Chiqui Tapia es negro, gordo, sindicalista y peronista. Si fuera rubio, de ojos celestes, empresario, dirían que es el presidente más exitoso de la historia de la Selección Argentina de fútbol.
Con Tapia hay causas abiertas, varias de ellas desestimadas sin pruebas. Lo acusaron por una tercerización de la venta de entradas, lo que ahora se comprobó que antes de Tapia era 70-30 para la empresa de Tofoni (investigado en EE.UU.) y ahora es 30-70 para la productora de Faroni, y con todo legal.
Algunos de aquellos empresarios rubios pasaron del contrabando al Panamá Papers, del “robo” del Correo a los 100 mil millones de endeudar a los argentinos. Y se podría hablar del porcentaje de los pases de los jugadores, “Arribas” de todo en “su” club.
Los precios de las entradas son elevados para ver a Argentina, es cierto, y en eso hay un error que no cometía Julio Grondona -quien no fue tampoco ni la Madre Teresa de Calcuta ni el Padrino- al procurar especialmente que la Selección fuera “de todos y para todos” con precios más accesibles.
El valor de las entradas, la reventa, los 30 equipos, los torneos sin enfrentamientos todos contra todos, mucho de lo que se amplifica de los arbitrajes, es caldo de cultivo para los que le apuntan a Tapia, con los intereses de quedarse con el fútbol a través de las SAD.
Y ahí es donde el valor de los tickets y la reventa se transforma en un boomerang. Por eso, en un momento del partido de Messi se produjo una “alianza” para insultar a Tapia entre esos millonarios que accedieron a esas entradas y “barras” que se ubican en la baja Centenario, hinchas de River.
En la noche del martes fue la fiesta y la despedida de Messi. Parte del público que paradójicamente pagó esos altos precios para ello pretendió manchar la jornada con insultos extemporáneos al presidente de la AFA. Por suerte, duró lo que un suspiro. Porque la noche era de Messi.
No fue de ninguna manera “toda la cancha”, como interesadamente después se quiso instalar con “nado sincronizado” en redes y determinados medios.
Justamente lo fogoneó la barra de la Centenario baja y se sumaron esos millonarios contradictorios que critican a Tapia, pero pagan esa entrada. Cuando canta un porcentaje, por pequeño que sea, en cualquier cancha, parece que cantan más porque se hacen oír mientras la gran mayoría está en silencio.
Era la noche de Messi, sí. Y Leo se ocupa, cada vez que llega a Argentina, de mostrarse codo a codo con Tapia, en fotos, en actos, en gestos.
Artífice fundamental de estos títulos de la Selección, y de que por fin el equipo se pusiera al servicio de la felicidad de Messi, es el DT Lionel Scaloni. Lo puso Tapia, contra críticas despiadadas de comunicadores y exfutbolistas que llegaron hasta desear al aire que perdiera la Selección “para traer un técnico en serio” (algunos postulaban desbosadamente a Gallardo).
Scaloni es, entonces, también todo de Tapia. Porque, además de Tapia, fue la elección de César Luis Menotti como director del departamento de seleccionados nacionales para volver a las fuentes del mejor fútbol argentino. Un gran acto de justicia para cerrar el círculo con quien empezó la historia de lo que luego serían las 3 estrellas. Y Menotti ratificó y estimuló la conducción de Scaloni, Messi y compañía.
Tapia, al cabo, es el presidente campeón del mundo, subcampeón del mundo, de la Selección ganadora de dos Copa América y la Finalissima, el que puso a Scaloni, quien a su vez formó el mejor equipo para apuntalar al mejor Messi, quien así revirtió su historia en la Selección.
Pero si bien el fútbol y la vida están llenos de grises -y, lo dicho, Tapia también hace varias cosas mal-, hoy es una época de demasiados negros y blancos. Y Tapia, con todos esos logros apuntados, sería llevado en andas si no fuera negro, gordo, sindicalista y peronista.
Deberíamos replantearnos ya, a esta altura, aquello de que la sociedad argentina no es racista. Al menos, en estos tiempos tan oscuros, una parte sí lo es, y estigmatizante. Y ya, lamentablemente, no solo estamos hablando de fútbol.

