Es probable que, como POTUS, Donald Trump sepa mucho de muchos temas y menos de unos cuantos otros. Lo que parece claro es que de fútbol sabe muy poco, como quedó patente en el caso Balogun. Así que, si declara que una Copa del Mundo FIFA “nunca volverá a ser tan exitosa o rentable” si Gianni Infantino resulta eyectado de su trono presidencial, no habría por qué tomarlo en serio.
El mundo está partido en dos y no es geopolítica. Los que cuestionan al tambaleante dirigente italo-suizo y los que lo apoyan para sacarle algún rédito. De aquel lado se alinearon la poderosa UEFA con la numerosa CONCACAF (exceptuando México, Granada y St.Kitts) y la desperdigada Confederación Asiática (AFC), salvo ocho de sus integrantes. De este lado quedó la Conmebol y tiene lógica, desde varios puntos de vista.
Por un lado, por oposición al tradicional rival europeo. Por el otro, para sacarle provecho a la debilidad del suizo, más frágil en oposición a la fortaleza política de quienes conducen la entidad de Luque (Paraguay). Y, especialmente, porque está en juego la posibilidad de un interesante negocio que podría no cristalizarse si Infantino no se sostiene en el cargo.
El proyecto de una Copa del Mundo de 64 selecciones tiene el sello de Conmebol. La entidad es la impulsora del plan que esgrime Infantino. Un nuevo incremento de la cantidad de participantes -se pasó de 36 a 48 este año- tiene como único y obvio objetivo para los dirigentes sudamericanos aumentar la cantidad de partidos de la próxima Copa del Mundo a disputarse en este continente.
Hasta ahora, en el inédito mundial de seis sedes previsto para 2030, Uruguay, Argentina y Paraguay le habían arrancado un encuentro, el debut de sus seleccionados, a la organización que encabezaban España y Portugal y a la que se sumó Marruecos.
Pero con 64 equipos jugando el certamen es plausible que los tres sudamericanos puedan volverse cabezas de serie de grupos que se jugarían, íntegramente, en cada uno de esos países. Exactamente, seis partidos en cada zona. Inclusive, han circulado rumores sobre un plan más ambicioso: que estos seleccionados sigan jugando en Sudamérica hasta octavos de final, o sea, dos eliminatorias más tras la fase de grupos. Aunque eso es apenas un plan muy ambicioso, solo podría cuajar si Infantino se sostiene y logra la reelección en marzo próximo.
Si la presión de UEFA y sus aliados no logra hacerlo renunciar hasta entonces, tendrá que ir a un inevitable poroteo. UEFA, CONCACAF y AFC reúnen más de 140 países; no todos votarían en contra de Infantino, pero es un número importante frente al total de 211 federaciones en condiciones de elegir presidente. El titular de la CONCACAF, el canadiense Victor Montagliani, es visto como el principal desafiante, pero solo se presentará si está convencido de ganar.
Conmebol puede terciar políticamente, pero tiene pocos votos (10) que aportar. Se dice que México apoya a Infantino porque el suizo podría favorecer la incorporación del fútbol azteca a los calendarios sudamericanos -a la manera de Australia en Asia- para ayudarlos a extremar el desarrollo futbolístico.
Entre la Confederación Africana (54 federaciones) y la OFC de Oceanía (11) suman 65 voluntades. “La OFC reconoce los progresos alcanzados durante la última década en el desarrollo del fútbol en Oceanía bajo el liderazgo de la FIFA”, afirmó la entidad en un comunicado, esta semana. Son menos de un tercio de las federaciones asociadas.
No es por ahí que Infantino pueda sacar músculo electoral. Para colmo, Nueva Zelanda, el miembro más fuerte de la OFC tras la salida de Australia, sorprendió a finales de la semana desprendiéndose de la mirada de la región, al anunciar que no votará la reelección del ítalo- suizo. Se precisan 106 votos para ganar la elección.
Pero si el plan de Conmebol funciona será que UEFA ha fallado en su intento de desplazar a Infantino. ¿Cumplirá entonces la entidad que preside el esloveno Aleksandr Ceferin su amenaza de boicotear los torneos internacionales? En setiembre se juega el Mundial Sub-20 Femenino en Polonia, un certamen que parece destinado al sacrificio en este ajedrez político.
Pero Europa ya no comparte sus fechas FIFA con nadie y podría elegir, si sus dirigentes están convencidos de tirar de la cuerda hasta el extremo, jugar una Eurocopa con esteroides, invitando a Japón, Australia, Canadá y Estados Unidos, por ejemplo, países que no explicitaron apoyo a Infantino.
Caso curioso el de la US Soccer Federation, que preside la exfutbolista Cindy Parlow Cone. ¿Resistirá la presión de su anaranjado presidente? Ella es una de las integrantes del Comité Ejecutivo de la FIFA. El asesor de Trump Andrew Giuliani -el mismo que disparó el reclamo en el caso Balogun, que acabó en la inédita suspensión de la sanción- renueva la presión. “La gente es celosa de los que logran grandes éxitos, y lo que Infantino ha hecho por FIFA es llevarla a un nivel que esa gente no creyó que fuera posible”, afirmó Giuliani el viernes al New York Times, antes de sentenciar: “Si Infantino no es reelegido, quienes voten contra él tendrían que hacerse revisar la cabeza”.
En ese extremo hay, esperando, una pregunta demasiado hipotética: ¿Valdrá la pena un Mundial de 64 equipos con solo 77 (Conmebol, la CAF y Oceanía) respaldando la idea? ¿Qué tan comercialmente atractivo sería?
Aunque finalmente no haya diáspora, ese mega Mundial puede ser una enorme tentación para las federaciones que nunca pudieron disputar una Copa del Mundo. La cuenta es sencilla: de esos 211 integrantes de FIFA, 128 nunca accedieron a la Copa. Esa es una carta que Infantino espera jugar en el poco más de medio año que restan hasta la elección de marzo.
De los 36 asientos del Comité Ejecutivo (8 vicepresidentes y 28 vocales), en 13 se sientan representantes de federaciones cuyos seleccionados nunca jugaron una Copa del Mundo. Tampoco es casual que algunas de las federaciones que tienen asiento en el Comité Ejecutivo, como Qatar, Marruecos, Egipto, Filipinas y, por supuesto, Paraguay, Uruguay y la Argentina, respalden la reelección de Infantino.
La clave puede ser Mattias Grafstrom, el secretario general de FIFA desde octubre de 2023, cuando reemplazó a la senegalesa Fatma Samoura. El sueco-neerlandés nacido en Ginebra -el calvo de barba candado que se sentaba una fila más arriba que su presidente en los partidos de la Copa del Mundo- llegó a la FIFA diez años atrás de la mano de Infantino.
Su rechazo al FIFA Forward Enterprise (FFE), el plan para vender los derechos comerciales de la Copa del Mundo, cuando lamentó una “triste y reprochable serie de eventos”, que “concluyó felizmente con el abandono permanente” del FFE, resultó de alto impacto. Tanto Infantino como su antecesor Joseph Blatter eran secretarios generales del organismo antes de encumbrarse.
En ese momento, envió un correo electrónico a los empleados de la entidad con el siguiente mensaje: “Les aseguro que quienes trabajan en la administración estarán protegidos de la situación política que estamos viviendo. No tienen por qué preocuparse (…) Las personas, los períodos de inestabilidad y los acontecimientos desafortunados van y vienen”. Pero Grafstrom decepcionó a la UEFA al firmar junto a Infantino la carta en la que FIFA reconocía el grueso error cometido. ¿El sueco respaldó a su mentor por convicción o no le quedó más remedio que hacerlo? No está claro.
Infantino contratacó tras la reunión del Comité Ejecutivo en Rabat, el miércoles 5: “La FIFA no tolerará ningún ataque a su integridad y adoptará todas las medidas necesarias para defender su reputación”, hizo saber en una declaración oficial, que su secretario general rubricó. Y, por lo tanto, el partido sigue jugándose.

