Según el consultor arbitral Todd Warnick en un análisis para BasketNews, el nuevo paquete de reglas de la FIBA que se empezará a usar el 1 de octubre con la intención de ordenar el juego ha terminado creando un rompecabezas que desconcierta a árbitros, jugadores y a cualquiera que intente entender qué está pasando. Este nuevo reglamento se aplicará también en las competiciones de ACB y Euroliga. El problema empieza con la definición del acto de tiro, que siempre había sido algo muy básico, cuando un jugador sostiene el balón y lo lanza hacia el aro. Esa idea era clara, universal y compartida por todas las ligas importantes. Sin embargo, FIBA ha decidido añadir elementos que no estaban en el vocabulario de baloncesto y que ahora generan dudas en cada acción.
Uno de los cambios más llamativos es que el acto de tiro solo cuenta si el jugador está en el campo ofensivo, salvo que sean los últimos segundos de posesión o de final del cuarto. Hasta aquí, todo bien, una decisión positiva para acabar con la picaresca de intentar sacar tiros libres en un lanzamiento de campo a campo en pleno encuentro. El lío aparece cuando la FIBA introduce la idea de que el tiro empieza cuando los hombros y el balón se mueven hacia arriba. El problema es que los hombros no suben de manera clara en un tiro normal. En un lanzamiento típico, los brazos suben y los hombros apenas cambian de altura. Por eso los árbitros nunca han mirado los hombros, sino las manos, los brazos y el balón. Esta nueva referencia anatómica es tan imprecisa que no ofrece un momento claro para decidir si un jugador está tirando o no.
La consecuencia práctica es absurda. Si un jugador inicia un tiro desde el pecho, recibe un golpe en el brazo y continúa la acción, ya no se considera acto de tiro porque los hombros no han empezado a subir. Esto contradice todo lo que se ha entendido siempre sobre cómo funciona un lanzamiento. Además, la FIBA añade otra condición extraña, si el jugador no está mirando el aro cuando empieza a mover el balón hacia arriba, tampoco está tirando. Esto afecta a movimientos clásicos como el giro en el poste o el gancho, donde el jugador suele empezar la acción de espaldas antes de orientarse hacia la canasta. Con la nueva regla, esas jugadas dejan de ser tiros, lo que complica aún más el trabajo arbitral y abre la puerta a discusiones interminables sobre si el jugador estaba o no encarando el aro en el momento exacto.
Las faltas también cambian y, lejos de simplificar, FIBA ha decidido dividir la antigua falta antideportiva en dos categorías nuevas: disruptiva y flagrante. La idea era suavizar las consecuencias de algunas acciones que antes llevaban a una descalificación demasiado rápida. La falta flagrante recoge acciones duras y excesivas, mientras que la disruptiva se aplica a paradas tácticas de juego o contactos por detrás en situaciones de contraataque.
Las técnicas también se reorganizan. Ahora hay dos niveles: las de categoría 1, que incluyen protestas irrespetuosas, provocaciones, simulaciones o gesto ofensivos, y que sí cuentan para una expulsión (previamente, con dos técnicas o dos antideportivas o una de cada una el jugador era expulsado); y las de categoría 2, que cubren acciones menores como retrasar el juego o tocar el aro en situaciones no peligrosas, y que no provocan expulsión por acumulación. Esto obliga a cambiar señales arbitrales, abreviaturas y la forma de registrar las faltas, lo que añade más trabajo y más margen para errores en partidos que ya son difíciles de gestionar.
Además, se aclara cuándo un jugador puede volver a botar el balón sin cometer doble bote, se elimina la obligación de que los calcetines sean visibles y se flexibilizan detalles estéticos de la pista. El vídeo arbitral también amplía su alcance, permitiendo revisar más acciones en los últimos minutos y en cualquier momento del partido, desde interferencias hasta la clasificación correcta de una falta. Son herramientas útiles, pero llegan en un contexto donde ya hay demasiados cambios simultáneos.
En conjunto, estas modificaciones parecen hechas sin una línea clara de simplificación. En lugar de facilitar el trabajo arbitral y mejorar la experiencia del juego, introducen conceptos nuevos que no encajan con la lógica habitual del baloncesto. Para muchos, estos cambios son el ejemplo perfecto de cuando se toca demasiado una norma que funcionaba y se termina creando más problemas que soluciones.
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