Se agotaron en menos de dos horas las entradas para la despedida de Lionel Messi contra Benín. Leíste bien: Benín. Ni Brasil, ni Alemania, ni la revancha contra España. A doscientos mil pesos la platea y contra una selección que tiene nombre de medicamento, las entradas duraron menos de lo que duró Sampaoli como DT de Talleres de Córdoba.
Pero el problema no es la guita ni el rival. El verdadero drama es sociológico: a la despedida del Capitán no van a ir los hinchas de la Selección, van a ir los que tienen fibra óptica de 1000 megas.
Yo soy un nostálgico, lo confieso. De la época gloriosa en la que para ver a la Argentina tenías que hacer patria. Te instalabas un par de días antes en las inmediaciones del Monumental con una reposera de caño flojo, un mazo de cartas ajado y una frazada de tigre que pesaba más que la culpa. A las cuatro horas de cola ya te habías hecho amigo de un tipo de Lanús, eras el padrino del nene de una pareja de Banfield y compartías un sánguche de mortadela y queso con uno que había venido caminando desde Junín. En esa fila se podía envejecer, formar una familia, jubilarse. Pero volvías a tu casa con el pedazo de cartón en la mano, con olor a espiral para mosquitos y con la dignidad intacta. Habías pagado el precio del barro.
Ahora no. Ahora la AFA te exige un doctorado en Ciencias de la Computación y un mouse con refrigeración líquida.
Para sacar una entrada tenés que pedirte el día en el trabajo, mandar a los pibes a lo de la suegra y conectarte a la fila virtual de Deportick a las 17:59:59. Te aparece un muñequito caminando que no avanza nunca y una leyenda que dice: “Hay 482.000 personas delante de usted”. ¿Quiénes son esas personas? ¡Los bots! Hordas de pibes en remera oversize y auriculares gamer que no saben quién fue el “Tata” Brown ni “Mostaza” Merlo, pero tienen un script en Python programado para comprar cuatro plateas en 0,4 segundos mientras toman un frappuccino.
El hincha genuino, el que tiene los nudillos gastados de golpear la chapa del popular, se queda mirando la pantalla fijamente con el dedo índice trabado sobre la tecla F5. Intenta cargar los datos de la tarjeta de débito, pero para cuando terminó de tippear el código de seguridad, la plataforma le avisa que la platea Media San Martín de $480.000 ya fue vendida a un tiktoker que va a ir al estadio solo a filmarse de espaldas a la cancha.
Aquel que acampaba bajo la lluvia conocía el sabor de la victoria antes de entrar al estadio. El hincha de hoy solo conoce el mareo de las pestañas de Chrome congeladas y la ansiedad digital. Nos sacaron la mística del asado en la vereda para cambiarla por una pantalla que te dice “Sesión expirada”.
Lio se merece la despedida más grande del mundo, de eso no hay duda. Lo que no sé es si el Monumental va a rugir como antes o si en el minuto 10, en vez de cantar “Muchachos”, la cancha entera va a hacer un minuto de silencio porque se cayó el Wi-Fi.

