Alberto Herreros (Madrid, 1969) es el mejor jugador español de los últimos años del siglo XX. En su estreno en la Selección coincidió con los héroes de los 80 y se despidió en 2003 como veterano inspirador de los Gasol, Navarro y compañía. En 1996 protagonizó uno de los traspasos más sonados de siempre, del Estudiantes al Real Madrid. Y en junio de 2005 firmó la retirada soñada, con un triple que coronaba una remontada antológica para ganar la Liga. Aún es el máximo anotador y triplista en la historia de la ACB. Como director deportivo merengue suma 31 títulos.
Una vez lo escuché contar la historia de sus inicios en el baloncesto, cuando un compañero lo arrastró a hacer una prueba. ¿Volvió a saber de él?
Hace mucho que no hemos tenido contacto. Era un compañero del instituto y jugábamos de vez en cuando las típicas pachangas y algún torneo municipal. Le habían informado de que en el colegio Menesianos hacían una prueba para el equipo. Nos liamos la manta a la cabeza y nos cogieron. Lo recuerdo como una etapa bonita. Tenía 17 años, era 1986 y por primera vez jugaba federado. En la 87-88 pasé al Canoe y en la 88-89 estaba ya en el júnior del Estudiantes.
Una evolución meteórica.
A mí me gustaba el baloncesto, me tragaba todos los partidos por mi hermano mayor y mi padre. Me acuerdo de los Juegos de Los Ángeles 84, de los duelos del Madrid en la Copa de Europa, que eran los que más se televisaban. Me encantaba el deporte, jugar al fútbol, al tenis… En el instituto, el baloncesto se me daba bien.
De no haber hecho aquella prueba, ¿quizá hubiera sido tenista o futbolista?
Siempre mostré habilidad para el deporte, pero no me lo he planteado. Mi tío había sido jugador del Canoe y me dijo que fuera a hacer unas pruebas (en 1987). Era júnior de primer año y en el primer entrenamiento me hice un esguince. En toda mi carrera me habré hecho dos. Me escayolaron en urgencias y pensé: ‘Ya me buscaré equipo cuando me recupere’. El entrenador del Canoe era Charly Sainz de Aja, el de los júniors de oro, y me tranquilizó, contaba conmigo porque me había visto jugar en Menesianos.
Debió hacerlo de maravilla porque unos meses después fichaba por el Estudiantes.
Me lo volví a pasar muy bien porque el grupo de compañeros era otra vez muy bueno. A mitad de temporada me llamó Miguel Ángel Martín, que era entonces el entrenador del júnior del Estudiantes. Tuvimos dos reuniones y le dije que me iba con ellos. Al finalizar el curso con el Canoe, Tirso Lorente se puso en contacto conmigo para que fichara por el Madrid, pero le expliqué que ya me había comprometido con el Estudiantes.
Y en el júnior del Estu continúa esa ascensión imparable, ¿no?
El 30 de diciembre el primer equipo tenía un partido contra el Granollers en el que había algún jugador con problemas físicos y Miguel Ángel Martín (había cogido las riendas del equipo desde la cantera) me hace debutar. Juego casi toda la segunda parte y anoto 13 puntos. A partir de ahí empecé a entrar en las convocatorias (en total disputó 15 encuentros esa campaña).
¿La facilidad para anotar de tres era innata?
La gente me decía que tenía mucho talento para el tiro y me preguntaban quién me había enseñado a tirar. “Nadie”, era la respuesta. Prácticamente no había tenido entrenador y en Menesianos jugaba de ala-pívot, incluso al cinco, pero siempre tuve esa habilidad natural.
¿Cree que por haber empezado tarde a jugar y en posiciones interiores pudo no haber desarrollado otras habilidades?
Puede ser. Lo he hablado varias veces, pero también hizo que no me quemara en los primeros años. A mí lo que más me gustaba en el mundo era jugar, disfrutaba mucho. He visto casos de jugadores jóvenes que acaban quemados por entrenar desde los 12 o 13 años y yo esa sensación nunca la he tenido.
Del debut con el Estudiantes al estreno con la Selección en solo año y medio.
Antes, todavía en ese año júnior, voy con la Selección Sub-22 y ganamos el primer Mundial de la categoría que se celebra en Teruel. Era el más joven del equipo y estaban Pablo Laso, Quique Andreu, Ferrán Martínez, Pep Cargol… con Díaz-Miguel de seleccionador, que era el de la absoluta y dirigió también a aquel equipo. Había una España B que dirigía Wayne Brabender. Y al año siguiente debuté con la Selección y fui al Mundial de Argentina.
En aquella España estaban Romay, Villacampa, Andrés Jiménez y Montero, en otras citas coincidió con Epi, y en el Eurobasket 2003 jugó con Gasol, Navarro, Reyes, Calderón y compañía.
Me tocó la transición de las leyendas de los 80 y luego, en la otra época, los fenómenos. Comparar es injusto. Además, cuando yo llegué, Epi, por ejemplo, ya tenía una edad y había hecho muchísimo. Y los otros eran aviones de 21 a 23 años. Alucinaba con lo que venía.
En sus primeros años se enfrentó a todos los grandes de los 80, a Petrovic, Sabonis, Galis… ¿Algún elegido?
A mí me volvía loco Drazen Petrovic. Un referente. Me parecían sobrehumanas las cosas que hacía y cómo competía. Recuerdo aún como aficionado, en aquellas dos Copas de Europa que ganó (1985 y 86), verle celebrar las canastas contra el Madrid y me ponía malo. Una rabia… Estuve en el viejo Pabellón en uno de esos partidos. En la ida había habido follón en Zagreb y en Madrid anotó 49 puntos. Me impactó. Sabonis también era de otro planeta, con su altura, tiro y capacidad de pase.
En el Estu, cuando aún no había cumplido 23 años, celebró el título de la Copa en 1992 y el pase a la Final Four de Estambul. Imagino que vivió una doble experiencia imborrable.
Sí, sobre todo porque la química era impresionante. Con Nacho Azofra, Juan Aísa, Alfonso Reyes, Orenga, Pinoso, Ricky Winslow, Pedro Rodríguez, Pablo Martínez… Era un equipo muy joven, casi como unos críos que se van de fiesta, y pagamos la inexperiencia en la Final Four. Podíamos haberlo hecho mejor. Al campeón, el Partizán de Djordjevic y Danilovic con Obradovic de entrenador, le ganamos bien los dos partidos de nuestro grupo.
El 14 de septiembre de 1996 se cerró su traspaso del Estudiantes al Madrid (por 250 millones de pesetas de entonces, 1,5 millones de euros). Aquello fue sonado, con unas negociaciones durísimas y una repercusión más allá del baloncesto.
Dígamelo a mí (se ríe). Le di muchas vueltas, incluso antes hubo contactos con otros equipos que se interesaron. Al Estudiantes lo quería mucho, pero cuando el club me decía que apostaba por hacer un equipo potente, otros jugadores me contaban que se iban a marchar. Tomé la decisión de irme y no me arrepiento de nada, aunque fue duro. Hubo situaciones que no entendí porque la gente se puso muy en contra mía. Y no hablo de los aficionados, que respeto sus sentimientos. Desde el club actuaron de una forma que no fue normal. Pasé de ser un fenómeno a… Algunos por desgracia ya no están, pero cuando eso pasó y coincidíamos más tarde el trato seguía siendo muy bueno.
Habla de otros equipos, ¿su preferencia era el Madrid?
Sí. En el Estudiantes me llamaban vikingo porque sabían que yo era del Madrid. Luego, estando en el Madrid, algunos decían que era del Atleti, y no. Hablé bastante durante el proceso con Pedro Ferrándiz (en los despachos del club blanco entonces) y Zeljko Obradovic (el entrenador) porque todo se retrasó y hubo un momento en el que estuve desesperado. Quería jugar.
Y cuando por fin debuta, el 22 de septiembre de 1996, es contra el Estudiantes en su cancha.
¿Coincidencia o se hizo aposta? Fue en la quinta jornada cuando dieron el OK al acuerdo. Hasta entonces me entrenaba con un equipo de Las Rozas.
En los años siguientes es el máximo anotador del Mundial 98 (17,8 puntos de media) y del Eurobasket 99 (19,2), donde firman una de las mayores gestas del baloncesto español en el siglo XX. Llegan a la final y rozan el oro.
No éramos uno de los favoritos. En cuartos nos tocó la Lituania de Sabonis y en semifinales ganamos a la anfitriona Francia tras perder en la fase previa. Nos salió un partidazo tremendo y en la final nos esperaba Italia, que había eliminado a Serbia (Bodiroga, Danilovic, Divac…). Estábamos reventados. En los dos partidos anteriores hice una media de más de 35 minutos (y 28 y 29 puntos, respectivamente). De haber tenido un día de descanso, el que hay ahora tras la semifinal, creo que podríamos haber ganado el campeonato. Mis compañeros me ayudaron mucho y Lolo Sainz me dio una confianza brutal.
¿Qué compañero le ha marcado más?
Alberto Angulo, que llegó al Madrid el mismo año que yo, compartimos habitación y también coincidimos en la Selección. Mucho tiempo juntos, también en el club (Angulo es desde 2009 el responsable de la cantera merengue).
¿Y con quién le hubiera gustado coincidir?
Con Fernando Martín, por todo lo que me han contado. Llegué a enfrentarme a él en mi primera temporada en el Estudiantes, cuando era júnior. Lo hice bastante bien (9 puntos el 22 de enero de 1989 con triunfo blanco por 84-106) y en una de las primeras jugadas Martín me hizo un bloqueo que me partió por la mitad. Me quedé en el suelo como si me hubiera caído un foco del techo y el tío me ayudó a levantarme y me dijo: “Bienvenido”. En los siguientes cinco minutos estuve más pendiente de que no me volviera a trincar que de otra cosa porque me crujieron todos los huesos. También estaba Petrovic.
Aún es el máximo anotador de la historia de la Liga Endesa (9.759 puntos) y el mejor triplista (1.233 encestados); pero, más allá de los números, con su último triple el 26 de junio de 2005 firmó una de las mejores retiradas de siempre.
Cualquier jugador de cualquier deporte, si pudiera, elegiría retirarse metiendo la última canasta o el último gol que significara un título. Un trofeo muy ansiado ante uno de los mejores Baskonia al que me he enfrentado (el Madrid llevaba cinco años sin ganar la ACB y el Baskonia venía de jugar la final de la Euroliga tras cargarse en Moscú, en su Final Four, al CSKA). Tenían a Prigioni, Calderón, Macijauskas, Scola, Splitter… Éramos guerreros y perros viejos y jugamos a un gran nivel. Me sirvieron en bandeja la retirada. De haber fallado el triple quizá hubiera continuado, aunque creo que en el Madrid era difícil.
Pero lo metió, se retiró a lo grande y pudo iniciar una carrera de más de 20 años ya en la dirección deportiva del club.
A mí lo que me gustaba era jugar, aquel año no lo hice demasiado y prefería dejarlo que irme a otro equipo. Quería retirarme en el Madrid. La decisión salió bien, aunque los inicios en los despachos fueron complicados. Le agradezco mucho la ayuda a Antonio Martín en ese trayecto de jugador a ejecutivo. “No puedo con esto”, llegué a decir en algún momento. Y me ayudó muchísimo también Juan Carlos Sánchez cuando entró en el club (2010). A los dos les tengo un cariño tremendo porque me echaron una mano en momentos difíciles.
Ahora, 21 años después de aquel triple con el que se retiró, suma 31 títulos como director deportivo.
Me costó adaptarme, pero al final… Siempre me gustó seguir a otros jugadores, ver otras Ligas. Me refiero a cuando estaba en activo, que veía la liga turca, la italiana… Me hablaban de un jugador y me buscaba la vida para encontrar un DVD. Incluso alguna vez intervine en situaciones que no eran beneficiosas para mí. Recuerdo que hablé con Lolo Sainz, cuando estuvo como director general (entre 2003 y 2005), y le dije que, si no encontraban un pívot diferencial, que siempre fue el objetivo después de Sabonis, por qué no fichaban al mejor base y al mejor escolta del mercado. A Bennett y Bullock, por ejemplo. Eso iba en perjuicio mío porque con Bullock iba a jugar menos. Era un jugador determinante y yo lo que quería por encima de todo era ganar y competir con los mejores.
Quédese con un fichaje de todos los que ha hecho.
Sergio Llull (sin titubear). La historia del Real Madrid de baloncesto es descomunal y no quiero que le siente mal a ninguna de las grandes leyendas que dejaron una huella enorme en el club, pero para mí Sergi Llull es el jugador más importante de la historia de este club. Están Luyk, Emiliano, Corbalán, Brabender, Martín… pero de lo que he vivido yo, él. Un fichaje estratégico a posteriori, aunque en su momento venía de la LEB en un momento complicado. Su carrera es impresionante.
¿A quién le hubiera encantado fichar y se le escapó?
(Duda varios segundos). Quizá a Ramunas Siskauskas, que pensaba que iba a venir y al final se marchó de Treviso al Panathinaikos y luego al CSKA. Hicimos un esfuerzo tremendo… Me encantaba.
En su época de jugador en el Madrid coincidió mucho con la escuela yugoslava, en la pista con Bodiroga y Djordjevic y en el banquillo con Obradovic y luego Maljkovic. ¿Era otra mentalidad a la española? ¿Resultaba difícil?
Sí, la forma de trabajar era distinta. Con Zeljko había días que querías matarle porque te exprimía tanto que no podías más, pero luego, al acabar el entrenamiento, te decía: “Vamos a tomar una cerveza”. Porque sabía que ibas encabronado y, al final, lo que sentías es “cómo no voy a matar en la cancha por este tío”. Y Boza, que llegó en mi último año, me partió por la mitad porque el nivel de los entrenamientos era tremendo. Aceleró mi despedida (se ríe). Lo que me gustaba de los balcánicos, de Djordjevic y de Bodiroga, era su mentalidad ganadora, siempre querían imponerse y eso me enseñó mucho.

