Messi. Con M de los mejores: Maradona, Mafalda, Modigliani, Miguel Ángel, Marcello Mastroianni, Marilyn Monroe, Mariano Moreno. M de marciano, de monstruo, de maravilloso. Mundialmente mimado. Merci, Monsieur. Pero hay emes y emes. Mandato Milei, Mauricio Macri empiezan con eme. Y Markus Merk se llama el meticuloso árbitro alemán que lo expulsó a Messi por un manotazo mínimo en su debut internacional contra los magiares, allá por agosto de 2005.
Miami también empieza con eme. Hubiese sido mejor Manchester, Montevideo o Mendoza, piensa uno, pero bueh… es su vida. Con eme también se dice ¡mierda!, que es la primera palabra que brota cuando aparece la noticia de que la Selección ya fue. Pero con eme empieza, sobre todo, la memoria.
Y entonces se mezclan los momentos: las manos en movimiento para decirle “ya está” a Antonela en la noche mágica de Doha; la mirada fija en la Copa que no pudo ser en Río; el Topo Gigio a Van Gaal; la caricia al fin compartida con el trofeo; la milonga eterna a Gvardiol; los mil goles; el “andá pa’ allá”; la carita de muñeco malherido cuando anunció que se iba tras aquella final de Copa América; la magia intacta cuando decidió volver; los Balones de Oro merecidos y los balones de cuero rendidos a su zurda monumental.
Messi le dice adiós a la Selección. Se acabó la música, maestro. Pero nos queda el legado. Tuvimos el enorme privilegio de verlo y disfrutarlo durante más de veinte años. ¡Menos mal!

