Nacido el 10 de febrero de 1976 en Madrid, Carlos Jiménez, uno de los primeros grandes capitanes de la generación dorada de la historia del baloncesto español, entra en la sexta promoción del Hall of Fame por mil motivos. Su calidad baloncestística, su espíritu de grupo, sus valores, su vinculación con el deporte que aún se extiende. Es Team Manager de la Selección española.
¿Qué supone este reconocimiento para usted, Carlos?
He tenido la suerte de estar en ediciones anteriores. Lógicamente, es una alegría. Te unes a un grupo de jugadores que son referentes; y que en próximos años serán más. Agradezco el reconocimiento porque el hecho de estar ahí significa eso, que has hecho algo durante tu carrera.
¿Por dónde va a ir su discurso?
Va dirigido al agradecimiento a personas e instituciones, reconocer todo lo que me han aportado. Que estén tranquilos que no me pasaré de tiempo. Será natural. Me apuntaré un par de cosillas en un guion por si me pongo nervioso…
¿Qué ha sido el baloncesto para usted?
Una forma de expresar o poner en práctica lo que más me ha movido siempre, que es el instinto de competir. Yo he entendido así siempre mi carrera, tanto que dejé de jugar cuando veía que ya no plantaba batalla. Con los años, pues tiras de experiencia. Ha sido un marco incomparable. Hacer frente a emociones, gestionarlas como persona. Es una escuela de vida fantástica. El baloncesto ha sido mi compañero de los ocho a los 37 años. Poder ejercer esta profesión ha sido un placer.
¿Quién puso la primera pelota de baloncesto en sus manos?
Pepe Domaica, que era el coordinador de baloncesto en el San Viator y que ya falleció. Yo vivía cerca del Calderón y siempre estábamos jugando en la calle al fútbol. Se dieron dos circunstancias. La presencia de Pepe Domaica y el boom después de la plata de Los Ángeles. Los parques se llenaron de canastas. Yo la verdad es que no tenía ni idea. De hecho, me quedaba debajo de mi canasta para protegerla porque no tenía conceptos de juego. Me dijeron que en el baloncesto todos hacían de todo, también atacar.
Y aparece en su vida Estudiantes.
Sí. Salí del colegio muy niño y llegué a una estructura bastante profesional. Para mí el baloncesto sólo había sido formación. No pensaba ser deportista profesional. De hecho, con 18 años yo no había jugado en ninguna selección nacional ni autonómica. Agradezco a Estudiantes la paciencia que tuvo conmigo; y, por supuesto, a Pepu. No sería lo que he sido sin él. En Estudiantes me enseñaron a jugar pero sobre todo a comportarme. Porque no sé cómo es ahora, espero que siga siendo igual, pero Estudiantes ha sido un club de valores, de grupo, de identificación. Una escuela de vida como decía.
¿Cuándo se da cuenta de que se va a ganar la vida del baloncesto?
Sin duda, cuando tuve que dejar de estudiar. Hasta prácticamente los 23 años intenté compaginarlo. Me había matriculado y empezado Dirección y Administración de Empresas, pero las exigencias cada vez eran mayores, podía ir menos a clase y tomé la decisión.
170 internacionalidades. ¿Recuerda la primera?
Sí, una ventana en Kiev. Me llamó el presidente de la FEB, que entonces era José Luis Sáez. Lolo Sainz era el seleccionador. Tenía 21 años…
Y poco después se cruza con esos júniors de oro… ¿Les veía venir?
La verdad que 1999 fue un año importante. Ganamos la plata en el Eurobasket y ellos ganaron en Lisboa. Pero cuando no tienes una referencia, no puedes saber hasta dónde pueden llegar. Recuerdo que en Sidney se unieron al grupo Raül López y Navarro; y luego en el Eurobasket de 2001 ya entraron Pau y Felipe. Y decías: ‘guau, ostras’. Son muy buenos. Pero no sabes dónde van a llegar. Además, la NBA se veía como una utopía desde Fernando Martín. Y ellos también derribaron esa puerta.
Ahora que ha pasado el tiempo, Pau, Marc, Navarro fueron superfiguras. ¿Era difícil ser su capitán?
Al contrario, superfácil. Yo heredé la capitanía cuando se marcharon Alfonso Reyes y Nacho Rodríguez. Ya había unas líneas marcadas. No me veía como el capitán de nada porque, independientemente de que lo fuera o no, siempre me intente esforzar al máximo, entregué todo lo que tenía y quise representar a mis compañeros desde el ejemplo. Para que te respeten como líder eso es necesario. Lo básico para mí era que ellos tuvieran el mayor respaldo, estar con ellos y defender a los míos. Es lo que siempre hice.
Hace poco se juntaron todos los campeones de 2006…
Sí, de una u otra manera estamos conectados y nos vamos encontrando por ahí, pero todos juntos no habíamos coincidido y fue bonito. Nuestras vidas han cambiado mucho en 20 años, pero allí fue como si no hubiera pasado el tiempo y nos hubiésemos visto el día anterior. Todo fue muy natural…
Varias imágenes suyas. La primera, cuando dejó que Pau levantase la copa de campeón del mundo en Saitama.
Me alegro de no haberlo planeado y que la vida nos llevase ahí. Creo que Pau lo merecía en ese momento, que seguramente sin él no hubiésemos llegado ahí. Nunca he querido protagonismo aunque en ocasiones sea inevitable. Me ha gustado jugar un papel discreto y permitir que Pau levantase la copa me hizo feliz.
Otro momento impresionante. Cuando reunió a sus compañeros en el centro de la cancha del Wukesong de Pekín, justo cuando había acabado la histórica final olímpica contra Estados Unidos, para decirles que se marchaba.
Para mí, fue un momento muy emotivo, muy íntimo. Ya lo venía pensando durante el torneo y cuando nos clasificamos para las semifinales se lo comenté al presidente y a alguna persona más de confianza, pero ya está. Me lo guardé para mí. No quería grandes anuncios, sino vivirlo con normalidad. Entonces, cuando acabó el partido, pensé que era el mejor sitio para compartirlo con mis compañeros, en la intimidad, todos abrazados. Sinceramente, me pareció muy bonito.
Qué final aquella. Recuerdo aquellas protestas por los pasos de los estadounidenses, pero que usted me confesó que había tenido que repartir también de lo lindo para ponerse al mismo nivel físico. LeBron era una bestia.
Recuerdo que físicamente fue uno de los partidos más duros que jugué jamás. Yo era también de no dejarme nada. Ya decía que lo que me ha movido siempre es competir y que cuando ya no me vi en condiciones de hacerlo, me retiré. No fue duro en el sentido de falta de nobleza, sino que ellos tenían un nivel físico elevadísimo. Recuerdo que después de aquel partido hubo días de bajón por los golpes y la intensidad con la que se había jugado.
Hemos hablado de Estudiantes, pero en su vida también juega un papel importante el Unicaja. Y Málaga.
Es, literalmente, mi segunda casa. Allí han crecido mis hijos. Fui feliz en la etapa de jugador, he estado como director deportivo, vivo en Málaga…
¿Cómo recuerda aquellos meses en los que pareció que iría al Madrid pero aquello no se cerró?
No pudo salir bien y lo entendí. El club tomó una decisión yo cumplí profesionalmente y acabé la temporada con el Estudiantes fiel a los valores del club, surgió la posibilidad de Málaga y fiché.
¿Pero echa de menos no haber jugado en el Madrid?
Me habría encantado, porque era mi deseo. Pero no pasó. Y luego, Garbajosa se había marchado a la NBA, Scariolo me quería fichar y además tenía caras conocidas con Berni, Cabezas. Había sido campeón de Liga y me decidí por Málaga. Fuimos a una Final Four, llegamos a una final de Copa. Y allí encontré mi segunda casa.
En usted hay una contradicción, digamos. Por sus cualidades, era un jugador muy valorado por los entrenadores por todos los intangibles que aportaba. Sin embargo, recuerdo que en una entrevista me dijo que “el baloncesto es de los jugadores”. ¿Lo sigue pensando?
Sí. Y me gustaría que fuera así. Pero la evolución del baloncesto ha llevado a que cada vez sea más de los entrenadores. Todo está más pautado, es más analítico. No sólo a nivel táctico, también en las cargas de trabajo, control de lesiones, emocional. A veces es un poco frustrante. Pero hay que acostumbrarse y, una vez lo haces, también tiene su punto atractivo.
Usted que fue capitán y ahora es team manager y ve pasar a las nuevas generaciones. ¿Tanto ha cambiado todo? No lo veo a usted con TikTok hace 20 años…
Seguro que no (risas). Son otros tiempos pero creo que sí hay algo común y es que el jugador sigue sintiendo el compromiso de ponerse la camiseta de la Selección española, sabe qué significa y los valores que se han cultivado durante muchos años. Eso permanece inalterable.
Acabo. ¿Goza de buena salud el baloncesto español?
Sí. Sinceramente creo que somos unos privilegiados y que más allá de lo que se ve más, que son los resultados de las selecciones absolutas, hay una línea de producción de jugadores que siempre está ahí y que es fiel reflejo del trabajo que se hace en clubes y federación; y que nos permite estar en un nivel alto a todos los niveles.

