El Gran Premio de Italia que ganó Kimi Antonelli dejó una página histórica en la Fórmula 1, millones de gargantas azzurras rojas de gritar de alegría, y una ventaja de 66 puntos a favor del jovencito de Mercedes sobre su compañero George Russell. La victoria de Antonelli también dejó un nombre en el aire, el de Ludovico Scarfiotti, el último italiano que había ganado en Monza -hace 60 años- antes de que el actual líder del campeonato de la Máxima deshiciera la larga sequía.
Scarfiotti, apodado cariñosamente Lulù, nació en Turín el 18 de octubre de 1933 en una familia de buen pasar que le hizo respirar desde pequeño el mundo del automovilismo. Su abuelo, el nonno de quien heredó el nombre, fue uno de los fundadores de FIAT y el primer presidente del histórico fabricante de autos italiano. El nieto vivió tan rápido como pudo -quizás demasiado- y enseguida empezó a destacarse en importantes categorías de Europa.
De Le Mans a Monza
Su triunfo en Monza, por el Gran Premio de Italia de la temporada 1966 de la Fórmula 1, es la victoria que -al menos hasta este domingo- más recuerdan en su país. Aquel cuatro de septiembre venció con un tiempo de 1h47m14s800 al mando de una Ferrari 312 para convertirse en el tercer piloto italiano que lograba ganar la cita de su propia tierra, luego de los triunfos de Giuseppe Farina (1950) y Alberto Ascari (1951 y 1952), a quienes vio brillar en el Gran Circo mientras crecía su pasión por el automovilismo. Su tiempo en la Máxima terminaría pronto, al igual que su vida, vertiginosa, intensa y demasiado corta, como muchas de las vidas de los pilotos de aquellos años. Sus carreras en la Fórmula 1 fueron diez (puntuables, por el campeonato), entre 1963 y 1968: seis con Ferrari, tres con la británica Cooper y una con la estadounidense Eagle. Entre todas, sumó 17 puntos.
Antes, durante y después de sus días en el Gran Circo, Scarfiotti tuvo jornadas gloriosas en otras competencias históricas del automovilismo, donde se destacó hasta quizás más: en las pruebas de resistencia, por caso, era todo un especialista. El turinés ganó las 12 Horas de Sebring y los 1000 kilómetros de Nürburgring y Spa-Francorchamps. Uno de sus triunfos más emblemáticos fue cuando ganó las 24 Horas de Le Mans, en 1963, junto a su compatriota Lorenzo Bandini para Ferrari. Scarfiotti estuvo al volante 10 horas y 50 minutos, mientras que su compañero manejó 12 horas y 44 minutos. Como en Monza, también en Le Mans logró una gesta histórica: aquel fue el primer y único equipo íntegramente italiano (con un auto de idéntico origen, además) que resultó vencedor de la prueba. Muchas de esas victorias le hicieron ganarse su lugar entre quienes logran ser parte de la mítica Fórmula 1.
Una de esas competencias de largo aliento lo trajo incluso hasta nuestro país: Enzo Ferrari lo eligió para competir en los 1000 kilómetros de Buenos Aires como compañero del piloto argentino Froilán González, toda una leyenda del equipo italiano e histórico ganador del primer GP de la Scuderia. El final no fue el que esperaban: su Ferrari Dino 246S les falló en la vuelta 38 y no llegaron ni a la mitad de carrera.
Lulù, Kimi y las montañas italianas
El talento de Scarfiotti le permitió también brillar en las carreras de montaña, destacándose en empinados y temerarios recorridos cuesta arriba y contra reloj. Incluso fue campeón europeo en 1962 y 1965, con Ferrari, en esa disciplina.
El 8 de junio de 1968, entrenaba para una de esas pruebas, la Rossfeld-Berchtesgaden, donde iba a competir con Porsche, cuando sufrió un accidente en plena cuesta que terminó con su vida y cuyas circunstancias nunca terminaron de esclarecerse. Tenía 34 años.
Es posible que ni el tiempo lograra que Scarfiotti, quien hasta este domingo era el último italiano que había hecho celebrar a sus coterráneos en el Gran Premio de Italia, tuviera el reconocimiento que su trayectoria se merecía. Muchas veces parece que el tiempo -como en un circuito de automovilismo- repite sus recorridos. Con el heredero de la gloria italiana que el Templo de la Velocidad debió esperar seis décadas para volver a ver, también sucedió algo así, en otros tiempos, de apuestas más tempranas quizá. Antonelli, la estrella a la que ahora todos vivan, fichó para Mercedes cuando tenía 12 años. No le abrió sus puertas Ferrari; la mítica escudería de su propio país lo vio, pero no creyó lo suficiente en él. Fue el equipo alemán el que apostó por Kimi y con quien hoy el líder del campeonato comparte sus frutos.
Uno de los mayores tributos a Lulù llegó desde las altas cumbres y de quienes, como él, amaban y aman correr allí. Apenas un año después de su muerte, se creó en su honor el “Trofeo Ludovico Scarfiotti”, una carrera de montaña que recorre el trayecto desde Sarnano hasta Sassotetto (en la provincia italiana de Macerata) y atraviesa las mismas curvas y paisajes que desafiaban a los ojos de Scarfiotti cuando se entrenaba allí. Monza le rindió un tributo hace poco, el viernes, cuando se cumplieron los 60 años de su histórica victoria allí: desde el mítico autódromo y el Automobile Club d’Italia homenajearon su triunfo con la colocación de una placa conmemorativa en la sala del director de carrera, en honor “a una figura clave en la historia del circuito”. Su hijo Luigi y su nuera Carlotta fueron parte de la ceremonia. También estuvo su nieto, quien le rinde el mayor homenaje, llevando con orgullo el nombre de su nonno.
Scarfiotti está vivo
Ludovico Scarfiotti está vivo. Más allá, incluso, de la memoria intacta de esos fierreros ya veteranos que sobreviven sus hazañas o del reciente eco que repite su nombre en relación al triunfo de Antonelli. Hace cinco años, el mítico piloto turinés reapareció en un escenario italiano, cuando se estrenó Ludovico Scarfiotti, il pilota, una obra teatral basada en el libro Scarfiotti dalla Fiat a Rossfeld, que escribió Paola Rivolta y publicó la editorial Liberilibri. La autora del libro, en una opinión publicada por FormulaPassion.it, recuerda una escena que define al piloto: “Ludovico pronuncia una frase sencilla que, sin embargo, arroja luz sobre su único deseo —su devoción ingenua y absoluta por un sueño—: ‘Al fin y al cabo, no quiero hacer nada especial: simplemente correr, como he hecho hasta ahora’”.
El telón se cierra. Agitada, va y viene la bandera a cuadros. Bajan los aplausos, se apagan los motores y el histórico piloto italiano vuelve a vivir en los recuerdos de generaciones que nunca supieron de él y en personas que ni siquiera se interesan por el automovilismo. Desde esa honrosa existencia que permiten los recuerdos, Lulù Scarfiotti vio la victoria de Antonelli en Monza y festejó con una sonrisa.

