En los albores de la primavera de 1982 transcurrían horas convulsionadas para Guillermo Vilas. A fines de septiembre el hombre de la zurda imbatible estaba en Buenos Aires, en la previa de un cruce por la Copa Davis ante Alemania Federal, en medio de un presente que asomaba explosivo. Atravesaba un muy buen momento deportivo en el último gran año de su carrera: venía de jugar las semifinales del US Open y era el número cuatro del mundo. Pero en el plano personal acababa de sufrir la dolorosa ruptura del romance que tuvo con Carolina de Mónaco.
Aquella vertiginosa pero profunda relación amorosa había comenzado en abril, en la cena de campeones después de que el zurdo ganara el torneo de Montecarlo, y fue descubierta en junio, en el pequeño paraíso de la isla de Maui, Hawaii: en esas dos semanas de descanso por la renuncia de Vilas a jugar en Wimbledon por la guerra de Malvinas, la revista Paris Match los encontró a través de un fotógrafo francés llamado Pascal Rostain y conocido como el “Rey de los Paparazzi”. Ese sabueso con cámara los rastreó, los fotografió en el mar y los inmortalizó en imágenes que se vendieron en 50 países, aunque nunca se supo cómo averiguó dónde estaban.
El vínculo se rompió tras el 14 de septiembre, el día que la princesa Grace Kelly falleció por un accidente de tránsito: apenas una semana después se apagaría la historia de amor, dado que Carolina debía tomar el lugar de su madre por ser la heredera mayor. Con esa carga a cuestas llegó Vilas al cruce copero contra los alemanes, pautado para el fin de semana del 1° al 3 de octubre en el Buenos Aires Lawn Tennis Club: estaba en Buenos Aires y, acaso como nunca, era un deslumbrante foco mediático. Vilas siempre era noticia.
Durante la madrugada del jueves 30, el día previo al inicio de la serie para mantener la categoría en el torneo por equipos más valioso del tenis, todo estalló por los aires: varios medios fueron alertados sobre la presencia de Vilas en la boîte Mau-Mau, la exclusiva discoteca ubicada en Arroyo 866 que constituía el núcleo del jet set de la época. Media docena de fotógrafos intentó entrar pero se topó con el infranqueable portero del lugar. Todos ellos decidieron, no obstante, hacer guardia en la entrada: querían registrar la salida de Vilas.
Pasadas las 3 AM no salió el tenista pero sí Ion Tiriac, su mítico manager y entrenador, quien quedó cara a cara con los paparazzi en la vereda: el rumano terminó a las piñas con un reportero gráfico llamado Aaron Kalmiker, que trabajaba en Editorial Perfil -hoy fallecido-, mientras el resto de los flashes captaba la insólita situación. Como consignan coberturas de la época, la trifulca se extendió por unos minutos y, al finalizar, Kalmiker advirtió el resultado: un chorro de sangre en su mano y su cámara hecha pedazos.
Según su propia perspectiva, saludó a Tiriac, disparó el primer flash y sufrió el primer golpe. La revista Gente recuperó su testimonio: “Cuando le dije que me pagara la cámara que me había roto con la primera cachetada, se me tiró encima y empezó a darme feroces patadas… una de ellas me cortó la mano”. Instantes después salió Vilas, ocultado debajo de una campera, y se metió de inmediato en un auto.
A la mañana siguiente Kalmiker hizo la denuncia por lesiones y agresión. Frente al juez, Tiriac alegó que el fotógrafo lo había perseguido desde que había pisado Buenos Aires: “Me quieren hacer pasar de víctima a agresor; yo fui atacado por ese señor fotógrafo y Guillermo es testigo”. Ya en el Buenos Aires Lawn Tennis, con la atención en el sorteo de la Davis, el rumano no quería responder preguntas. En cambio, alzaba las manos para ironizar: “Levanto las manos para que nadie pueda decir que intenté pegarle”.
Días después de la serie, que terminó 3-2 para la Argentina con éxitos de Vilas y José Luis Clerc en sendos singles y juntos en el doble, el propio jugador ofreció su versión de los hechos y hasta imaginó una suerte de conspiración: “Festejábamos un cumpleaños y preferimos que no haya fotógrafos para tener privacidad. Por suerte a Ion se le ocurrió salir antes: si salía yo primero habría sido un desastre. Me sorprendió cómo se portaron los fotógrafos, querían hacer algo violento y ‘crear’ una nota. Tiriac pidió que no sacaran fotos y este señor le disparó el flash en la cara. Ahí se le cayó la cámara y empezó el lío. Tiriac fue golpeado y replicó, mientras los otros fotógrafos sacaban fotos. Parecía preparado”.
En medio del proceso de la Justicia, Tiriac debió exhibir su permiso para abandonar el país antes de embarcar con Vilas rumbo a Barcelona, para el torneo en el que el zurdo perdería la final en sets corridos ante el sueco Mats Wilander. Aunque el fotógrafo sostenía que nadie le había reemplazado su cámara averiada, se llegó a decir incluso que aquel incidente le había costado al rumano varios miles de dólares. Una noche más de aquellos años en los que Vilas parecía no tener un ápice de intimidad.

