Hace ya unos años, después de una comida familiar, mi sobrino Marcos soltó una carcajada cuando escuchó de mi boca la palabra ‘monopatín’. “¿Qué es eso?”, me preguntó con uno de ellos bajo el brazo, con el que se disponía a volver a casa. “¡Ah, el skateboard!”, replicó después, ya interiorizada mi explicación. Aquello que en mi infancia setentera disfrutábamos con el nombre de monopatín, se ha viralizado en el mundo como skateboard, fiel a sus orígenes en California a mediados del siglo pasado. No es un deporte joven, pero sí identificado siempre con la juventud. Llámenlo monopatinaje o skateboarding. Es lo mismo. Pues bien, resulta que en la última semana, dos españoles han elevado su monopatín a la cima internacional en dos especialidades diversas: Egoitz Bijueska, un adolescente bilbaíno de 15 años, y Diego Poncelet, un mallorquín de 27.
El primero de ellos se ha proclamado por segunda vez campeón del mundo en Park, una variante integrada en el programa de los Juegos. Con la marca que registró el pasado fin de semana, Bijueska hubiera sido oro olímpico en París 2024. Esa es su meta en Los Ángeles 2028. El segundo no competía directamente contra ningún rival, sino contra sí mismo y contra los límites del ser humano. El 22 de septiembre, aunque no transcendió hasta el 15 de octubre, el doble campeón mundial de descenso puso su tabla a 151,83 km/h en una carretera de Canadá con un 18% de pendiente, un registro que le ha llevado al Libro Guinness. Escalofriante. Egoitz está patrocinado por Monster. Diego, por Red Bull. Dos bebidas energéticas asociadas con el deporte extremo o deporte urbano. Cuando Poncelet alcanzó el récord, se preguntó: “Y ahora, ¿qué?”. Pero ya empieza a hablar de una nueva frontera: los 180 km/h. No hay límites. En monopatín o en skateboard.
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