanie los barrió del mapa.
El resto de hermanos se preguntó por qué se gestionó así la venta de una franquicia que había tenido (de una forma u otra) a todos en nómina y de la que además se estaban llevando, cada uno, unos 5 millones de dólares al año en el reparto de beneficios. Finalmente, la venta del 50% de su 66%, la que ejecutó Jeanie con Walter, dio a cada hermano unos 500 millones. Algunos, vista esa cifra, cerraron la boca con una sonrisa.
Pero finalmente, la jugada maestra fue emergiendo: el 17,8% que les quedó era suficiente para que Jeanie siguiera como gobernadora, algo que había apalabrado para cinco años a partir de la venta. Walter, que en teoría tendría que haber querido dejar su impronta cuanto antes y poner a su gente en los cargos de confianza (o en los que eligen a estos), aceptó a pesar de la problemática historia de Jeanie como mandamás. Algunos quisieron unir por ahí los puntos: el nuevo propietario había dado el sí para asegurar que la franquicia no pasara por un proceso de venta que habría animado a otros aspirantes. Alguno de los hermanos, de hecho, creía que se podría haber llegado a una valoración de 12.000 millones y la realidad le ha dado la razón solo meses después. Además, el círculo más íntimo de Jeanie (el matrimonio Rambis, Kurt y Linda, siempre a la cabeza) se llevó unos bonus de, según el caso, 24 u 8 millones. Los (ay…) dos números con los que jugó Kobe.
En total, se repartieron unos 114 millones en esos bonus, siempre según el artículo de Holmes, de los que el resto de hermanos no vieron nada y que, en teoría, garantizaron la venta que quería Walter y la transición a la que aspiraba a Jeanie, otra vez reina madre; la que siempre sobrevive y, guste más o menos, la que mejor se ha movido siempre en las (feísimas) artes de una guerra política que está en las antípodas de lo que quería el Doctor Buss. Y que ahora vuelve a acaparar titulares mientras se decide, ni más ni menos, el futuro de los Lakers en un trago que, tal vez, nos ayude a intuir cómo serán las franquicias y las ligas en un futuro que llega a toda velocidad. Que ya está aquí… y que no tiene por qué gustarnos.
La (histórica) trascendencia del Doctor Buss
Desde el traslado a Los Ángeles y por culpa de los odiados Celtics, los Lakers se habían convertido en una franquicia acostumbrada a perder. Al menos, hasta el exorcismo de 1972, el histórico equipo de Jerry West y Wilt Chamberlain, el de las 33 victorias seguidas. Los Celtics consiguieron que West, un logo de la NBA que también acabó repudiado por el entorno de Jeanie Buss, se retirara con ocho Finales perdidas de nueve disputadas. Y que odiara de forma obsesiva el color verde. West, precisamente, también había sido el encargado de entrenar a los Lakers en tres años (1976-79) de baloncesto monocorde (balones a Kareem) y con un entusiasmo tan bajo como el que su técnico tenía por un cargo que sentía como una obligación impuesta. Una franquicia zombie que había aprovechado su llegada a la soleada California en 1960 para hacerse con gigantes históricos como Wilt Chamberlain y Kareem Abdul-Jabbar, pero que solo había añadido un título en su nuevo destino a los cinco ganados a lomos del primer gran pívot dominador, George Mikan, en los años 50.
Tras nacer en Minnesota como retoño de un equipo que había tirado la toalla en Detroit (los Gems de la NBL), y con un nombre que quedaría completamente descontextualizado a cuestas (en L.A. no hay ni un solo lago), los Lakers hicieron una mudanza de más de 3.000 kilómetros de la mano de un propietario nacido en Mineápolis pero preocupado por el hundimiento de la asistencia al pabellón tras la retirada de Mikan. Bob Short, que hizo carrera política con el partido demócrata, se había hecho con el equipo en 1957 y lo vendió en 1965, ya en California y simplemente porque alguien accedió a pagar el precio desorbitado que había fijado para, todavía con dudas sobre qué hacer, espantar a los pretendientes: 5,1 millones de dólares por una franquicia que seguía perdiendo Finales con los Celtics pero que en la temporada 1964-65, antes de la venta, había ganado más de medio millón de dólares. Un lujo en aquella NBA, una muestra de que el mercado de Los Ángeles siempre merece una inversión.
El comprador fue Jack Kent Cooke, un canadiense que se había afincado en Beverly Hills y que empezó viendo a los Lakers como poco más que un salvoconducto hacia su verdadero sueño: llevar la NHL a California. Considerado un genio de los negocios, era en la distancia corta un personaje complicado y de trato muchas veces abusivo, sobre todo a raíz de un fallo cardíaco masivo que sufrió en 1973. Cooke era un maestro de las ventas, un pionero en el marketing. Bajo su gobierno, los Lakers empezaron a tener noches de 3 entradas por 1, pase gratis para las embarazadas que acudían con sus maridos o acceso libre para quienes asistieran a un partido con un gato negro si caía en viernes 13.
En 1967, ya tenía a sus Kings en marcha después de pagar a la NHL dos millones de dólares y de levantar en la decrépita Inglewood, a 21 kilómetros del downtown de L.A., el Forum. Una inversión de 16 millones para construir un pabellón circular que acabaría siendo legendario, con sus icónicas columnas y su ya por entonces gusto por lo ostentoso: “será la mayor construcción desde el Coliseo de Roma, en 200 o en 2.000 años dirán que esta fue una de las grandes obras arquitectónicas del siglo XX“, dijo Cooke, que se había criado entre una pobreza extrema y que a los 32 años ya había hecho su primer millón de dólares a base de comprar y relanzar emisoras de radio y revistas en apuros económicos.
Sin noción alguna sobre baloncesto pero brillante en la gestión empresarial, durante sus catorce años al frente de los Lakers solo vivió tres temporadas con balance perdedor, jugó seis Finales, aunque solo ganó la de 1972, y acabó con un registro de 673 victorias y 472 derrotas. A finales de los 70, a pesar de esta notable hoja de servicios, la venta de los Lakers parecía inevitable. Cooke se había mudado a Las Vegas, entre otras cosas porque allí los tribunales protegían con más munición legal sus propiedades, sitiadas por su mujer en un proceso de divorcio monstruoso que se extendió durante dos años y medio y de punta a punta de más de 12.000 páginas de documentación.
Considerado el hombre más poderoso del deporte, defendía la mitad de una fortuna que se valoraba en más de 100 millones de dólares de la que todavía era su esposa mientras acunaba la idea de romper todos los vínculos con California y centrarse en su nuevo retoño predilecto: los Redskins de la NFL, de los que se había convertido en propietario principal en 1974. Para entonces, había saldado con el título de 1972 su gran cuenta pendiente en los Lakers, especialmente después del desastre histórico de 1969, cuando los Celtics de Bill Russell (ya entrenador-jugador sin Red Auerbach) ganaron su undécimo anillo en trece años, viejos y agotados, a costa de unos Lakers ultra favoritos y que presumían de big three: Jerry West, Elgin Baylor, Wilt Chamberlain.
Pero que volvieron a perder, también con su nuevo trío de superhéroes. Después de desperdiciar mil ocasiones para poner la Final de su lado y en un séptimo partido en Los Ángeles en el que Cooke cometió un error que es historia del deporte estadounidense y que hizo montar en cólera a Jerry West desde el calentamiento. El propietario, en un ataque de soberbia que no cuadraba con los precedentes, colocó en el techo del Forum miles de globos amarillos y morados con la inscripción “World Champions Lakers”. Además, ordenó que se repartieran flyers con las instrucciones detalladas de la celebración: “Cuando, y es cuando y no si, los Lakers ganen el título, los globos caerán del techo, la banda de la Universidad de South California tocará “Happy Days Are Here Again” (los días felices han vuelto) y el locutor Chick Hearn entrevistará, por este orden, a Elgin Baylor, Jerry West y Wilt Chamberlain«.
Esos flyers llegaron como obvio combustible motivacional al vestuario de los orgullosos Celtics. Durante el calentamiento, Bill Russell señaló con el dedo a las redes que colgaban del techo y le dijo a West que “esos putos globos” se iban a quedar donde estaban. Sus inagotables Celtics, que ya habían ganado de milagro y con polémica un cuarto partido del que deberían haber salido con un letal 3-1 en contra, se llevaron la victoria y dejaron al Forum sin fiesta. El recién fallecido Don Nelson, el que luego se convertiría en el entrenador con más victorias en la NBA (1.335), anotó una afortunada canasta decisiva. Y los globos se quedaron en el techo: los Lakers habían perdido su séptima Final contra los Celtics en una década. La más dolorosa de todas.
Pero precisamente, y esa conjunción cambió para siempre la historia del deporte en Estados Unidos, mientras a Cooke se le agotaban las ganas de seguir al frente de los Lakers crecía la ambición de Jerry Buss, que acababa de cumplir cuarenta años y trataba de convertir en una sensación a sus LA Strings, el equipo del World Team Tennis que fue su experiencia probeta en el deporte profesional. Claire Rothman, directiva de los Lakers y vicepresidenta del Forum, ejerció de Celestina con un rol entre bastidores que transformó la NBA para siempre. Harta de los abusos verbales y el comportamiento cada vez más irascible y errático de Cooke, se reunió con Buss para ofrecerle fechas libres del Forum en las que podría organizar sus eventos de tenis.
En un abrir y cerrar de ojos había puesto en contacto a los dos magnates; y el 27 de mayo de 1979 se había hecho oficial una complejísima venta de los Lakers, los Kings, el Forum y, de rebote, el rancho Raljon, otra propiedad de la que quería deshacerse Cooke. Buss pagó a título personal 24 millones por los Lakers y los Kings, y junto a sus socios se hizo por otros 43,5 millones con el Forum y ese Raljon Ranch de Bakersfield. Además, asumieron 10 millones de hipoteca del pabellón y movieron propiedades “como si fueran cromos”, en palabras de quienes vivieron una transacción en la que Cooke, por ejemplo, se quedó con el icónico edificio Chrysler de Nueva York y su nueva pareja recibió de regalo una casa en Las Vegas.
Cooke hizo un último servicio a los Lakers cuando convenció al resto de propietarios de que aprobaran una operación que estuvo casi vetada. En tiempos en los que la NBA generaba poco dinero pero sus propietarios usaban esa distinción como una seña de categoría social, preocupaba que el carácter estruendoso y mujeriego de Buss afeara todavía más la imagen de una liga acosada por la falta de público y los problemas de drogas y la desafección de unos jugadores que para muchos eran solo profesionales… en el peor sentido de la palabra. Cuando Cooke recibió el visto bueno de sus iguales, Buss se sentó en la pista del Forum con una botella de Jack Daniels y solo una luz del marcador encendida. Y bebió hasta que acabó gritando “esto es mío. ¡Esto es mío, joder!“. La NBA, nadie lo sabía por entonces, acababa de cambiar para siempre.
De la maldición al Showtime
Jerry Buss se parecía a Cooke, casi en nada más, en que había tenido una infancia difícil y en que se había hecho a sí mismo cambiando el guion de una vida que no parecía tener grandes cimas en el horizonte. Nacido en Salt Lake City, pasó por California y maduró en Keemerer, un recóndito pueblo de menos de 3.000 habitantes en Wyoming. Allí trabajó en las vías del ferrocarril, una labor de jornadas duras y con tres o cuatro peleas al día, hasta que se centró definitivamente en los estudios gracias al profesor Walter Garrett, con el que se fue a vivir harto de tener problemas con su padrastro. Brillante (“nunca entregó un examen con un error“) se sacó el título de química en dos años y medio y, entre partidas de póker en las sacaba dinero de 50 en 50 dólares a sus propios profesores, se mudó a Los Ángeles y completó su doctorado en una Universidad de South California (USC) de cuyos equipos se hizo devoto, del icónico football al atletismo.
De carácter radicalmente opuesto al de Cooke, era un vividor al que le gustaban la noche y las mujeres y lucía un look duro que hizo que le ofrecieran ser hombre Marlboro en los anuncios de la marca de tabaco: tejanos, camisa abierta hasta la mitad del pecho… de incuestionable encanto personal (otra vez: la antítesis de Cooke), hizo fortuna en el negocio inmobiliario de Los Ángeles gracias a la aportación económica inicial del que sería su socio durante años, el ingeniero aeronáutico Frank Mariani. En el primer fondo que crearon ponían cada uno 83 dólares al mes para hacerse con un depauperado bloque de catorce apartamentos que fue la primera piedra de un imperio. Pronto, negociando con los bancos por inmuebles embargados, habían convertido esa modesta posesión inicial en más de 700 propiedades en California, Arizona y Nevada.
Buss, que acumuló por ello divorcios, se movía por Los Ángeles con una mujer en cada brazo, generalmente más jóvenes que él (más a media que cumplía años) y con un canon de belleza idéntico al que expandía la cultura Playboy. Su estilo se consideraba “vieja escuela de Hollywood”: regalaba a sus citas vestidos y zapatos caros que ellas se ponían para dejarse ver con él por los mejores locales de Los Ángeles. Y en su dormitorio guardaba como una especie de trofeo, un secreto que nunca aireó ni usó para otros fines, álbumes con fotos de todas las mujeres con las que había salido.
Antes de hacerse con los Lakers, había tanteado entrar en la ABA (San Diego Conquistadores, Los Angeles Stars) y en la MLB (White Sox, Athletics). Pero acabó en una NBA que se temía lo peor, en tiempos de grave crisis de imagen pública y con las franquicias cambiando de ciudad en busca de pastos que nunca acababan siendo más verdes: los Braves de Buffalo a San Diego (pasaron a ser los Clippers), los Jazz de Nueva Orleans a Salt Lake City…
Todo cambió con Buss, que convirtió a los Lakers en una extensión de su personalidad: arrolladora, magnética y movida por impulsos de pura adrenalina. Él es el propietario que transformó el concepto de franquicia y las noches de partido, coreografías de un espectáculo integral que derivó en el mítico Showtime, el punto álgido y febril de una vida social de Los Ángeles que empezaba en las gradas, seguía por la pista al ritmo del recién llegado Magic Johnson y acababa en el club nocturno del propio pabellón, donde se barajaban las cartas de las estrellas de Hollywood y donde apenas se dejaban ver las parejas de los jugadores. Todo el Forum era, o eso se decía entonces, “un gran pub de moda con canastas”.
El Doctor Buss se sentía como un niño nerviosamente feliz cuando los Lakers jugaron (el 16 de octubre) su primer partido en L.A. con él como propietario: 105-96 a los Bulls en aquel año rookie de Magic, 1979-80. Con el director de promociones Roy Englebrecht como compañero ideólogo, fue tejiendo un guion que descartó el organillo y metió en directo a la banda universitaria de USC e introdujo a las Lakers Girls, adaptando por primera vez para la NBA el exitoso formato de cheerleaders de los emblemáticos Dallas Cowboys (NFL). Después de un mes de ensayos secretos y preparación, Englebrecht gritó “código rojo” por su walkie y las animadoras irrumpieron mientras el speaker gritaba “The Laker Girls!!!“. El impacto fue sísmico y los partidos de una NBA hasta entonces previsible y aburrida pasaron a ser algo muy parecido a lo que son hoy… y una cita imprescindible del ocio en la ciudad del ocio, la dorada Los Ángeles de los años 80.
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Los Lakers ya habían ganado y fichado a grandes estrellas antes de Jerry Buss, pero es imposible separar la esencia de ambos, una unión perfecta que maridó en los fogones de neón de Hollywood. El Doctor Buss lideró la franquicia casi hasta su muerte, en 2013. La mantuvo como un éxito permanente, primero siendo confidente y compañero de andanzas de Magic Johnson y después lidiando con el éxito conflictivo de Kobe Bryant, Shaquille O’Neal y Phil Jackson. Así fue hasta que él murió, su familia heredó el imperio… y el resto es una historia con lo peor de las guerras de poder y del odio entre hermanos. Puro culebrón aunque, en realidad, mucho más que simplemente eso.
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