El horror camina con nosotros. Hay algo excesivo que deforma la áspera desnudez del presente, la concavidad oscura en la que se pierde la mirada, lejos de la belleza nítida de las cosas reales, de lo común, de la plenitud de los sentidos. La realidad, en lugar de reconocerse, se transfigura; y el presente acaba haciendo algo más que intensificar la decadencia: reparte papeles de pertenencia. Se erige en soberana musculosa que levanta muros: un Leviatán raquítico que amuralla el exterior y domestica el interior. Purifica al “nosotros” como víctima de una agresión externa y reconoce al que llega como un “invasor”.
Mientras fantaseamos con nuestros cuerpos nacionales “violados”, en algunos lugares del mundo son cuerpos reales los que quedan en el agua. Son varios los kilos de carne humana migrante “pudriéndose” por el mundo, sin señales de culpa, ni abatimiento. Si quiere, hoy mismo se puede llevar de Ceuta unos cuantos kilos de carne picada de migrantes triturados sin procesar. “Fentanilos” vivientes que van y vienen, que se los llama y se los expulsa, se los necesita y se los apalea.
Contra esta barbarie se plantó Mbappé, antes de salir al terreno de juego frente al Elche. Lo explicó con sencillez: no quería elegir un sufrimiento sobre otro. Ocultó el lema que llevaban las camisetas del Real Madrid: “Todos somos caballas”, en referencia a los ciudadanos ceutíes. El gesto dijo más de lo que expresó. Mbappé exigió que los “invasores” sean vistos como seres humanos con derechos. Y en la negativa a dejarse “vestir” nos interpeló si un cuerpo que salta una alambrada fronteriza tiene todavía derecho a ser mirado como un “alguien” antes de ser contado, devuelto y, en última instancia, clasificado como ganado.
El delantero francés se enfrentó al país y al relato dominante, intrumentalizado por la ultraderecha y la derecha extrema. De redes patrias, y ajenas, tan ultras, se descolgaron varias caricias hacia Mbappé: mono, terrorista, “bolche”, “etarra”, zurdo. Esa ignorancia creativa que nace en los pozos sépticos del gallinero virtual.
Desvestimos a los migrantes de sus derechos para convertirlas en una masa hacinada y maleable que no altere nuestras conciencias. A gente joven y desesperada, como todos esos adolescentes que intentan escapar de la pobreza, los lanzan engañados a la muerte para crear miedo y odio reactivo hacia el emigrante. He aquí una nueva modalidad de guerra secreta y subterránea: utilizar a las personas como munición, como balas, como granadas de mano, mientras gobiernos cómplices y la ultraderecha global se rasgan las vestiduras ante tamañas “invasiones”.
Kylian Mbappe comprendió hace tiempo la necesidad de meter sus manos en el estiércol de la extrema derecha, y ensuciarse como un ciudadano más. Pidió el voto contra Marié Le Pen en las pasadas elecciones francesas.
A uno le viene el recuerdo de las palabras de De Paul ante tal vez el acto político más importante en la historia del fútbol argentino, el banderazo del trapo de Las Malvinas en el Mundial: “Que quede claro que nosotros somos jugadores de fútbol y venimos a jugar al fútbol, nosotros no hacemos política, no entendemos de esos lugares”, expresó. Se perdió el mejor momento de hacer política. Tal vez no tenga otra oportunidad.
Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas puede cambia el mundo, escribió Galeano. Tal vez tumbados, pegados como moscas a la corteza de la Tierra, pensando en lo real y en lo divino, se llegue a saborear el vértigo de creer que las cosas pueden cambiar, que se puede penetrar en las costuras de la realidad, en ese tejido blando hecho de recuerdos, de deseos, y presente; y desafiar al mundo pensando que emigrante es una palabra bonita si nadie te obliga a serlo.
(*) Ex jugador de Vélez, clubes de España y campeón mundial 1979

