El fútbol argentino es hermoso porque es el único lugar del mundo donde la lógica cotiza en dólares y se devalúa en pesos. Antes, un equipo chico entraba al Monumental o a la Bombonera como quien va al dentista: sabiendo que iba a sufrir, rezando para que fuera sin anestesia y festejando si salía vivo con un humilde 2 a 0. Hoy las cosas cambiaron. Ahora los rivales ven la camiseta de River o de Boca y no ven gigantes: ven la película Titanic. Ya a los diez minutos sabés que el barco se hunde irremediablemente, pero te quedás a mirar el espectáculo a ver cómo se ahogan los músicos.
Lo del fin de semana pasado no fue simplemente una derrota desafortunada ante Barracas Central o Deportivo Riestra. Perder puede pasar, es fútbol. Lo que no puede pasar es irte 3 a 0 abajo en un tiempo, tener el 80% de la posesión en el segundo y no patear al arco ni una sola vez. Eso no es tener la pelota, eso es secuestro de pelota. Fueron dos gigantes amnésicos, sin reacción, sin ideas y completamente superados por planteles que hasta hace dos días jugaban en la C y que el fin de semana dieron una lección magistral de táctica, disciplina y vergüenza deportiva.
En Núñez y en La Boca nos vendieron un plantel estilo 101 dálmatas: los presentaron como estrellas internacionales, pero en la cancha demostraron ser altos perros. ¡Pero perros de departamento! De esos que sacás a pasear cinco minutos y lo único que hacen es salir a mandarse cagadas.
Entre River y Boca gastaron casi 50 millones de dólares en este mercado de pases. Miren si no será generoso nuestro fútbol que las dirigencias lograron armar un parque nacional: crearon el bosque de arrayanes más grande de la AFA, porque tienen a los troncos más caros del mundo en el medio de la cancha. Ver jugar a estos planteles es como presenciar una peña folclórica: ya sabés que el evento inaugura con un baile terrible.
Las decisiones de los técnicos superan la ficción. Coudet en River tiró a la cancha a refuerzos sin un solo entrenamiento encima, buscando líderes desesperadamente como quien busca Wi-Fi en el medio del campo. Y Arruabarrena en Boca guardó a los titulares confiándose ante Riestra, sobreestimó lo que tenía en el banco y se comió un cachetazo histórico. El “Vasco” quiso ahorrar nafta y terminó quemando el motor.
Lo grave no es solo la paliza del debut; lo dramático es el tendal de dudas que dejan flotando de cara a los compromisos de esta semana en la Sudamericana. El rendimiento individual roza lo insólito y la pregunta que retumba en las tribunas ya no es táctica, es de supervivencia pura: ¿hasta cuándo puede aguantar el hincha?
El Clausura 2026 arrancó recordando por qué nuestro fútbol es único en su especie. Acá no hay billetera que alcance si te falta juego, alma, huevo. Mientras River y Boca piensen que los problemas de la cancha se arreglan pasando la tarjeta de crédito en vez de agarrar la pelota, los chicos van a seguir dándose el gusto de su vida. Porque el finde pasado quedó bien claro que en la cancha el tamaño no importa.

