En los Juegos de Río 2016, Italia se quedó en 28 medallas, cero en atletismo. Venía de sumar ocho en los invernales de Sochi 2014. El Estado y el CONI (comité olímpico transalpino) decidieron que algo debía cambiar. Y reforzar de manera extraordinaria el programa de los grupos deportivos de las fuerzas armadas que surgieron tras las II Guerra Mundial fue la decisión. El nombre del ‘policía más rápido del mundo’ surgió en la reunión. Livio Berruti se colgó el oro en los 200 metros de los Juegos Olímpicos de Roma 1960 y fue el primer gran éxito de un proyecto surgido para apoyar a los mejores talentos del país incorporándolos a sus fuerzas armadas en lugar de dejar a los atletas a merced de patrocinadores y trabajos malpagados a tiempo parcial.
Los resultados han crecido de manera superlativa con 57 medallas en la suma de Tokio 2020 y Pekín 2022, y especialmente en la unión de París 2024 y Milano Cortina 2026 con 70, 51 de ellas (el 72,8%, incluyendo 20 oros) fueron logradas por deportistas de los ocho cuerpos del Gruppi Sportivi Militari dependientes del Ministerio de Defensa: cuatro pertenecen a las fuerzas armadas (ejército, armada, fuerza aérea y carabinieri) y cuatro a los organismos estatales de seguridad pública y aplicación de la ley: Fiamme Oro (policía nacional); Fiamme Gialle (policía financiera); Fiamme Azzurre (policía penitenciaria); y Fiamme Rosse (servicio nacional de bomberos y rescate). En París 2024, más del 70% de los 403 atletas italianos vestían uniforme militar o pertenecían a una agencia estatal civil. El velocista Marcell Jacobs, el nadador Thomas Ceccon, el prodigio Nadia Battocletti, la gimnasta Sofia Raffaeli, la patinadora Arianna Fontana, la biatleta Dorothea Wierer, el saltador Gianmarco Tamberi, la esquiadora Federica Brignone, o el taekwondista Vito Dell’Aquila son algunos ejemplos.
Muchos de ellos también han hecho liderar el medallero en los recientes Europeos de atletismo de Birmingham 22 medallas (diez oros, seis platas y seis bronces). El mejor resultado de la historia en 92 años de certamen continental. Y arrasar en los Juegos del Mediterráneo con 224 preseas, más del doble que el segundo país clasificado. Y casi el triple que España. El mecanismo es tan sencillo como eficaz. Un atleta que ya ha demostrado talento a nivel nacional o internacional puede participar en un concurso público de reclutamiento. Una vez dentro, el deportista firma un contrato plurianual, que necesita al menos de una renovación para ser indefinido, y se convierte en miembro de pleno derecho de las fuerzas armadas o policiales: ostenta un rango, recibe un salario fijo del gobierno y prestaciones de jubilación y, lo más importante, dispone del tiempo y las instalaciones necesarias para entrenar al más alto nivel. A cambio, los atletas representan a su organización en competiciones, visten su uniforme en ceremonias y realzan el prestigio deportivo de la institución.
Un proyecto que se ha convertido en el pilar económico de los deportes individuales en Italia. En un país donde el atletismo, la esgrima, la natación, las artes marciales o el esquí alpino no generan los mismos ingresos por televisión y patrocinio que el fútbol, el gobierno ha encontrado la manera de proporcionar un ingreso estable a decenas de miles de atletas que, de otro modo, no podrían permitirse entrenar a tiempo completo. Modelo público que entronca, por ejemplo con el de EE UU donde la élite olímpica pasa únicamente por el sistema universitario de la NCAA… o los patrocinios privados.
El modelo italiano, que también sigue aunque en menor medida Alemania, hace el propio gobierno se convierte en el empleador del deportista. Con tres ventajas muy evidentes. Primero, la tranquilidad. Un gimnasta o tirador puede entrenar durante 10 o 15 años sin preocuparse por pagar el alquiler ya que el salario se mantiene independientemente de si gana o pierde. Segundo, las instalaciones: los centros deportivos militares ofrecen gimnasios, piscinas y personal médico y de entrenamiento de nivel profesional. Tercero, la seguridad tras la carrera deportiva: cuando finaliza la actividad competitiva, los deportistas pueden continuar dentro de la organización como instructores, oficiales… o retirarse con las prestaciones de jubilación que se han ganado. Desde la perspectiva del Estado, la inversión es una forma de mecenazgo moderno: los cuerpos militares apoyan a personas con talento y, a cambio, obtienen visibilidad, orgullo nacional y una mejora de su imagen pública.
Desde 2021, este sistema de alistamiento institucional también ampara formalmente a los atletas paralímpicos. Además, Sport e Salute, sociedad del Gobierno italiano controlada al 100% por el Ministerio de Economía, destina gran cantidad de recursos económicos cada año para financiar una planificación que valora las actuaciones de alto nivel y el desarrollo de la práctica deportiva de base. Y los premios por medallas internacionales doblan los que perciben los deportistas españoles.
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Sin embargo, no todos en Italia ven este sistema con admiración incondicional. Las críticas provienen principalmente de clubes y federaciones deportivas civiles que carecen de acceso a este tipo de apoyo gubernamental. El primer argumento es económico: los clubes privados suelen descubrir y desarrollar jóvenes talentos en las primeras etapas de la carrera de un atleta, pero no pueden retenerlos una vez que alcanzan cierto nivel y son absorbidos por grupos deportivos militares que ofrecen salarios que ningún club amateur puede igualar. En otras palabras, se encargan de la captación y el desarrollo de jóvenes talentos y la organización militar o policial recibe el prestigio asociado a la medalla.
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