Ahora que está de moda que los jugadores de la NBA, porque hay un millón de micrófonos abiertos, hablen de todo y también de su situación financiera o de cuánto vale en realidad el dinero que ganan como profesionales (a veces, para irritación de los mortales con sueldos de andar por casa), es curioso escuchar cómo hizo Kwame Brown para no verse sin blanca o, como mínimo y como otros jóvenes que no alargan su carrera en las pistas con grandes contratos, para no pasar grandes apuros o darse cuenta, un día, de que no tenía tanto y, por eso, no lo queda casi nada.
Brown, que ahora tiene 44 años y jugó su último partido en la NBA el 20 de febrero de 2013, invirtió sus salarios de las franquicias, sin tocar ni un dólar, y vivía de su contrato (un millón y medio de dólares) con Adidas: “Nunca me compré joyas caras y vivía de lo que ganaba con Adidas, que me daba un millón y medio. Lo que cobraba de los equipos, lo invertía sin tocarlo. Me metí en CSI Capital Managment, intenté comprar hoteles. Quería jugar al Monopoly en la vida real. A los jugadores jóvenes les diría que vayan despacio, que empiecen poco a poco y que hagan sus negocios en verano, cuando no están jugando. Yo compré un edificio en Atlanta por 88.000 dólares en verano, lo dejé estar durante tres años y lo vendí por 35.000. Y no tuve que poner ni un ladrillo”.
Brown dio estas explicaciones en el podcast Doggie Diamons No Filter, en el que también habló de su pobrísima carrera en la NBA que le convirtió en uno de los números 1 (en su caso, en el draft de 2001) más cuestionables de la historia: “Era el mejor jugador de aquel draft. Si se volviera a hacer el draft pero quitaran la presencia de Michael Jordan por los Wizards y me dieran la confianza y el peso en el juego que le dieron a Pau Gasol, el que deberían haberle dado a un número 1… La gente no es honesta con esto. Cada uno puede tener su propia teoría, pero lo cierto es que nunca ha habido otro número 1 que haya tenido que ver cómo su propietario es una leyenda que además decide ponerse a jugar justo cuando él llega a la NBA. Eso no ha pasado ni una sola vez más en toda la historia. Y nunca ha habido otro número 1 al que no le dieran la bola en pista, las llaves de la franquicia. Esas cosas solo me han pasado a mí. Para proteger la imagen de un tío de 39 años que decidió volver a jugar, y cumplir sus sueños de baloncesto en un equipo del que también era en parte propietario, no quisieron ser honestos conmigo y reconocer que eso destruyó mi posible crecimiento. Se pudo ver cuando me encontré con Gasol después, de verdad que creo que era el mejor jugador de ese draft. No me siento mal conmigo mismo porque sé lo que hacía con cualquier jugador que me ponían delante… y eso sin que casi me dieran la bola”.
Efectivamente, Brown, una sensación del sur que era un pívot triturador en los institutos de Georgia, fue número 1 del draft, y no uno cualquiera: el primero que alcanzaba esa condición directamente desde el instituto, sin pasar por la universidad. Elegido por los Wizards, después de él llegaron, en su generación, Tyson Chandler y Pau Gasol. Y, más allá, jugadores como Joe Johnson, Jason Richardson, Shane Battier, Zach Randolph, Tony Parker, Gilbert Arenas… en fin.
Y, efectivamente, su llegada a los Wizards estuvo marcada por su seguramente lógica inmadurez: iba a pasar por la Universidad de Florida pero eligió el draft después de arrollar en su último año de instituto (20,1 puntos, 13,3 rebotes, 5,8 tapones, 3 asistencias, 2 robos) y ser considerado el mejor jugador de su rango del país, distinción que le elevó por encima de otros gigantes como Tyson Chandler y Eddy Curry. De los tres, solo el Chandler hizo una gran carrera NBA. Brown se lanzó y, sí, su llegada a la NBA coincidió con el momento en el que además de presidente de la franquicia, Michael Jordan también quiso ser, otra vez, jugador. Así que los focos en los Wizards cambiaron radicalmente y el joven pívot sobre el que tenía que asentarse el futuro del equipo quedó en segundo plano. Cuando se fue definitivamente Jordan y él entró en su tercera temporada, jugó a su mejor nivel (casi 11 puntos y más de 7 partidos) y después rechazó una extensión de cinco años y 30 millones para salir, después de cubrir su contrato de cuatro años, al mercado.
Su siguiente destino fueron unos Lakers en los que, otra vez, entró en clave baja. Ya marcado por la etiqueta de poco comprometido y de bust (pufo) del draft, pasó un mal trago en su primer partido en Washington como visitante: abucheos constantes y carcajadas cuando un pase de Sasha Vujacic se estampó en su cabeza porque estaba mirando para otra parte. Después, con Phil Jackson como entrenador, tuvo su momento, pero las lesiones terminaron de enterrar su potencial. Una le impulsó, la de Chris Mihm que le dio una titularidad no mucho antes imprevista. Pero otra le hundió, la suya cuando empezaba a jugar con cierta consistencia y buenas sensaciones.
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A partir de ahí, los Lakers le dieron el puesto de pívot a otro joven que llegó arrollando y que acabó, también desterrado por las lesiones: Andrew Bynum. Y Brown se convirtió en una pieza de intercambios, un trotamundos a partir del traspaso de Gasol (número 3 de su draft) a los Lakers. Él fue parte del recambio que recibieron los Grizzlies. Y después pasó por Pistons, Bobcats, Warriors y Sixers. Cinco equipos en cinco años y la retirada con unas medias, finalmente, de apenas 6,6 puntos y 5,5 rebotes. Sin ninguna distinción individual y con solo 281 titularidades en sus 607 partidos. Muy poco, claro, para un número 1 del draft que ahora lleva años intentando explicar que sí, las cosas no fueron bien para él en la NBA pero no, no fue una cuestión de poco talento ni mala actitud.
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