Francia ha dejado de ser una incógnita. Después de años chocando con el mismo techo, la selección que acumulaba tres medallas olímpicas sin lograr una semifinal mundialista (ganaron una medalla de bronce de 1963, pero en el torneo solo participaron seis equipos) ha irrumpido por fin en el lugar que le faltaba. El 61-90 ante China no solo certifica su clasificación: confirma que Les Bleues han alcanzado un nivel de madurez competitiva que obliga a mirarlas de otra manera. Invictas en Berlín y con mucha confianza en la pista, avanzan hacia la semifinal contra Alemania de este sábado con la sensación de que nada las puede desviar de su camino.
China intentó complicar el partido desde el inicio. Shuyu Yang y Han Xu encontraron espacios e incluso llegaron a ponerse por delante, pero Marine Johannès apagó cualquier duda con una secuencia que cambió el encuentro. Dos tiros libres y un triple para que el partido girara en la dirección que Francia quería y así recuperar su identidad. La presión sobre las bases chinas anuló por completo el gigantesco dúo formado por las pívots Han Xu y Zhang Ziyu. La primera sobrevivió con números brillantes, pero la segunda quedó atrapada en la agresividad francesa, incapaz de recibir balones y castigada por su falta de movilidad.
Leïla Lacan, imprescindible en defensa, abrió la segunda parte con un triple que dejó claro que Francia no iba a permitir ningún tipo de reacción. China redujo la diferencia a 16 puntos, pero Johannès respondió con dos triples que levantaron al público y cerraron definitivamente el encuentro. Francia juega con una mezcla de descaro y precisión que convierte cada parcial en una amenaza, una identidad que explica por qué este equipo ya no se derrumba cuando el partido se complica.
Esa solidez no surge de la nada. Las galas arrastraban seis eliminaciones consecutivas en cuartos de final. Seis. De 2002 a 2022. Aquella barrera era más que un simple dato: era un peso emocional y una herida abierta en la historia del equipo. Y, sin embargo, esta Francia ha decidido que ya no cree en maldiciones. Gabby Williams, capitana y alma del grupo, lo explicó en una entrevista con L’Équipe para hablar del porqué del cambio: “Es el grupo más unido desde que estoy aquí. La comunicación, la energía, todo nos conecta”. Y añadió algo que revela la transformación: “El ego es genial. Es lo que nos va a ayudar a ganar. Está bien decir que somos las mejores”. Francia ya no teme la presión, ahora la desea.
Ese cambio de mentalidad se refleja en la pista. El tiro exterior es una barbaridad estadística 48% en triples, 67% en tiros de dos durante la fase de grupos. Contra Nigeria pulverizaron el récord de triples en un partido de la Copa del Mundo con 22, marca que Japón justamente había roto un partido antes contra Mali con 20. No dependen de una sola estrella, aunque Williams esté firmando un Mundial descomunal con 17,5 puntos por partido y Dominique Malonga lidere el rebote con 7,3 capturas de media. Dependen de una sola idea, atacar sin miedo, defender sin descanso y asumir que este es su momento.
El dato que lo resume todo son los 98,8 puntos de media en cuatro partidos. Una cifra que solo suele pertenecer a Estados Unidos. Francia está arrasando, compitiendo y convenciendo a cualquiera de que puede ganar este Mundial. Tanto, que la FIBA la ha colocado en el primer puesto del Power Ranking, un lugar que históricamente pertenecía a las americanas.
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