Draymond Green (durante la nueva temporada cumplirá 37 años) apura una histórica carrera NBA en los Warriors, el equipo al que llegó en 2012 desde la segunda ronda del draft (pick 35): cuatro veces campeón, cuatro all star, Defensor del Año… ya con un hueco entre los mejores defensores de la historia de la liga, su estilo (una especie de quarterback defensivo en quintetos pequeños y de cambios permanentes y muy agresivos) es inevitable a la hora de diseccionar cómo ha evolucionado el baloncesto en la última década. También en cuanto a cómo se valora a los jugadores. Green fue, seguramente, uno de los primeros millonarios de las analytics: le quitó el puesto a David Lee (una máquina de firmar partidos de 20+10) justo cuando (2015), con Steve Kerr en el banquillo, los Warriors se convirtieron en la dinastía que después conocimos. En ese mismo verano y recién ganado el primer anillo, Green firmó una extensión de 82 millones por cinco años, y ha ganado ya, en total, más de 220 millones en contratos con los Warriors. Pese a su carácter complicadísimo y unas piernas que ya no cubren tanta pista -y a pesar de que sí salió la otra pieza histórica de ese puzle: Klay Thompson- sigue en la Bahía junto a Kerr y Stephen Curry. Un trío que, ya parece obvio si no ha habido cambios este verano, cabalgará sin separarse hasta un ocaso que ya se acerca a zancadas. Ley de vida.
Green, además, es un habitual de los micrófonos, un tipo al que le gusta dar su opinión sobre todo y que sabe, y lo explota, que esas opiniones no gustan a todo el mundo. Es fácil adivinarle una carrera en (de una forma u otra) los medios después de una etapa en el baloncesto durante la que también, sobre todo en los últimos años, da la sensación de que habla constantemente. En una de sus últimas intervenciones, el de Saginaw (Michigan) explicó una de esas curiosidades que se preguntan muchas veces los aficionados: cuánto dinero se llevan los jugadores de la NBA por la venta de sus camisetas, esos rankings que elabora la liga y que suelen tener en las primeras posiciones a los LeBron James, Stephen Curry, Luka Doncic, ahora Victor Wembanyama…
Esto es lo que explicó Green: “Todos recibimos un cheque por esos derechos a usar nuestros nombres y números. Y es igual para todos: LeBron James, Stephen Curry, Kawhi Leonard, Shai Gilgeous-Alexander, Nikola Jokic… cualquier de ellos se lleva lo mismo que un rookie por la venta de camisetas. Bueno, no, ese caso no es el más correcto, cuando eres rookie no te llega ese cheque porque se cobra por la temporada anterior, y no estabas todavía en la NBA. Pero si coges cualquier jugador de segundo año que no esté teniendo muchos minutos y pones que el cheque es de 500.000 dólares, será el mismo para él que para Curry. Se divide en partes iguales. Pueden ser 500.000, pueden ser 300.000… pero todos los jugadores se llevan lo mismo”.
En 2015, la NBA rompió su vínculo con Adidas y se comprometió (se hizo efectivo, en la práctica, en la temporada 2017-18) con Nike, que en 2024 firmó una extensión de contrato por doce años, un acuerdo que incluye la WNBA. De esta forma, la marca de Oregón tiene los derechos exclusivos de todas las prendas que usan las franquicias, que no negocian acuerdos individuales: uniformes de juego, de calentamiento, chándales y otras prendas que se usan fuera de la pista… Así que, dentro de un acuerdo común que emana de la propia NBA, una parte de lo que generan esas ventas de camisetas y merchandise (se incluye lo que generan videojuegos como el 2K o el negocio de los cromos) va a un fondo (group licensing revenue) del que después se divide, a partes iguales, entre los jugadores. Un sistema pensado para favorecer a todos los jugadores representados por el sindicato (NBPA) y no sólo a unas grandes estrellas que son, sin ninguna duda y como es lógico, el motor principal de esos ingresos. Y que también se llevan los contratos más grandes con las franquicias.
Esa cantidad que se lleva cada jugador depende, por lo tanto, del volumen total generado, pero se suele mover en el rango señalado por Green: entre 300.000 y 500.000 dólares. Jaylen Clark, guard de los Timberwolves que no pasó de 13 minutos por partido la pasada temporada, explicó que el cheque había recibido por la temporada anterior, la tercera para él en la NBA (en la primera no jugó por una grave lesión en el Aquiles), había sido de 385.000 dólares. Esa (el group licensing revenue) es la forma más directa en al que la venta de camisetas impacta en el bolsillo de los jugadores. Pero la principal, en el engranaje de la NBA, tiene que ver con el BRI (basketball related income), el total de los ingresos que tienen que ver directamente con el propio juego, el baloncesto: desde entradas y el citado merchandising a derechos de televisión, concesiones de restauración y parkings en los pabellones…). Una parte de ese dinero es para los treinta propietarios (no tardarán mucho en ser 32) y la otra para los jugadores a través del salary cap, el dinero que cada franquicia puede gastar en salarios en una temporada. Según el último convenio, el reparto ronda el 50%. Antes del lockout de 2011, por ejemplo, los jugadores se llevaban un 57%.
Obviamente, parte del dinero que produce la venta de camisetas va también para el fabricante (la marca con el acuerdo oficial), que es la que cubre prácticamente la totalidad de los costes de producción, distribución y marketing, los puestos de venta en los pabellones y la propia NBA y sus equipos, que tienen su bocado en las cuentas de sus operaciones de negocio. Un caso completamente distinto es el de las zapatillas: ahí los jugadores sí tienen sus contratos individuales y las diferencias, en ese caso, sí son trascendentales entre las grandes estrellas, sobre todo las de más peso mediático, y el resto. Pero en cuanto a los derechos que emanan del nombre, el número y la identidad dentro de una franquicia de un jugador, esos pertenecen a la NBA (a través de NBA Properties Inc), y esta se los cede a la marca correspondiente, en este momento Nike, y ahí comienza el proceso de generar unos ingresos que después se dividen entre todas las patas del negocio.
Esto marca una separación importante para la NBA con respecto a las otras tres grandes ligas profesionales de Estados Unidos (NFL, MLB, NHL), en las que esos derechos naming están en manos de los sindicatos de jugadores (NFLPA, MLBPA, NHLPA) y los contratos si son distintos entre unos jugadores y otros. En la NBA, no existe esa posibilidad básicamente desde el pacto cerrado en 1995 (Group Licensing Agreement), que con matices sigue vigente y que impide movimientos como el que hizo Michael Jordan en 1992. En plena explosión de su valor como marca global, el 23 de los Bulls separó sus derechos de los del resto de jugadores.
Ese movimiento de Jordan, como tantas de las cosas con las que redefinió las relaciones en el deporte profesional durante los años noventa, tuvo un gran impacto en cómo se gestionaron su nombre y su figura en la cultura mainstream, en la que alcanzó un estatus de icono que todavía hoy mantiene. Jordan optó por tener el control personal sobre su marca y lo que derivaba de ella: unos ingresos que empezaban a ser mastodónticos y que hasta entonces caían al saco de ese fondo global para los jugadores. El que quisiera, y todo el mundo quería, tratos con Michael Jordan tenía que hablar con Michael Jordan, no con el sindicato de jugadores. Es la razón por la que, por ejemplo, su nombre no aparecía en la mayoría de videojuegos de baloncesto de los años noventa. Sus pretensiones eran altísimas y eso hacía que muchos fabricantes buscaran alternativas más imaginativas. Y eso convirtió en icónicas a las excepciones: Michael Jordan In Flight, Bulls vs Lakers, Tecmo Super NBA (solo en sus primeras versiones…), NBA Showdown… En el resto de juegos, eso sí, siempre había un jugador genérico pero muy parecido a él: calvo, con un físico privilegiado para el baloncesto… muchas veces estos llevaban el número 23, incluso, pero tenían nombres como Roster Guard o Player #99. Con respecto al NBA Live de EA, no dio permiso para que se usara su imagen hasta 2000, y después se convirtió en la atracción principal en el NBA2K11.
En cuanto al merchandise, el cambio fue radical: todo lo que se fabricaba con la imagen de Michael Jordan, y era casi literalmente cualquier cosa en aquellos años, generaba un dinero que era solo para el jugador y Nike: la NBA dejó de formar parte de la ecuación. Los Angeles Times recomendaba a quienes no querían gastarse un dineral que cogieran una camiseta con la cara de Jordan, le pintaran bigote y cambiaran el nombre por “Michael Jerdan o Michael Jurdan”, “como los relojes Rolex falsos que en realidad se llaman Timex”. O que esperaran a ver si había una línea de zapatillas Air Paxson’s, en referencia al base, un secundario con poco glamour, que fue tres veces campeón con Jordan en los Bulls del primer threepeat (1991-93). Para la NBA, fue un varapalo porque los Bulls eran una sensación global y la razón por la que, un año antes de la decisión de su estrella, los ingresos por merchandise llegaran a 1.100 millones, algo inimaginable solo unos años antes. Otra vez, L.A. Times tiraba de ironía: “No era por vender pijamas de Will Perdue”.
La venta de camisetas es, en todo caso, una parte esencial del negocio NBA, que genera miles de millones cada año en todo el mundo gracias a la venta de merchandising y sus acuerdos con cadenas de distribución, también a nivel internacional. Aunque los derechos televisivos son el pilar fundamental de los ingresos, esta es otra veta trascendental, una que además permite rastrear los intereses y preferencias de los aficionados prácticamente en tiempo real. Sirva como ejemplo la forma en la que se disparó la venta de camisetas de Luka Doncic cuando fue traspasado a los Lakers. Son datos muy valiosos y que se extraen desde todos los continentes, no solo en suelo americano.
El delicado caso de los exjugadores
Hubo, en ese fenómeno de la venta masiva de merchandising, un punto ciego que afectaba a grandes estrellas del pasado en tiempos, además, en los que la nostalgia y el fenómeno revival/vintage mueven también millones de dólares. El legendario Dominique Wilkins alzó la voz cuando pasó de sentirse feliz a mosqueado tras empezar a ver, todos los días, camisetas de sus Atlanta Hawks, con su número 21, por las calles. “Había días de partido en los que veía 20 o 30 camisetas de mi época, con mi nombre. Y dejó de parecerme cool cuando me di cuenta de que no me estaba llevando ni un centavo de eso”. Wilkins, con sus abogados, se enfrentó al sindicato de jugadores retirados (NBARPA), una organización creada en 1993 y que, con la firma de más de 800 exjugadores, autoriza a NBA Properties a usar los derechos de los exjugadores con marcas especializadas en ese nicho, la más reconocida Mitchell & Ness.
Se estableció una retribución para el sindicato sobre el que no había cifras claras, si bien la organización aseguró que invertía ese dinero en becas académicas y cuidados médicos para sus representados y en cubrir sus gastos organizativos. Después de que Wilkins abriera ese melón, otros jugadores como Alex English o el ya fallecido Jerry West, el logo de la NBA, rompieron el acuerdo. Sin embargo, algunos como Moses Malone o David Thompson lo mantuvieron de forma pública. El sindicato explicó que nadie estaría vinculado a ese documento contra su voluntad… pero que no se compensaría económicamente de forma retroactiva por lo producido hasta ese momento.
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Otra vez, la NBA es distinta en esto: en la NFL, la MLB y la NHL los principales exjugadores firman sus contratos personales con Mitchell & Ness. En la NBA, solo tienen condiciones especiales leyendas como Magic Johnson, Larry Bird, Kareem Abdul-Jabbar, Julius Erving y los descendientes de fallecidos como Bill Russell y Wilt Chamberlain.
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