No hay mayor desprecio que la indiferencia. Y eso es, precisamente, lo que le está ocurriendo a Zaccharie Risacher. Dos años después de ser elegido con el número uno del draft, el francés ha dejado de importar. No protagoniza debates televisivos, no acapara titulares ni genera polémica. Simplemente ha desaparecido. Y eso, en una NBA que vive de la atención mediática, es casi peor que fracasar.
Lo extraño es que Risacher reunía todos los ingredientes para convertirse en una de las grandes historias de la liga: número uno del draft, europeo, aterrizó en una franquicia histórica como Atlanta y, apenas dos temporadas después, ya ha perdido su sitio en la rotación y ha sido traspasado.
Nunca ilusionó
Si algo diferencia a las primeras elecciones del draft es la ilusión que generan. Cooper Flagg, Victor Wembanyama, Paolo Banchero o Cade Cunningham llegaron a la NBA como las grandes esperanzas de sus franquicias. Incluso cuando necesitan tiempo para desarrollarse, nadie cuestiona que el proyecto gira alrededor de ellos. Con Risacher ocurrió justo lo contrario.
Los analistas llevaban años avisando de que el Draft de 2024 era uno de los más flojos de la última década. No había un talento generacional y el francés terminó siendo el elegido más por encaje que por potencial de superestrella. Las comparaciones tampoco ayudaban. En ESPN lo definían como un perfil parecido al de Shane Battier, Harrison Barnes o Ziaire Williams.
Invisible
Nadie esperaba que Risacher fuera la próxima gran cara de la NBA. El verdadero problema es otro. Ni siquiera está funcionando como jugador secundario. En la NBA, más allá de las estrellas, los equipos necesitan especialistas capaces de generar ventajas. Risacher todavía no ha conseguido ese papel.
Esta temporada ni siquiera figura entre los diez jugadores de Atlanta que más tocan el balón (26,3 por partido) ni entre los que más penetraciones realizan (2,1). Su tiempo medio con la pelota en las manos ni siquiera alcanza un minuto por encuentro.
Las estadísticas históricas ayudan a entender la magnitud del problema. En los últimos cincuenta años, únicamente tres números uno del draft han terminado su segunda temporada con menos de 750 puntos anotados (mínimo 40 partidos): Kwame Brown, Anthony Bennett y Zaccharie Risacher.
Ni defensor, ni tirador
Sobre el papel, Risacher podría encajar en el perfil de 3&D. De esos jugadores que suman mucho y restan poco, que permiten a las estrellas brillar. Mide 2,03 metros, tiene movilidad, puede defender varias posiciones y su mecánica de tiro es más que aceptable. Sin embargo, en la práctica, ninguna de esas virtudes ha terminado de convertirse en una especialidad.
Su 36,8% en triples es correcto, pero ni siquiera se encuentra entre los mejores tiradores de los Hawks. Mientras que en defensa, terminó la temporada como el 18.º peor jugador de los Hawks tanto en +/- (-16) como en defensive rating (112,6). Es decir, Atlanta tuvo otros 17 jugadores con un impacto estadístico más positivo.
Además, Atlanta ya cuenta con jugadores mucho más consolidados en esos roles. Dyson Daniels se ha convertido en uno de los mejores especialistas defensivos de la liga tras ser incluido dos temporadas consecutivas en los quintetos All-Defensive. Nickeil Alexander-Walker y Corey Kispert ofrecen mucho más respeto como amenazas exteriores.
De titular a quedarse fuera de la rotación
Lo habitual en un sophomore es dar un salto de nivel. Con Risacher ocurrió exactamente lo contrario. Sus números han empeorado prácticamente en todos los apartados: pasó de jugar 24 a 22 minutos por partido, bajó de 13 a 10 puntos y también redujo su volumen de lanzamiento, de diez a ocho tiros por encuentro.
Hasta el cierre del mercado de fichajes seguía siendo titular habitual, igual que durante su temporada de rookie, cuando inició 73 de sus 75 partidos. Sin embargo, desde marzo perdió el puesto definitivamente. Y Atlanta empezó a ganar. Los Hawks firmaron un 16-4 desde que Risacher dejó de ser titular y, tras el trade deadline, fueron el tercer mejor equipo de la NBA (22-6), solo por detrás de Thunder y Spurs.
El día que desapareció
La imagen más simbólica llegó el 9 de abril, precisamente el día en que cumplía 21 años. Por primera vez en toda la temporada, Quin Snyder decidió no darle ni un solo minuto. Ante Cleveland, Risacher permaneció todo el partido sentado en el banquillo mientras Corey Kispert absorbía sus minutos.
Después, el entrenador explicó la situación con naturalidad. “Solo tenemos un número limitado de jugadores que podemos poner en el partido. En determinadas situaciones Nickeil Alexander-Walker y Dyson Daniels juegan más minutos. Jonathan Kuminga también tuvo más protagonismo y esos minutos tienen que salir de algún sitio”.
El propio Risacher reconocería meses después su frustración. “No recibí ninguna explicación sobre mi menor tiempo de juego al final de la temporada. Siempre intenté comprender el rol que querían que desempeñara. Le puse mucho empeño…”
Fracaso y traspaso
Los Hawks decidieron traspasar a Zaccharie Risacher apenas dos años después de convertirlo en el número uno del Draft de 2024. El alero francés puso rumbo a los Mavericks en una operación a tres bandas con los Thunder y los Hawks. Un movimiento que, más allá del intercambio de jugadores, supone el reconocimiento de que Atlanta había perdido la confianza en su desarrollo.
El traspaso puede interpretarse como un fracaso para un número uno del draft. No es habitual que una franquicia renuncie tan pronto a un jugador elegido con la primera selección absoluta, y menos cuando apenas tiene 21 años. Sin embargo, para Risacher también puede representar la oportunidad que necesitaba.
En Atlanta nunca terminó de encontrar su sitio. Perdió protagonismo durante su segunda temporada, desapareció de la rotación en el tramo decisivo del curso y llegó a los playoffs sin apenas confianza.
Dallas le ofrece un escenario muy distinto. Los Mavericks no necesitan que llegue para ser una estrella, necesitan a un jugador que ayude a Cooper Flagg a brillar. En un proyecto joven y sin la presión que ya acumulaba en Atlanta, Risacher tendrá más espacio para desarrollar su juego y demostrar que el talento que le llevó a encabezar su promoción sigue ahí.
Porque, pese a la decepción que supone ser traspasado tan pronto, su carrera está lejos de estar sentenciada. Con solo 21 años, sigue teniendo tiempo para reescribir una historia que, hasta ahora, había tomado un rumbo desesperadamente negativo.
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