La Superliga pretendía nacer para cambiar para siempre el mapa económico del fútbol europeo. Cinco años después, el proyecto quedó prácticamente fuera de escena y la Champions League no solo sobrevivió: aumentó su escala, elevó el dinero que distribuye entre los clubes y se encamina a convertirse en un negocio cada vez más cercano al modelo de las grandes industrias globales del entretenimiento.
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