Hay tardes que el tiempo no consigue borrar. Algunas quedan guardadas en la memoria de una familia, otras en el corazón de un barrio y unas pocas terminan perteneciendo a la historia de todo un país. El miércoles 20 de octubre de 1976 fue una de esas tardes. En una cancha de La Paternal, con el calor de la primavera porteña y el ruido de los tablones, un chico de rulos negros se preparaba para dar el primer paso de una aventura que cambiaría para siempre la historia del fútbol argentino.
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