Anthony Davis ha estado cuatro veces en el Mejor Quinteto de la NBA, una vez en el Segundo Mejor Quinteto de la NBA, ha sido 10x All Star de la NBA, MVP del All Star Game, tiene tres presdencias en el Mejor Quinteto Defensivo, dos en el Segundo Mejor Quinteto Defensivo, ha liderado la competición en tapones en dos ocasiones, fue parte del Mejor Quinteto de Rookies de la NBA, es campeón del anillo y del In-Season Tournament y cuenta con dos oros olímpicos. En su carrera, ha disputado más de 800 partidos y roza los 20.000 puntos. Todo ello en 14 temporadas en las que se ha embolsado más de 350 millones de dólares. Y, camino de los 34 años, fue elegido dentro del top 75 de jugadores de la historia, siendo considerado, por lo tanto, parte intrínseca de los libros de la mejor liga del mundo. Un jugador único y especial que ha copado muchas portadas.
Y sin embargo, ese increíble currículum no lo es tanto si tenemos en cuenta lo que Davis es y lo comparamos con lo que prometía ser. La otrora estrella (ahora mismo, no lo es) fue en 2012 campeón de la NCAA con los Wildcats, elegido mejor jugador del torneo y apilando una cantiudad ingente de trofeos universitarios: Naismith College Player of the Year, Associated Press College Basketball Player of the Year, Trofeo Adolph Rupp, Premio John R. Wooden, trofeo Oscar Robertson, Premio USBWA al Freshman Nacional del Año y Premio Sporting News al Baloncestista Universitario del Año, además de entrar en el primer equipo All-American. Fue incluido, como dicta la tradición, en el equipo de Estados Unidos que ganó el oro en 2012. El mundo iba a ser suyo y estaba llamado a marcar toda una era. A transformar la NBA. A ser uno de los mejores de todos los tiempos.
Pero no ha sido así: Davis se encuentra prácticamente exiliado en Washington, con unos Wizards con los que todavía no ha debutado y que no quisieron soltarle. Llegó ahí procedente de los Mavericks, a los que a su vez aterrizó como daño colateral del traspaso de Luka Doncic a los Lakers. Muy lejos quedan sus años en los Pelicans, una franquicia diminuta en la que dejó un legado cuestionable con dos participaciones en playoffs en siete temporadas y una sola ronda superada. Su carrera es buena, tiene más de un éxito, pero dista mucho de ser la que todo el mundo pensaba que sería. Y Davis apura y lo intenta mientras se adentra en lo que seguramente sea la recta final de su etapa deportiva, por edad y situación física. Una triste realidad para un hombre que lo pudo ser todo, pero que se ha quedado por el camino de la leyenda, viendo la vida pasar y sin que ya absolutamente nadie hable de él.
Acabar donde empezar: en ningún sitio
La realidad de Davis es que estuvo en un mercado minúsculo como Nueva Orleans y ha acabado en otro como Washington, no con la mismas dimensiones ni la misma historia pero condenado al ostracismo. En 2015, durante su tercera temporada, fue quinto en las votaciones para el MVP, cuarto en las del premio a Mejor Defensor y líder en tapones, promediando 24,4 puntos y 10,2 rebotes. En playoffs, los Pelicans cayeron en cuatro partidos contra los todopoderosos Warriors con promedios excelsos del ala-pívot: 31,5+11, con 3 tapones en 43 minutos. En 2018 tuvo su gran oportunidad, por llamarla de alguna manera: la lesión de DeMarcus Cousins le empujó a la fuerza al puesto de pívot, en el que siempre se ha negado a jugar pero al mismo tiempo donde mas efectivo ha sido. Con Rajon Rondo, Jrue Holiday y compañía, se fue a semifinales, otra vez ante los Warriors, esta vez por 4-1. Promedió más de 30 puntos y 13,4 rebotes. Pero otra vez, no bastó.
En los Lakers fue su mejor etapa después de forzar el traspaso hasta la extenuacion: ganó el anillo de 2020 y, con LeBron James de mesías, demostró que brilla más en un lugar en el que no le exijan hacerlo, como segunda espada y con todos los focos puestos en un hombre que siempre los ha querido para sí. Pero los años se sucedían y el sueño de un nuevo anillo parecía cada vez más lejano hasta que se desvaneció, por las malas artes de una franquicia que no supo aprovechar el excelso nivel del Rey. Davis, mientras tanto, se instaló en la duda eterna: problemas físicos constantes, más negativas a jugar de pívot, muchas lesiones y la constatación de que su nivel era inferior al de un Nikola Jokic que eliminó a los angelinos en 2023 (4-0 en finales de Conferencia) y 2024 (4-1 en primera ronda). La estrella empezaba a perder luz y la sensación es que solo mostró su potencial en momentos muy concretos, pero nunca de forma constante. Y con el traspaso de Doncic llegó el final.
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Su estancia en Dallas fue un galimatías sin historia, jugando solo 29 partidos en total y siendo traspasado a unos Wizards que quieren construir algo (el qué, no lo sabemos) en torno a él y Trae Young. Lo que ha demostrado el jugador en el corto tiempo que ha pasado en la capital estadounidense es que sigue arrastrando problemas físicos y que no le apetece nada jugar para la franquicia en la que está. Se dice por ahí que a principios de agosto le pueden ofrecer una extensión de su contrato y él rechazarla para ser agente libre en 2027 y forzar una hipotética salida, quién sabe si a los Warriors o los Cavs, y así juntarse con un LeBron James que sigue teniendo a todo el mundo en ascuas. Pero eso ahora mismo parece lejano y da la sensación de que el exilio de una estrella que ha perdido casi toda su luz continuará. Y que ha acabado donde empezó. De Nueva Orleans a Washington. Vaya, en ningún sitio.
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